Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 30. Camino a Esmirna
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Capítulo 30. Camino a Esmirna

Sophia llevaba toda la mañana separando documentos y había conseguido dejar la mesa casi despejada.

A un lado estaban las tablillas que viajarían con ella a Esmirna. Al otro, las que debían permanecer en Éfeso. Entre ambos grupos había una tercera relación que llevaba varios minutos pasando de un montón al siguiente.

Contenía las condiciones de una reserva antigua.

Sophia conocía al propietario, recordaba las dificultades que habían surgido en sus últimas negociaciones y sabía que podía solicitar algún cambio mientras ella estuviera fuera. Había pensado llevar consigo una copia por si necesitaban consultarla.

Después reconoció que no serviría de mucho.

Si el hombre acudía a los depósitos durante su ausencia, sería Menandros quien tendría que examinar la petición. Tener la relación en Esmirna no la ayudaría a resolverla.

Dejó la tablilla entre las que debían quedarse.

El asunto estaba decidido.

Volvió a los documentos de su viaje.

Herakleon le había autorizado a negociar con una casa comercial de Esmirna que podía custodiar determinadas mercancías hasta que fuera posible recibirlas en Éfeso.

Las condiciones parecían interesantes, aunque todavía faltaba establecer cuánto pagarían por los días adicionales y quién respondería si el transporte se retrasaba.

Sophia anotó una pregunta al margen.

Recordaba bien al representante con quien debía reunirse. Años atrás habían discutido durante horas sobre los gastos de una custodia prolongada. El hombre no era fácil de convencer, pero conocía el valor de un acuerdo que pudiera cumplirse.

Esta vez Sophia llevaba instrucciones precisas sobre las cantidades que podía comprometer en nombre de su familia.

Si le ofrecían condiciones mejores, tendría margen para aceptarlas. Si pretendían superar los límites autorizados, necesitaría consultar con Herakleon.

No le incomodaba aquella restricción. Era la misma prudencia que su padre exigía cuando alguno de sus representantes debía negociar lejos de Éfeso.

Lo nuevo era que, por primera vez, ella sería quien acudiera a otra ciudad en nombre de la casa.

Sophia cerró el estuche.

Había terminado sus preparativos comerciales.

Al menos, eso creía.

—¿Puedo entrar? —preguntó Menandros desde el corredor.

—Llevas años entrando sin pedir permiso.

—Entonces he elegido un mal momento para adquirir buenos modales.

Su hermano apareció con una cesta pequeña y varias piezas utilizadas para identificar las reservas de los depósitos.

Todavía llevaba polvo en las sandalias.

Dejó la cesta sobre una mesa auxiliar.

—He traído las marcas que me pediste.

Sophia se acercó.

Había piezas de madera y otras de metal, algunas muy antiguas. Cada una correspondía a una relación de mercancías cuya identificación convenía conservar, especialmente cuando dos depositantes utilizaban espacios próximos.

Sophia las fue separando.

—Faltan dos.

—Están en el primer edificio. Las necesita el encargado para una retirada de mañana.

—Entonces deben quedarse allí.

Menandros cruzó los brazos.

—Eso mismo he pensado.

Ella alzó la mirada.

—No he dicho que hicieras mal en dejarlas.

—Lo sé. Me sorprende que hayamos estado de acuerdo tan deprisa.

Sophia sonrió.

Durante años había llevado personalmente muchas de aquellas marcas. Recordaba a qué depositante pertenecían y dónde estaban las tablillas relacionadas con cada una.

Menandros había reorganizado los documentos del tercer edificio para que sus encargados pudieran encontrarlos sin recurrir a la memoria de su hermana.

Sophia todavía no estaba convencida de que hubiera elegido el mejor orden.

Pero los documentos aparecían cuando los necesitaban.

Y eso era lo importante.

—Conserva estas junto a las relaciones antiguas —dijo, señalando varias piezas—. Si el representante de Philon vuelve a consultar la retirada, podrás enseñarle la anotación correspondiente.

—Ya he hablado con él.

Sophia levantó la cabeza.

—¿Cuándo?

—Ayer. Quería confirmar que podría sacar sus recipientes sin desplazar los de la otra casa.

—¿Y qué le dijiste?

—Que habíamos dejado libre el acceso interior. Le enseñé las marcas y la relación de retirada.

—¿Aceptó?

—Después de comprobarla dos veces.

Sophia soltó una risa breve.

Conocía aquella costumbre del depositante.

—Entonces habrá quedado satisfecho.

—Lo suficiente para dejar su conformidad por escrito.

Menandros recogió las piezas y comenzó a guardarlas.

Sophia examinó las tablillas que había apartado antes de su llegada.

No necesitaba añadir una nueva instrucción. Su hermano había hablado con el representante, conservado las condiciones y registrado el acuerdo.

Buscó en su cinturón las dos llaves pequeñas que todavía llevaba.

Abrían los armarios de relaciones antiguas de los edificios primero y segundo. Las tres llaves del tercero estaban en poder de Menandros desde que le confió su gestión completa.

Le tendió las dos restantes.

—Llévate también estas.

Su hermano dejó de ordenar las marcas.

—¿No las necesitas?

—No en Esmirna. Aquí pueden hacerte falta. No quiero que tengas que buscarme porque un encargado necesite consultar una tablilla guardada bajo llave.

