Capítulo 30. Camino a Esmirna #2
Sophia le explicó lo ocurrido años atrás y recordó algunas de las dificultades de aquel antiguo acuerdo.
Damaris escuchó con interés.
No le preguntó si estaba segura de poder negociar lejos de Herakleon.
Quiso saber únicamente si habían preparado bien los documentos y si el viaje tendría una duración razonable.
Sophia respondió que eso esperaba.
Todavía debían confirmar algunas condiciones cuando llegaran.
—Entonces será mejor que escuches antes de prometer nada —dijo Damaris.
Sophia la miró.
—Empiezo a creer que padre te ha encargado recordarme sus instrucciones.
—Tu padre y yo llevamos muchos años oyendo a comerciantes explicar por qué necesitan una condición que no habían pedido al principio.
Sophia sonrió.
Su madre dejó la cesta junto al resto del equipaje y volvió a la casa.
Sophia la siguió.
No deseaba que aquella conversación terminara todavía, pero Damaris ya estaba llamando a una de las mujeres para preguntarle por la comida.
La jornada continuaba.
Herakleon la recibió antes de que terminara la tarde.
Había dejado abiertas las instrucciones comerciales que Sophia llevaría a Esmirna. Reconoció su propia letra en algunas anotaciones y las modificaciones que su padre había añadido durante la mañana.
—Quiero que examines esta condición —dijo él.
Sophia se acercó.
La tablilla establecía qué ocurriría si las mercancías permanecían bajo custodia más días de los previstos.
—Has distinguido las demoras ordinarias de las que necesitarán un acuerdo nuevo.
—No quiero que aceptemos una tarifa baja durante los primeros días para terminar pagando una cantidad que nadie pueda calcular después.
—Es lo que pensaba discutir con el representante.
Herakleon le entregó la tablilla.
Sophia examinó cada apartado.
Habían establecido también quién respondería durante los traslados y qué obligaciones debían quedar confirmadas antes de aceptar una nueva partida.
—Está preparada —dijo al terminar.
—Entonces no tengo nada más que añadir.
Su padre comenzó a guardar los documentos.
Sophia permaneció junto a la mesa.
Había esperado otra serie de advertencias, quizá alguna recomendación sobre los comerciantes de Esmirna o una última explicación de las condiciones que debía defender.
Herakleon cerró el estuche y lo dejó frente a ella.
—Menandros llevará las cuentas mientras estés fuera. Hemos preparado las retiradas y los encargados conocen las restricciones que todavía afectan a algunos recorridos.
—Lo sé.
—Si surge una cuestión importante, procuraremos resolverla aquí. No tendría mucho sentido enviarte una carta por cada dificultad cuando quizá regreses antes de que el mensaje llegue a tus manos.
Sophia tomó el estuche.
—Gracias, padre.
Herakleon alzó la vista.
—No necesitas agradecer que tu hermano haga su trabajo.
—No me refería solo a eso.
Su padre esperó.
Sophia miró los documentos que había dejado sobre la mesa.
Durante años había dedicado buena parte de sus jornadas a conocer las necesidades de cada depositante y a evitar que una promesa hecha por la casa terminara perjudicando otra obligación.
Había aprendido a negociar en circunstancias difíciles y a responder por decisiones que otros no siempre estaban dispuestos a tomar.
Aquel trabajo seguía siendo importante.
Pero no necesitaba que toda la familia dependiera de su presencia para conservarlo.
—Hace años tuve razones para quedarme —dijo.
Herakleon asintió.
—Las recuerdo.
—No he dejado de querer esta casa ni el trabajo que hacemos. Tampoco quiero que pienses que marcharme unos días significa que ya no me interesa ocuparme de él.
Su padre apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—No lo pienso.
Sophia lo miró.
Herakleon señaló las relaciones que acababan de guardar.
—Has trabajado mucho para que podamos aceptar encargos que antes habríamos tenido que rechazar. Y Menandros ha aprendido lo suficiente para dirigir un edificio sin que su hermana deba acompañarlo a cada momento. No veo ningún motivo para desperdiciar el trabajo de ninguno de los dos.
Sophia sonrió.
Su padre no había convertido la conversación en una despedida solemne.
Agradeció que fuera así.
—Seguiré ocupándome de las relaciones antiguas —dijo.
—Eso espero. Algunas todavía me gusta más que las lleves tú.
Herakleon cerró el último estuche.
—Ve a Esmirna. Examina las condiciones y no aceptes un compromiso que no nos convenga solo porque hayas hecho el viaje.
—No lo haré.
—Y procura que Titus no prolongue demasiado los asuntos con Lykos. Me gustaría hablar con él cuando regreséis.
Sophia levantó las cejas.
—¿Sobre nuestro matrimonio?
—Entre otras cosas.
Su padre tomó una tablilla nueva.
Sophia reconoció el gesto.
La conversación había terminado.
Recogió sus documentos y salió hacia el patio, donde todavía quedaba luz.
Titus llegó a la mañana siguiente cuando las galerías de la casa permanecían en sombra.
Sophia oyó su voz desde el corredor. Estaba hablando con uno de los hombres encargados de preparar el carruaje y preguntaba por las sujeciones del equipaje.
Salió a recibirlo.
Habían dispuesto un vehículo de viaje tirado por mulas. Un conductor conocedor de la ruta se ocuparía de los animales y otro hombre de confianza de la casa los acompañaría para atender los equipajes y ayudar durante las paradas.
