Capítulo 30. Camino a Esmirna #3
Titus le ofreció de nuevo la mano.
Esta vez la tomó.
Salieron de la casa cuando el sol empezaba a alcanzar las partes altas de los edificios.
El carruaje avanzó despacio por las calles donde todavía circulaban trabajadores con mercancías destinadas al puerto. En un cruce tuvieron que esperar a que un conductor apartara su carro. Más adelante, una mujer retiraba los objetos expuestos delante de una tienda para dejar pasar a las mulas.
Sophia miró por la abertura lateral.
Conocía aquellas calles desde niña.
Había recorrido algunas centenares de veces acompañando a Herakleon. Después comenzó a visitarlas sola, llevando cuentas que debía comprobar y acuerdos que necesitaban una respuesta.
Podía reconocer las casas por detalles que apenas habrían significado nada para otra persona: una puerta reparada con madera de color más claro, una tienda cuyo dueño cambiaba los recipientes de lugar cada temporada o el tramo de calle donde los carros siempre reducían la marcha.
Ahora avanzaba sin ninguna visita pendiente antes de llegar a las afueras.
Titus estaba sentado a su lado.
De vez en cuando se inclinaba para hablar con el conductor. Conocía aquella ruta y podía advertirle de los lugares donde solían cruzarse otros vehículos.
Sophia lo escuchó dar una indicación breve y después volver hacia ella el rostro.
—¿Estás cómoda?
—De momento.
—No es el vehículo más ligero para un camino largo.
—Tampoco llevamos una carga de ánforas.
—Eso debería facilitarnos bastante el viaje.
Ella sonrió.
Se detuvieron unos momentos para dejar pasar a varios animales cargados. El conductor aprovechó para comprobar una de las correas del equipaje.
Sophia observó cómo ajustaba el nudo.
—¿Has hecho muchas veces este camino? —preguntó a Titus.
—Bastantes. Algunas con mercancías que nos obligaban a avanzar mucho más despacio.
—Entonces hoy vamos bien.
—Todavía no hemos dejado atrás las últimas calles.
—No arruines mi satisfacción tan pronto.
Titus rio.
Cuando reanudaron la marcha, Sophia volvió a mirar la ciudad.
Recordó la despedida de siete años atrás.
Entonces Titus había partido hacia una vida de encargos que lo llevarían a puertos donde todavía necesitaba hacerse un nombre. Ella permaneció en Éfeso, ocupándose de una familia que requería su experiencia y de un hermano que aún estaba aprendiendo.
No habían convertido aquella separación en una disputa.
Quizá por eso había tardado tanto en dejar de recordar los días anteriores a su partida.
Habían tomado decisiones que podían sostener.
Lo doloroso fue descubrir que no sabían cómo unirlas.
Ahora llevaban documentos distintos.
Sophia debía negociar una custodia en nombre de su padre. Titus acudiría a las reuniones preparadas por Lykos. Cuando terminaran los asuntos que habían aceptado, regresarían a Éfeso, donde ambos querían vivir.
No necesitaban cumplir las mismas obligaciones para compartir el camino.
Sophia dejó descansar una mano sobre el asiento.
Titus la cubrió con la suya.
Ella volvió la cabeza y encontró su mirada.
—¿Ocurre algo? —preguntó él.
—No.
Él le acarició los dedos con el pulgar.
Sophia permaneció junto a él mientras el carruaje continuaba avanzando.
Todavía tenían que hablar con sus familias de la dote, de la fecha del matrimonio y del lugar donde se establecerían. Habría viajes que Titus tendría que hacer solo, y otros para los que Sophia quizá encontrara una razón profesional que justificara acompañarlo.
No conocían todos los encargos que aparecerían durante el año siguiente.
Pero habían dejado de esperar que sus vidas encajaran por casualidad.
Las primeras calles quedaron atrás.
El camino atravesaba terrenos más abiertos, con huertos y pequeñas construcciones levantadas junto a parcelas cultivadas. En una de ellas varios hombres preparaban animales para trabajar; más adelante, una mujer avanzaba con una cesta mientras un muchacho conducía una mula.
El carruaje comenzó a subir por un tramo irregular.
Una rueda encontró una piedra y Sophia tuvo que sujetarse al borde del asiento para no desplazarse.
Al hacerlo, llevó por costumbre la otra mano hacia su cinturón.
Buscaba la llave más pesada, la de la dependencia interior del tercer edificio.
Sus dedos encontraron únicamente la tela de la túnica.
La llave estaba con Menandros.
Se la había entregado días antes.
Sophia mantuvo la mano allí un momento.
Recordó la disposición de las mercancías, el armario de las relaciones antiguas y las marcas que su hermano había reorganizado para facilitar las consultas de los encargados.
¿Habían confirmado la retirada prevista para la segunda jornada?
Sí. Menandros habló con el transportista.
¿Tenía Herakleon la copia de los gastos extraordinarios?
La habían revisado juntos.
Quedaba una carga cuyo propietario acostumbraba a solicitar modificaciones a última hora.
Sophia estuvo a punto de volver hacia Titus para pedir que se detuvieran. Podría dictar un mensaje y enviarlo de regreso con alguno de los hombres de la casa antes de que se alejaran demasiado.
