Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 29. La noticia #2
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Capítulo 29. La noticia #2

Herakleon dirigió una mirada a Titus.

—Y supongo que a ti te corresponderá aprender a avisar cuándo piensas regresar.

—Lo haré con toda la precisión que permitan los viajes.

—Una precisión que a veces resulta escasa.

—Demasiado a menudo.

Herakleon sonrió apenas.

Damaris, que había permanecido escuchando, se inclinó hacia delante.

—Todo eso me parece importante —dijo—. Pero todavía no habéis hablado de cuándo pensáis casaros.

Sophia volvió la cabeza.

Su madre conservaba aquella expresión tranquila con la que solía formular las preguntas que nadie quería responder todavía.

—No hemos fijado una fecha.

—¿Porque preferís esperar o porque no habéis tenido tiempo de hablarlo?

—Porque queremos resolver primero algunas cuestiones.

—Eso imaginaba.

Damaris miró a Titus.

—También tendrás que decírselo a tu madre.

—Queremos ir a verla esta tarde, después de hablar con vosotros.

—Hacéis bien. Claudia debe conocer la noticia por vosotros.

Herakleon recuperó la palabra.

—Habrá que acordar dónde viviréis. Y tendremos que hablar de las condiciones familiares que correspondan, incluida la dote.

Sophia estaba preparada para aquella observación.

Su padre no estaba sustituyendo su voluntad por una autorización. Señalaba asuntos que formaban parte de la organización de un matrimonio y que no deseaba dejar sin examinar.

—Lo sabemos —respondió—. Pero no queremos resolverlo todo hoy. Hay una propuesta comercial en Esmirna que quizá necesite estudiar personalmente. Preferiría discutir esas cuestiones cuando sepamos si voy a viajar.

—Entonces lo haremos después —aceptó Herakleon—. No conviene mezclar obligaciones distintas por apresurarnos.

Sophia agradeció que no insistiera.

Damaris se acercó y le tomó la mano.

—Me alegro, hija.

Sophia sintió que se le cerraba ligeramente la garganta.

Su madre conocía bien lo ocurrido años atrás. Había visto a Sophia continuar trabajando después de la partida de Titus, soportar algunas preguntas indiscretas y construir una vida que no dependía de esperar su regreso.

Ahora Damaris no hablaba de recuperar lo perdido. Le estaba expresando alegría por la decisión que acababa de tomar.

—Gracias, madre.

Damaris le apretó los dedos antes de soltarlos.

Después se volvió hacia la puerta.

—Y ahora habrá que decidir si os quedáis a comer. No he pedido que preparen nada para una visita adicional.

Titus sonrió.

—No queremos causar molestias.

—No habéis causado ninguna. Pero si vais a quedaros, conviene avisar antes de que retiren la comida.

Sophia rio.

—Nos quedaremos un rato. Después iremos a casa de Claudia.

Damaris llamó a una mujer de la casa y pidió que prepararan algo más de pan y aceitunas.

Mientras esperaban, Herakleon continuó hablando con Titus sobre las condiciones que todavía debía fijar con Lykos.

Sophia los escuchó sin intervenir en cada pregunta.

Era natural que su padre quisiera conocer cómo trabajaría el hombre con quien su hija había decidido casarse. Le habría sorprendido más que aceptara cualquier explicación sin comprobarla.

Pero ni una sola vez Herakleon trató su matrimonio como un obstáculo para los asuntos de la casa.

Menandros llegó antes de que terminaran de comer.

Traía una relación de movimientos del tercer edificio y se detuvo al encontrar a Titus sentado junto a Herakleon.

—Creí que estabais reunidos con Leontios.

—Terminamos antes de lo previsto —respondió Titus.

Menandros miró a Sophia.

—¿Ha surgido alguna dificultad?

—Ninguna.

Sophia dejó su copa.

—Titus y yo hemos decidido casarnos.

Su hermano permaneció inmóvil un instante.

Después miró a Titus.

—Entonces debo felicitarte.

Titus se levantó y le estrechó el antebrazo.

—Gracias.

—Aunque todavía no sé si has calculado cuánto tiempo dedica mi hermana a discutir las condiciones de cualquier acuerdo.

—Menandros —protestó Sophia.

—Hablo por experiencia.

Titus sonrió.

—Durante estas semanas he tenido ocasión de comprobarlo.

—Entonces sabrás lo que haces.

Sophia estuvo a punto de responder, pero su hermano se volvió hacia ella y su expresión perdió el aire burlón.

—Me alegro, Sophia.

La sinceridad de aquellas palabras la emocionó más de lo que esperaba.

—Gracias.

Menandros tomó asiento y dejó su tablilla sobre un banco.

—¿Significa que tendré que buscar a otra persona para revisar las cuentas de los depositantes antiguos?

—No.

—Me tranquiliza. Tardaría demasiado en enseñarle dónde guardabas las relaciones.

—Has cambiado el orden de las tuyas sin consultarme.

—Y desde entonces las encontramos con mucha más facilidad.

Herakleon intervino antes de que continuaran.

—Si termináis de discutir sobre los armarios, quizá podamos comer.

Damaris sonrió mientras acercaba una pequeña fuente de aceitunas.

La conversación pasó a una retirada que Menandros había conseguido adelantar aquella mañana.

Sophia lo escuchó explicar cómo resolvió un desacuerdo entre dos conductores. Hablaba de su trabajo con la seguridad de quien sabe que puede responder por lo decidido.