Menandros tomó las piezas.

Las examinó para distinguirlas y las dejó en la cesta.

—Las conservaré hasta que regreses.

—Después veremos dónde conviene dejarlas. Quizá sea mejor que cada una permanezca cerca de los documentos que protege.

Su hermano asintió.

No hubo ceremonia ni promesas solemnes.

Desde el patio llegó la voz de un trabajador que preguntaba por una retirada.

Menandros se volvió.

—Ahora voy.

Recogió la cesta y los documentos.

—Padre tendrá las cuentas antes de la comida. He dejado preparados los movimientos de mañana y he avisado a los encargados de las restricciones que siguen vigentes.

—Bien.

—Si surge una dificultad que afecte a varios edificios, hablaré con él.

Sophia lo acompañó hasta la puerta.

Antes de salir, Menandros se volvió.

—Procura no regresar con un acuerdo que nos obligue a vaciar medio depósito para cumplirlo.

—No pienso hacerlo.

—Eso decías también cuando querías aceptar aquella partida de ánforas que no cabía en ningún sitio.

Sophia lo miró con fingida severidad.

—Recuerdo perfectamente que fui yo quien terminó rechazándola.

—Después de que te enseñara las cantidades.

—Después de que discutimos las cantidades.

Menandros sonrió.

—Entonces espero que el representante de Esmirna tenga paciencia para discutir contigo.

Sophia negó con la cabeza, divertida.

Su hermano salió al patio y empezó a hablar con el trabajador que lo esperaba.

Ella regresó a la mesa.

Quedaban dos estuches, una pequeña bolsa con sus sellos y los documentos de la negociación.

Los reunió.

Esta vez no encontró ninguna otra tablilla que necesitara llevarse.

Damaris no compartió su satisfacción por haber terminado tan pronto.

Cuando Sophia apareció en el patio con los documentos preparados, su madre señaló el manto que había dejado doblado sobre un banco.

—¿Has comprobado si ahora puedes caminar con él sin engancharte el borde?

—Es el mismo que llevo utilizando todo el año.

—Y durante todo el año has dicho que te molestaba.

Sophia tomó la prenda.

Damaris había reparado el dobladillo. Las puntadas apenas se distinguían del tejido original, salvo por una pequeña zona donde el hilo era algo más oscuro.

—Lo has terminado.

—Anoche.

—Podrías habérmelo dicho.

—Estabas ocupada revisando las cuentas del viaje. Preferí no interrumpirte para que examinaras también mis puntadas.

Sophia rio.

Se colocó el manto y caminó unos pasos por el patio.

El borde ya no rozaba la parte posterior de la sandalia. Había quedado bien ajustado, incluso cuando alargó el paso para comprobarlo.

—Mucho mejor.

Damaris asintió.

—Entonces podrás llevarlo.

Volvió a la cesta que estaba preparando.

Había dispuesto alimentos para el camino, varias telas limpias, un pequeño recipiente de aceite y otros objetos que Sophia reconoció de los viajes que su padre acostumbraba a realizar cuando debía visitar propiedades alejadas de Éfeso.

—No necesitaremos todo eso —observó.

—No sabemos en qué condiciones encontraremos los lugares donde os detengáis. Y no tendrás que llevar la cesta sobre las rodillas durante todo el viaje.

Sophia examinó las provisiones.

—Parece que esperas que crucemos media provincia.

—Espero que recuerdes comer aunque tengas una negociación pendiente.

—Eso también podría olvidarlo sin salir de casa.

—Por eso sé de lo que hablo.

Damaris cubrió la cesta con una tela.

Sophia se sentó a su lado.

Su madre llevaba varios días hablando del viaje sin convertirlo en un acontecimiento extraordinario. Había preguntado por el camino, por las prendas que necesitaría y por las personas que los acompañarían.

También había hablado con Claudia Eirene.

—¿La viste ayer? —preguntó Sophia.

—Por la tarde. Titus había pasado por su casa para despedirse antes del viaje.

—Quería dejarle noticias de los encargos que tendrá pendientes.

Damaris asintió.

—También preguntó cuándo pensábamos hablar de los preparativos del matrimonio.

Sophia miró a su madre.

—¿Y qué le dijiste?

—Que cuando regreséis.

—¿No quiso fijar una fecha?

—No. Estuvimos hablando de dónde podríais vivir y le dije que todavía no lo habíais decidido.

Sophia sonrió.

Podía imaginar a Claudia examinando las distintas posibilidades con aquella discreción que había mostrado desde el regreso de su hijo.

—Padre querrá hablar de la dote —comentó.

—Naturalmente.

—Y tendremos que pensar en la vivienda.

—También.

Sophia tomó un extremo de la tela con que su madre estaba cubriendo las provisiones y lo sujetó mientras Damaris hacía el nudo.

—Quedan bastantes cosas por resolver.

Su madre terminó de atarlo.

—No veo por qué tendríais que resolverlas antes de ir a Esmirna.

Sophia dejó escapar una pequeña risa.

—Eso mismo he pensado.

—Entonces no empieces a añadirlas a la lista de lo que debes hacer hoy.

Damaris se levantó y tomó la cesta.

Sophia la ayudó a trasladarla hasta la dependencia donde esperaban los equipajes.

Mientras caminaban, su madre le preguntó si conocía personalmente a la casa comercial con la que iba a negociar.