Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 29. La noticia #3
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Capítulo 29. La noticia #3

Claudia recogió una hoja seca que el aire había llevado hasta el banco.

—Entonces tendréis que daros tiempo para discutir las siguientes.

No parecía una advertencia solemne. Sophia escuchó en aquellas palabras la prudencia de una mujer acostumbrada a ver cómo cambiaban las circunstancias sin que por ello desaparecieran las obligaciones familiares.

—Todavía no hemos fijado la fecha —explicó—. Antes necesitamos hablar de algunas condiciones con nuestras familias.

—Hacedlo con calma. Yo querré saber cuándo debo prepararme, pero no tengo intención de organizaros una vida que todavía estáis decidiendo.

Titus se inclinó para ajustar la pata del banco donde estaba sentada su madre. La madera había quedado ligeramente desnivelada cuando movieron la mesa.

Claudia lo observó.

—Eso sí puedes arreglarlo antes de marcharte.

Titus comprobó el apoyo.

—Ya está.

—Lo sabré cuando vuelva a sentarme.

—No esperaba menos.

Sophia soltó una carcajada.

Le gustaba verlos conversar de aquel modo.

En casa de Herakleon, las preguntas habían girado alrededor de las obligaciones que afectaban a los negocios familiares. Claudia quería conocer el lugar donde vivirían, el ritmo de los viajes y cómo continuarían atendiendo las relaciones que ya formaban parte de sus vidas.

Ninguna de las dos casas estaba tratando el matrimonio como un regreso a la juventud.

Sophia agradeció que fuera así.

Apollonios llegó a casa de Herakleon al día siguiente, acompañado de un mensajero que llevaba varias cartas.

Sophia se encontraba con Menandros en la estancia de cuentas. Habían empezado a revisar las obligaciones que debían quedar distribuidas antes de cualquier viaje.

El nuevo reparto funcionaba en las jornadas ordinarias, aunque algunos encargados todavía consultaban a Sophia por costumbre.

—He hablado otra vez con el del segundo edificio —comentó Menandros—. Sabe que puede modificar la disposición interior mientras conserve las separaciones acordadas.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que lo ha entendido.

Sophia levantó la cabeza.

—Eso también me lo dijo la última vez.

—Si vuelve a buscarte, puedes enviarlo a hablar conmigo.

—Lo haré.

Menandros sonrió.

Un criado anunció la llegada de Apollonios.

El escriba llevaba un estuche estrecho y tenía el manto recogido sobre un hombro. Saludó a ambos y dejó dos cartas sobre la mesa.

—Veo que todavía tenéis bastante trabajo con las reparaciones —comentó.

—Menos que hace unos días —respondió Sophia—. Las entradas están mejor distribuidas.

—Eso me han contado.

Apollonios abrió el estuche.

La primera carta contenía noticias ordinarias de comerciantes relacionados con varios puertos. La segunda correspondía a una consulta que Sophia reconoció enseguida.

El nombre de Aulus Vibius Longus figuraba en la copia.

—Quería confirmar que envié la información —explicó Apollonios—. Salió con otras cartas destinadas a los contactos que nos hicieron la pregunta desde Alejandría.

Sophia tomó el documento.

Semanas antes había recibido una consulta discreta sobre un comerciante que utilizaba aquel nombre. Después conoció personalmente a Aulus, cuando llegó a Éfeso para tratar un asunto de depósito.

Había confirmado lo que pudo comprobar: que existía una rama oriental viva de los Vibii Longi y que mantenía relaciones comerciales en el Egeo.

No había averiguado una historia familiar completa.

Tampoco le correspondía hacerlo.

—¿Has recibido alguna respuesta? —preguntó.

—Todavía no. He transmitido el nombre, las relaciones comerciales que pudimos confirmar y la existencia de esa rama. Nada más.

Sophia dejó la copia sobre la mesa.

—Era la información que nos habían pedido.

—Si necesitan alguna otra cosa, tendrán que consultarnos de nuevo.

—Entonces no queda nada pendiente por nuestra parte.

Apollonios asintió.

Sophia recordó a Aulus discutiendo las condiciones de una custodia para unos fardos que debían permanecer secos. Lo había tratado como a cualquier otro comerciante que necesitaba un espacio adecuado y un acuerdo claro.

Su apellido podía tener importancia para personas que conocían una historia más antigua.

Para ella, aquella consulta estaba concluida.

Apollonios recogió la copia y abrió otra carta.

—También ha llegado una respuesta desde Esmirna. Creo que os interesará examinarla antes de que Lykos termine de preparar sus reuniones.

Sophia se inclinó hacia la mesa.

La carta mencionaba una casa con la que los Flavii habían trabajado anteriormente. Sus representantes deseaban estudiar un acuerdo limitado para conservar determinadas mercancías en Esmirna hasta que pudiera organizarse su entrada en Éfeso.

Todavía no ofrecían cantidades definitivas.

Preguntaban qué condiciones de custodia y transporte estaría dispuesta a aceptar la casa de Herakleon.

—Eso puede convenirnos —dijo Sophia.

Menandros tomó una de las tablillas.

—Nos permitiría evitar que varias partidas llegaran cuando todavía no hayamos liberado suficiente espacio.

—Siempre que el coste de conservarlas allí no reduzca demasiado el beneficio —añadió ella.

