Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Hasta esa noche de marzo en que, sin previo aviso —o eso le había parecido a ella entonces, ciega, confiada, dando por sentado el edi‐ ficio entero de su relación como se da por sentada una casa en la que se lleva viviendo tanto tiempo que ya no se repara en los ci‐ mientos— él le anunció que todo

se había terminado.

Eso era lo que no le encajaba. Y era también, se dio cuenta con una punzada que le subió del estómago al pecho, lo que llevaba treinta y un días evitando pensar del todo, porque pensarlo signifi‐ caba admitir que quizá hubo algo que ella no vio, algo que se le es‐ capó,

alguna señal que un observador más atento —una versión de sí misma menos enamorada, menos crédula— habría detectado an‐ tes de que todo se viniera abajo.

Dejó la bufanda sobre la cama, doblada con un cuidado absurdo, como si fuera algo frágil que pudiera romperse si la trataba con brusquedad, y se quedó mirándola un rato largo mientras el café se le enfriaba en la mesita de noche, olvidado.

Sonó el móvil otra vez. Esta vez no era Sara. Era su madre.

—Cariño, ¿cómo estás? —La voz de Rosa Vidal tenía ese tim‐ bre de preocupación contenida que llevaba semanas usando, el mismo con el que hablaba de las plantas que se le morían o de las noticias que la disgustaban, un registro que aplicaba a cualquier cosa que le doliera y no supiera cómo arreglar.

—Bien, mamá. Liada con el proyecto de Argumosa.

—¿Has comido?

—Voy a comer ahora.

Silencio al otro lado, un silencio que Elena reconoció perfecta‐ mente porque era el silencio de alguien que sabe que le están min‐ tiendo pero ha decidido, por ahora, dejarlo pasar.

—Tu padre y yo estábamos pensando... ¿Por qué no te vienes este fin de semana a casa? Te sentaría bien un cambio de aires.

Un cambio de aires. Como si lo que le pasaba fuera una gripe, algo que se cura con reposo y caldo de pollo y un par de días fuera de la rutina.

Elena cerró los ojos y apretó el puente de la nariz entre dos dedos, un gesto que había heredado de su padre sin darse cuenta hasta que un día se vio haciéndolo frente a un espejo y pensó, con una mezcla de ternura y horror, que se estaba convir‐ tiendo en él.

—Lo pensaré, mamá. Gracias.

Colgó antes de que la conversación pudiera derivar hacia el te‐ rreno que las dos evitaban con el mismo cuidado, el terreno donde vivía el nombre de Martín, un nombre que en casa de sus padres se había convertido en una palabra tabú, algo que se rodeaba con cir‐ cunloquios —"lo de este verano",

"lo que pasó", "tu situación"— porque nadie, ni siquiera su madre, sabía muy bien qué decir ante una ruptura que no tenía explicación, ante un hombre que había sido, durante cuatro años, casi un hijo más para ellos,

y que un día había desaparecido de sus vidas sin dar ninguna razón que se sostu‐ viera en pie.

Elena se quedó sentada en el borde de la cama un rato más, con la bufanda al lado, y por la ventana entró un rayo de sol tardío que atravesó Madrid entre dos nubes y le iluminó por un momento el dorso de la mano, ese mismo tipo de luz dorada y oblicua que en el pueblo, en las tardes de verano,

se colaba entre las callejuelas estre‐ chas hasta la terraza de la casa de su abuela y lo teñía todo de un color que no existía en ningún otro sitio del mundo.

Pensó, sin que‐ rer, en esa luz. En el pueblo.

En la casa que llevaba dos años vacía, desde que su abuela había muerto, con los muebles cubiertos de sá‐ banas blancas y las contraventanas cerradas, esperando que alguien de la familia decidiera qué hacer con ella —venderla, como insistía su prima Marta, o conservarla,

como Elena siempre había defen‐ dido sin saber muy bien por qué, solo con la certeza terca de que al‐ gunas cosas no se venden aunque no se usen.

Se levantó, dejó la taza de café frío en el fregadero sin lavarla, y fue a vestirse.

Tenía la revisión de Argumosa, sí, y también tenía, aunque todavía no lo sabía del todo, o quizá sí lo sabía y solo nece‐ sitaba que pasaran unos días más para reconocerlo,

la primera se‐ milla de una decisión que llevaba días —quizá semanas— formán‐ dose en algún rincón de su cabeza sin que ella se hubiera atrevido a mirarla de frente.

La revisión de Argumosa le llevó toda la mañana y parte de la tarde: un edificio de 1920 con la fachada protegida por cataloga‐ ción municipal, donde el propietario quería abrir un hueco nuevo para una terraza y el ayuntamiento exigía informes de compatibili‐ dad estructural antes de conceder el

permiso.

Elena subió y bajó tres veces el andamio provisional, tomó medidas, fotografió las grietas del forjado con la meticulosidad de quien sabe que cual‐ quier detalle omitido puede convertirse después en un disgusto caro, y durante esas horas, absorta en ángulos y cargas y cotas,

con‐ siguió lo que llevaba días persiguiendo sin éxito: no pensar en nada más.

Duró hasta las ocho de la tarde, cuando volvió a casa, se preparó una ensalada que apenas tocó y encendió el portátil para la video‐ llamada semanal con Sara y Ana, un ritual que las tres habían man‐ tenido desde la universidad y que ahora, además de costumbre,

se había convertido en una especie de control médico encubierto.

—Tienes mala cara —dijo Ana nada más aparecer su imagen en la pantalla, sin preámbulos, con esa franqueza que solo se permiten las amigas de quince años—. Peor que la semana pasada.

—Gracias, qué ilusión.

—No es una crítica, es un diagnóstico. —Ana se recolocó las gafas, con el fondo de su salón lleno de plantas que Elena recono‐ cía de fotos anteriores, cada vez un poco más frondosas—. ¿Has dormido?

—Más o menos.

—Eso es que no. —Sara, que se había unido desde la cocina de su piso con una copa de vino en la mano, frunció el ceño—.

Elena, en serio, ¿qué necesitas? Dilo. Lo que sea.

Podemos ir este fin de semana, podemos quedarnos a dormir, podemos secuestrarte y lle‐ varte a la playa aunque sea en coche seis horas.