Ella tenía todavía asuntos importantes dentro de la casa.

Menandros también.

Al verlo inclinarse sobre la mesa para señalar una anotación a su padre, Sophia pensó que no tendría que abandonar aquel lugar para construir una vida con Titus. Tampoco necesitaba permanecer siempre junto a cada depósito para conservar su sitio en la familia.

Comió con los demás y dejó que la conversación encontrara su ritmo habitual.

Claudia Eirene los recibió en el patio de su casa.

Había extendido unas hierbas sobre una tela limpia y estaba separando las hojas que todavía necesitaban secarse. Una cesta pequeña permanecía junto al banco, a la sombra de la galería.

Sophia recordó su visita de semanas atrás.

Entonces había acudido con una cesta de alimentos y una pieza de tela que Damaris quiso enviar a Claudia.

Hablaron de la salud de su anfitriona, de Athenais y de las cartas recibidas desde distintos puertos.

Titus apareció al final de la visita y Sophia regresó a casa sin saber exactamente qué lugar volvería a ocupar en su vida.

Ahora cruzaba el mismo patio a su lado.

Claudia se levantó al verlos.

—Has venido antes de lo que esperaba —dijo a Titus.

—Hemos terminado nuestras reuniones.

Su madre miró a Sophia.

—Me alegra verte. Pasa, todavía queda agua fresca.

Sophia recogió una cesta que había quedado en el camino.

—¿La dejo junto a la puerta?

—Sobre el banco, por favor. La han traído esta mañana y todavía no he tenido tiempo de examinarla.

Titus apartó una mesa pequeña hacia la zona de sombra.

Claudia fue a buscar otra copa mientras Sophia observaba el patio.

No era una casa grande, pero conservaba la comodidad de los lugares cuidados durante años. Las plantas aromáticas que recordaba junto a la entrada estaban mejor regadas y la parra cubría una parte mayor de la galería.

Titus dejó su manto y comprobó que el banco destinado a su madre estuviera firme.

Claudia se sentó.

—Ahora sí —dijo—. Os escucho.

Sophia miró a Titus.

Él tomó la palabra.

—Madre, Sophia y yo hemos decidido continuar juntos. Queremos casarnos.

Claudia permaneció callada unos momentos.

Después se volvió hacia Sophia.

—Me alegra que hayáis venido los dos a contármelo.

Sophia sintió alivio.

No había esperado una oposición abierta. Claudia conocía su antigua relación y nunca la había culpado por la separación. Aun así, la noticia afectaba también a aquella familia, y Sophia deseaba que la madre de Titus la recibiera de su propia boca.

—Queríamos que lo supieras antes de hablar con otras personas —respondió.

—Habéis hecho bien.

Claudia llenó las copas.

—¿Y cómo pensáis vivir?

Sophia sonrió.

—Eso mismo nos ha preguntado mi padre.

—Entonces Herakleon continúa siendo sensato.

Titus explicó las condiciones que había negociado con Lykos.

Claudia escuchó mientras hablaba de los primeros encargos de Rodas, de los representantes que podrían atender ciertos asuntos y de su intención de mantener Éfeso como residencia habitual.

—¿Lo has acordado así con él? —preguntó.

—Ha aceptado probarlo. Tendré que viajar cuando las negociaciones necesiten mi presencia, pero podré regresar después y atender desde aquí otros trabajos.

—Me parece una organización más adecuada si quieres establecerte.

—No significa que vaya a dejar de viajar.

—Nunca he esperado que lo hagas.

Sophia miró a Claudia.

La mujer había pasado muchos años recibiendo noticias de un hijo que trabajaba en distintas ciudades. No siempre sabía con precisión cuándo podría visitarla, pero había continuado ocupándose de su casa, de sus parientes y de las pequeñas obligaciones de cada jornada.

No habló de aquellas ausencias como si Titus le debiera una reparación.

—Sophia seguirá trabajando con su familia —añadió él.

Claudia se volvió hacia ella.

—Eso quería preguntarte. Herakleon debe de contar mucho con tu experiencia.

—Seguiré ocupándome de las relaciones antiguas y de las cuentas generales. Hemos repartido algunas responsabilidades que antes llevaba yo sola. Menandros dirige ahora uno de los edificios.

—Entonces conservas tus propios asuntos.

—Sí.

Claudia miró las manos de Sophia, marcadas ligeramente por el instrumento de escritura que había utilizado durante la mañana.

—Me alegro.

Sophia agradeció aquella respuesta.

Claudia no había interpretado su trabajo como una costumbre que tendría que abandonar al casarse. Tampoco le había preguntado si prefería los asuntos de su familia a los de Titus.

Se interesaba por la vida que ambos deseaban mantener.

—No voy a preguntaros por qué no os casasteis hace siete años —añadió Claudia—. Recuerdo que entonces teníais otras obligaciones. Lo que me importa es que hayáis hablado de las que tenéis ahora.

—Lo hemos hecho —respondió Sophia.

—Y hemos cambiado algunas decisiones —dijo Titus.

Claudia lo observó.

—Eso también ocurre cuando una persona cumple años.

Sophia rio.

—Menandros asegura que me cuesta bastante cambiar de opinión.

—Si has pensado bien una decisión, imagino que no te resultará sencillo abandonarla.

—A veces encuentro razones para conservarla incluso después de descubrir otra mejor.