Apollonios señaló un nombre.

—El representante con quien trataste hace años estará entre los encargados de discutir las condiciones. Quieren hablar personalmente cuando Lykos llegue a Esmirna.

Sophia reconoció el nombre.

Recordaba perfectamente una negociación que se había prolongado durante casi toda una jornada porque ninguna de las partes quería asumir determinados gastos.

Al final habían encontrado una solución.

Aquel hombre sabía que ella conocía bien las obligaciones de los Flavii.

—Necesitaremos dejar claro cuándo empieza y cuándo termina la responsabilidad de cada casa —dijo Sophia—. También quién paga los traslados cuando decidamos recibir las mercancías aquí.

—Eso será parte de la negociación —respondió Apollonios.

Menandros examinó otra anotación.

—Y tendremos que fijar qué ocurre si una partida permanece más días de los previstos.

Sophia asintió.

Apollonios explicó que Lykos todavía esperaba algunas respuestas, pero que podían preparar las condiciones que estarían dispuestos a estudiar.

—Se las haremos llegar —dijo ella.

El escriba recogió su estuche y se despidió.

Cuando salió, Sophia permaneció junto a Menandros examinando la carta.

Durante años había considerado que conocer personalmente ciertos acuerdos era una razón para no alejarse de Éfeso. Aquella experiencia le permitía resolver dificultades que otros necesitaban consultar.

Ahora la misma experiencia podía ser útil en otro puerto.

—Creo que debería ir a Esmirna —dijo.

Menandros levantó la cabeza.

—¿Para hablar con esa casa?

—Sí. Conozco a su representante y sus condiciones habituales. Puedo discutir la custodia de las mercancías en nombre de nuestra familia, dentro de los límites que acordemos aquí.

Su hermano volvió a leer la carta.

—Tiene sentido.

Sophia aguardó.

Esperaba alguna observación sobre las obligaciones que quedarían pendientes durante su ausencia. Tal vez una pregunta sobre quién recibiría las cargas o cómo resolverían las consultas de los depositantes antiguos.

Menandros señaló una cantidad.

—Antes de marcharte deberíamos fijar cuánto estamos dispuestos a pagar por los gastos adicionales.

—Lo hablaremos con padre.

—También necesitaré una copia de lo que acordéis allí. Si después llegan esas mercancías, debemos saber exactamente qué hemos prometido.

—La tendrás.

Menandros asintió y continuó examinando las relaciones.

Sophia sintió una alegría tranquila.

Su hermano estaba tratando el viaje como un asunto profesional que convenía preparar. No necesitaba que le explicaran quién abriría el tercer edificio ni cómo se organizarían las entradas ordinarias.

Eso ya formaba parte de su responsabilidad.

—Todavía tengo que hablar con padre —comentó.

—Lo examinará como cualquier otro acuerdo.

—Y seguramente hará más preguntas de las que hemos preparado.

Menandros sonrió.

—Entonces podrás practicar antes de encontrarte con el representante de Esmirna.

Sophia rio.

Recogió las tablillas.

Aquella mañana había empezado pensando en una ausencia que todavía no estaba decidida.

Ahora disponía de un motivo concreto para proponerla.

Titus acudió por la tarde para revisar con Herakleon la respuesta que debían enviar a Lykos.

Sophia lo encontró en la estancia de cuentas, junto a su padre y Menandros. Habían preparado una relación de las mercancías que podrían aceptar en determinadas condiciones y otra de los gastos que necesitaban conocer antes de comprometerse.

Herakleon le mostró una carta.

—Quieren tratar las condiciones personalmente. No he dado todavía una respuesta definitiva.

Sophia dejó los documentos que llevaba sobre la mesa.

—He examinado lo que trajo Apollonios. Conozco a uno de los representantes y creo que podríamos llegar a un acuerdo útil.

—Siempre que sepamos cuánto costará —observó su padre.

—Por eso quiero ir a Esmirna.

Herakleon levantó la vista.

—¿Tú?

—Puedo discutir la custodia y el transporte en nombre de nuestra familia. Ya he tratado con aquella casa y conozco algunas de sus exigencias.

Titus permaneció callado.

Sophia había querido presentar la propuesta por sí misma. No deseaba que el viaje se interpretara como un desplazamiento que haría para acompañar a Titus mientras él trabajaba.

Tenía una razón comercial.

—¿Cuánto tiempo necesitarías? —preguntó Herakleon.

—Dependerá de cuándo estén preparados los representantes. No quisiera permanecer allí más de lo necesario, pero convendrá reservar tiempo suficiente para revisar las condiciones sin aceptar nada apresuradamente.

—Tendrás que llevar instrucciones claras sobre los gastos que puedes aprobar.

—Las prepararemos.

—Y dejar aquí las relaciones que todavía deben revisarse.

Sophia asintió.

Su padre miró a Menandros.

—¿Podrás ocuparte de las entradas ordinarias durante esos días?

Su hijo señaló las cuentas que tenía delante.

—Ya me estoy ocupando de ellas. Sophia debe intervenir en algunas relaciones generales, pero el trabajo habitual no requiere que esté presente en cada depósito.

—¿Y los clientes antiguos?

—Conocemos sus condiciones. Si alguno pide algo que excede mis atribuciones, vendré a consultarte.