Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 29. La noticia #4
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Capítulo 29. La noticia #4

Herakleon asintió.

La conversación no se prolongó más de lo necesario.

Sophia había imaginado en otras ocasiones que cualquier ausencia exigiría reorganizar completamente los negocios de la casa. Ahora bastaba con establecer qué asuntos debía dejar preparados antes de partir y cuáles se atenderían sin ella.

Titus señaló otra carta.

—Lykos quiere salir hacia Esmirna cuando haya confirmado las reuniones. Si Sophia decide viajar, podemos coordinar el desplazamiento. Yo atenderé los encargos que tengo con él y ella podrá negociar las condiciones de los Flavii.

Herakleon examinó el documento.

—Eso evitará tener que enviar varias cartas para resolver cada detalle.

—Y conoceremos directamente las condiciones de quienes custodiarán las mercancías —añadió Sophia.

Su padre volvió a las cuentas.

—Entonces prepara una propuesta con los límites que aceptarías. La examinaremos antes de que salgas. No quiero que una negociación favorable en apariencia termine comprometiendo gastos que no hemos previsto.

—No lo permitiré.

Menandros recogió las relaciones del tercer edificio.

—Yo revisaré las entradas de los próximos días. Si alguna reserva necesita una modificación antes del viaje, podremos decidirla con tiempo.

Sophia se volvió hacia él.

—Gracias.

Su hermano alzó ligeramente las cejas.

—No creo que deba sorprenderte que haga mi trabajo.

Sophia sonrió.

—No me sorprende.

Menandros regresó a sus documentos.

La reunión terminó con varias cuestiones pendientes: enviar los límites de gasto, confirmar las fechas y preparar copias de los acuerdos que Sophia podría necesitar en Esmirna.

También seguían sin resolver dónde vivirían Titus y ella después de casarse, cuál sería la fecha más conveniente y qué condiciones familiares debían acordar.

Pero no tenían motivo para incluir todo aquello en una misma conversación.

Cuando Herakleon salió para atender a un visitante, Sophia permaneció junto a Titus.

—Has oído mi propuesta —dijo.

—Sí.

—No te he preguntado si querías que fuera contigo.

Titus la miró.

—Has explicado por qué te conviene ir.

—Es una razón suficiente.

—Lo es.

Sophia deslizó los dedos sobre el borde de la mesa.

—También quiero compartir el camino contigo.

La sonrisa de Titus apareció despacio.

—Eso me alegra.

Sophia sintió deseos de besarlo, aunque Menandros seguía trabajando a unos pasos y un escribiente acababa de entrar con una copia que necesitaba entregar a Herakleon.

Se conformó con tomarle la mano un momento.

—Tendremos que organizar el viaje con cuidado —dijo Titus.

—Lo sé.

—Podría llevarnos más días de los previstos.

—También lo sé.

—Y las reuniones quizá no terminen cuando queramos.

Sophia alzó una ceja.

—Empiezo a sospechar que intentas convencerme de que viajar contigo será una experiencia desagradable.

Titus rio.

—Solo quiero que conozcas las dificultades.

—Llevo años tratando con hombres que encuentran razones para retrasar sus mercancías. Alguna experiencia tengo.

—Entonces quizá no necesite explicártelas todas.

Sophia apretó suavemente su mano.

—No todas.

La soltó cuando el escribiente se acercó a la mesa.

Todavía quedaban asuntos que atender antes de terminar la tarde.

Damaris estaba en el patio cuando Sophia regresó después de comprobar unas reservas.

Había varias piezas de tela sobre un banco y su madre examinaba cuáles necesitaban reparaciones antes de guardarlas. Cerca de ella, Menandros revisaba las entradas de la jornada siguiente.

Herakleon acababa de terminar una conversación con uno de sus agentes.

Sophia se detuvo junto a la galería.

El patio tenía la actividad corriente de aquella hora. Un criado cruzaba hacia la cocina con una cesta y desde la zona de servicio llegaba el sonido de agua vertida en un recipiente. La luz empezaba a retirarse de las losas más próximas al muro.

Damaris levantó la cabeza.

—¿Has terminado las visitas?

—Sí. Y hemos estado hablando de Esmirna.