Sophia había visto preparar viajes semejantes para su padre.
Nunca había participado en uno de aquella manera.
Titus se encontraba junto al vehículo.
Llevaba una túnica cómoda para el camino y un manto más resistente que el que acostumbraba a utilizar durante las reuniones. El estuche de cartas y sellos colgaba de su cinturón.
Al verla, se volvió hacia ella.
—Buenos días.
—¿Has encontrado alguna dificultad?
—Ninguna. Quería asegurarme de que tus documentos no quedaran debajo de los bultos más pesados.
Sophia examinó los equipajes.
Su estuche estaba junto al de Titus, protegido por una tela doblada.
—Podré encontrarlo sin deshacerlo todo.
—Esa era la intención.
Ella sonrió.
—Me alegra que hayas aprendido algo sobre el orden.
—He tenido buenos maestros.
Sophia lo miró de reojo.
—No sé si aceptar eso como un elogio.
Titus rio.
Ella se acercó al carruaje y comprobó dónde habían colocado la cesta de provisiones.
La encontró en un lugar accesible.
Damaris habría aprobado aquella disposición.
—¿Lykos ha confirmado las reuniones? —preguntó.
—Su último mensaje llegó ayer. Espera que podamos examinar las primeras relaciones antes de encontrarnos con los representantes.
—Entonces convendrá hablar cuanto antes con la casa que conoce a mi padre.
—Si están preparados para recibirnos.
—Espero que sí. No me gustaría emplear la mitad del viaje en averiguar cuándo quieren comenzar.
Titus sonrió.
—Eso también me gustaría evitarlo.
Habían hablado de aquel desplazamiento durante los días anteriores, pero verlo todo dispuesto delante de la casa le produjo a Sophia una emoción distinta.
Llevaba consigo sus propios documentos y unas instrucciones que le permitían negociar en nombre de los Flavii.
No viajaba simplemente para acompañar a Titus.
Pero le agradaba profundamente que fueran a compartir el camino.
Él le ofreció la mano para ayudarla a subir.
Sophia estaba a punto de aceptarla cuando oyó los pasos de su familia.
Herakleon y Damaris salieron al patio.
Menandros apareció detrás, llevando una tablilla.
Sophia lo miró.
—Espero que no hayas encontrado otra cuenta que deba revisar antes de partir.
—Es la copia que prometí dejar a padre.
Se la entregó a Herakleon.
Su padre comprobó la marca y la guardó.
—Entonces está todo preparado.
Damaris se acercó a Sophia y le acomodó un pliegue del manto sobre el hombro.
—No lo has probado con las sandalias de viaje.
—Madre, llevo un rato caminando con él.
—Me alegra saberlo.
Sophia la abrazó.
Damaris le devolvió el abrazo sin apresurarlo. Después se apartó y señaló la cesta de provisiones.
—Come cuando os detengáis. No esperes a terminar de discutir todas las cuentas de Esmirna.
—Lo intentaré.
—Tendré que conformarme con eso.
Herakleon se acercó.
No volvió a preguntarle por las condiciones comerciales. Habían examinado los documentos y Sophia conocía los límites de su autoridad.
—Buen viaje —dijo—. Envía noticias cuando lleguéis.
—Lo haré.
Su padre la abrazó brevemente.
Después estrechó el antebrazo de Titus.
—Confío en que traigáis propuestas que podamos examinar.
—Haremos lo posible —respondió él.
Menandros permanecía junto al vehículo.
Sophia se volvió hacia su hermano.
—Si el transportista del segundo edificio vuelve a solicitar prioridad sobre las retiradas antiguas...
Se interrumpió.
Menandros levantó las cejas.
—Le recordaré las condiciones que ya ha aceptado.
—Eso iba a decir.
—Lo había imaginado.
Sophia negó con la cabeza, sonriendo.
Su hermano le tendió entonces una pequeña bolsa de tela.
—Te has dejado esto en la estancia de cuentas.
Sophia la abrió.
Contenía el cordel y las piezas necesarias para cerrar algunos documentos durante la negociación. Había apartado la bolsa al preparar sus tablillas y después la olvidó.
—Gracias.
—No sé cómo pensabas regresar con un acuerdo bien cerrado si no podías cerrar las copias.
—Habría encontrado una solución.
—Seguramente. Pero así te ahorrarás buscarla.
Sophia guardó la bolsa en el estuche.
Después abrazó a su hermano.
Menandros le devolvió el abrazo.
—Cuida de las cuentas —dijo ella.
—Y tú procura no aceptar una custodia ruinosa.
—Sería bastante humillante.
—Lo sería. Tendría que pasarme el resto del año recordándotelo.
Sophia soltó una risa.
Cuando se apartaron, Herakleon acababa de recibir a uno de los encargados. El hombre traía una consulta sobre una entrada prevista para la tarde.
Menandros se acercó.
Sophia oyó cómo preguntaba por la cantidad, el espacio disponible y la fecha acordada con el depositante.
Reconoció el asunto.
Durante un instante tuvo ganas de intervenir. Conocía al propietario y recordaba una excepción que había aceptado la temporada anterior.
Pero Menandros tenía la relación correspondiente.
Herakleon estaba allí si surgía una condición que afectara a otros acuerdos.
Sophia volvió hacia el carruaje.