Pero Menandros conocía aquel acuerdo.
Había preparado las relaciones y sabía cuándo debía consultar a Herakleon.
No existía ninguna dificultad que justificara volver a intervenir.
Titus había observado el movimiento de su mano.
—¿Necesitas que nos detengamos?
Sophia levantó la cabeza.
El conductor aguardaba a que las mulas terminaran de superar el tramo más irregular. El carruaje avanzaba lentamente, pero sin dificultad.
—No —respondió—. Podemos continuar.
Titus asintió.
Sophia retiró la mano del cinturón.
Poco después el camino volvió a nivelarse.
El conductor recuperó un paso más cómodo y las voces de los hombres que los acompañaban llegaron desde delante del vehículo.
Sophia abrió su estuche.
Había una cuestión que quería plantear a Lykos antes de reunirse con el representante de Esmirna.
—¿Puedo preguntarte algo sobre las relaciones que prepara vuestra casa?
Titus se volvió.
—Claro.
—Si acordamos que determinadas mercancías permanezcan allí hasta que podamos recibirlas en Éfeso, quiero saber quién conservará los documentos originales.
Titus se inclinó para mirar la tablilla.
—Lykos suele guardar las relaciones principales de los encargos que dirige.
—Eso no bastará si una de las casas necesita comprobar una condición cuando él esté de viaje.
—Podemos pedir que se preparen copias reconocidas por las dos partes.
Sophia señaló una anotación.
—Y que figure claramente cuándo termina la responsabilidad de quien custodia la mercancía en Esmirna. No quiero que después discutamos quién debe responder por un recipiente dañado durante el traslado.
Titus examinó la condición.
—Será mejor hablarlo antes de las otras cantidades.
—Eso pensaba.
Él le devolvió la tablilla.
—¿Crees que el representante aceptará?
—Dependerá de cuánto le convenga el resto del acuerdo.
Titus sonrió.
—Una respuesta muy propia de ti.
Sophia cerró el estuche.
—¿Esperabas que lo aceptara todo sin discutir?
—No habría sabido qué hacer si ocurriera.
Ella rio.
Durante unos momentos permanecieron callados.
El camino ascendía suavemente entre terrenos cultivados. La ciudad había quedado atrás y el aire llegaba más limpio, con olor a tierra seca y a las plantas que crecían junto a los bordes.
Sophia observó a los hombres que caminaban por una senda próxima.
En otros viajes había acompañado a su padre hasta los lugares donde comenzaban ciertas rutas comerciales. Conocía la inquietud que producían los preparativos, las preguntas sobre los transportistas y la necesidad de comprobar que una carga llevaba todas las marcas necesarias.
Aquella vez los documentos estaban junto a ella.
También Titus.
—¿Crees que podremos terminar las reuniones en pocos días? —preguntó.
—Si los representantes están preparados, es posible. Pero no quiero prometerte una fecha antes de escucharlos.
—No te he pedido que la prometas.
Titus sonrió.
—Estoy aprendiendo a distinguirlo.
Sophia acomodó el manto sobre las rodillas.
—Cuando regresemos tendremos bastante trabajo pendiente.
—Eso espero. No quisiera volver para descubrir que Menandros se ha ocupado de todas tus cuentas y ya no te queda ninguna.
—No le des ideas.
Titus rio.
Ella volvió a tomarle la mano.
—Hay algo que sí quiero que acordemos antes de llegar.
—Dime.
—Cuando terminemos nuestros encargos de Esmirna, regresaremos a Éfeso. Si Lykos encuentra otra oportunidad en el camino, podremos examinarla después. No quiero que un viaje de unos días termine convirtiéndose en una temporada entera sin que lo hayamos hablado.
Titus le sostuvo la mirada.
—De acuerdo. Si surge otra propuesta, la discutiremos antes de aceptarla.
Sophia asintió.
—Eso es lo que quería.
Él levantó su mano y le besó brevemente los dedos.
La caricia le produjo una alegría sencilla.
El conductor preguntó si deseaban continuar hasta el próximo lugar donde pudieran detenerse a descansar.
Titus miró a Sophia.
Ella asintió.
—Podemos seguir —respondió él.
Las mulas mantuvieron el paso.
Sophia abrió de nuevo sus documentos y buscó la relación que quería discutir con Lykos. Titus acercó su estuche para mostrarle unas anotaciones sobre los representantes de Esmirna.
Ella encontró una diferencia entre dos cantidades y se la señaló. Hablaron un rato de cómo comprobarla al llegar, hasta que una sacudida del carruaje los obligó a sujetar los estuches para que no cayeran del asiento.
Titus empezó a reír.
Sophia lo miró.
—Tal vez convenga guardar las cuentas hasta que nos detengamos.
—Me parece una decisión prudente.
—No te acostumbres a oírmelo decir.
Él volvió a reír.
Sophia cerró el estuche y lo dejó junto al de Titus.
Después se acomodó a su lado y entrelazó los dedos con los suyos. El camino seguía abriéndose entre los campos.
Tenían asuntos que resolver en Esmirna y una ciudad a la que regresar. Por el momento, podían continuar el viaje juntos.