—Tu padre me ha dicho que la propuesta puede interesar a nuestra casa.

Sophia se acercó.

—Quiero ir personalmente a discutirla.

Su madre dejó la tela que tenía entre las manos.

—Entonces habrá que preparar lo necesario para el camino.

Sophia sonrió.

—Todavía tenemos que confirmar las reuniones.

—Por supuesto. No conviene llegar antes que las personas con quienes debes hablar.

Herakleon se acercó a la mesa.

—Mañana terminaremos las instrucciones comerciales. Quiero comprobar los límites de gasto antes de enviar la respuesta definitiva.

—Las he empezado a preparar —respondió Sophia.

Menandros levantó la vista de sus cuentas.

—Yo dejaré listas las relaciones de los depósitos. Si alguno de los encargados necesita modificar una entrada ordinaria, podrá hablar conmigo.

Sophia los observó.

Su madre preguntaba por el viaje. Herakleon pensaba en las condiciones de la negociación y Menandros continuaba pendiente de los movimientos del día siguiente.

La casa no había detenido su actividad.

Nadie parecía considerar que la ausencia de Sophia pondría en peligro todo cuanto llevaban años construyendo.

—¿Cuántos días calculas estar fuera? —preguntó Damaris.

—Los necesarios para examinar las condiciones y regresar. No puedo fijarlos hasta que sepamos cuándo podrán reunirse todos.

—Entonces prepararemos un equipaje que puedas llevar con comodidad. No necesitarás tantas cosas como si fueras a permanecer allí una temporada.

Sophia asintió.

Menandros señaló una tablilla.

—Antes de marcharte tendrás que revisar esta relación. Después podré continuar con las siguientes sin buscarte.

—La examinaré mañana.

Herakleon recogió sus documentos.

—Y decidiremos qué parte de la propuesta de Lykos estamos dispuestos a aceptar antes de que salgáis.

Sophia volvió hacia su madre el rostro.

Había anunciado su decisión de casarse con Titus y encontrado una acogida que no le exigía volver a ser la joven que se despidió de él siete años atrás. Había visitado a Claudia Eirene y escuchado sus preguntas sobre la vida que deseaban construir.

Ahora tenía una razón profesional para viajar a Esmirna.

Podría regresar después y continuar trabajando con su familia.

Todo aquello cabía en la misma vida.

Damaris volvió a examinar una pieza de tela.

—También convendrá arreglar el borde de tu manto. La última vez dijiste que te molestaba al caminar.

Sophia recordó el dobladillo que se había soltado durante una visita al puerto.

—Lo había olvidado.

—Yo no.

Menandros dejó su instrumento de escritura.

—Y procura indicarme dónde has guardado la relación de las reservas antiguas. No pienso enviarte un mensajero hasta Esmirna para averiguarlo.

—Está en el armario de siempre.

—En el de siempre, según tú.

Sophia rio.

Se acercó a la mesa para señalarle la anotación correspondiente.

Damaris continuó hablando de lo que convendría preparar para el camino, y Herakleon llamó a un criado para enviar un mensaje. Menandros escuchó la explicación sobre el armario, hizo una corrección en su tablilla y volvió a sus cuentas.

Sophia dejó que cada uno siguiera con lo suyo.

—Iré a Esmirna durante unos días —dijo a su madre—. Y cuando regrese podremos hablar de los preparativos del matrimonio.

Damaris alzó la cabeza.

—Por supuesto, hija. Antes tendrás que dejarme ese manto para que podamos arreglarlo.

Sophia sonrió.

—Te lo daré esta noche.

Su madre asintió y volvió a las telas.

Menandros le acercó otra relación para que comprobara una cantidad. Herakleon continuó dictando el mensaje que debía salir antes del anochecer.

Sophia examinó la cifra y devolvió la tablilla a su hermano.

La casa seguiría ocupándose de sus mercancías, sus gastos y sus clientes mientras ella estuviera fuera. Habría dificultades que resolver y decisiones que tomar sin su presencia.

Conocía a las personas que responderían por ellas.

Se sentó junto a Damaris para mostrarle dónde estaba descosido el manto.

La conversación pasó al camino, al equipaje y a las cosas que convendría llevar.

Nadie le preguntó qué ocurriría con la casa si se marchaba.