Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 29. La noticia
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Capítulo 29. La noticia

Titus tardó un momento en responder.

Sophia seguía junto a la mesa, con el manto doblado sobre un brazo y las horquillas todavía en la mano.

Había preguntado si existía algún asunto de su familia que pudiera requerir su presencia en Esmirna.

Ante ella estaban las relaciones comerciales que Lykos había enviado para preparar las próximas reuniones.

—Es posible —dijo Titus—. Una de las casas con las que quiere hablar ha tratado antes con tu padre. Creo que conoces sus condiciones mejor que yo.

Sophia volvió a examinar los nombres.

Reconocía uno de ellos. Había negociado con su representante durante una temporada en que varias mercancías permanecieron más tiempo del previsto bajo custodia de los Flavii. Recordaba especialmente la discusión sobre quién debía asumir los gastos de los días adicionales.

—Aquel hombre consiguió que revisáramos tres veces la misma cuenta —comentó.

—Entonces no habrá olvidado vuestra última negociación.

—Yo tampoco. Aunque cumplió cuanto prometió.

Titus señaló una anotación.

—Lykos quiere estudiar una forma de coordinar ciertas cargas entre Esmirna y Éfeso. Algunas podrían permanecer allí hasta que hubiera espacio disponible aquí.

—Eso evitaría que varias llegaran al mismo tiempo —observó Sophia—. Pero tendríamos que conocer los gastos de custodia y decidir quién responde durante el traslado.

—Precisamente por eso quiere reunirse con las casas interesadas.

Sophia acercó la tablilla hacia la luz.

La propuesta merecía examinarse. Los trabajos del puerto todavía no habían terminado y, aunque los accesos mejoraran, algunas restricciones podían prolongarse. Disponer de depósitos en Esmirna permitiría organizar de otra manera los envíos, siempre que el coste no terminara anulando los beneficios.

Conocía bastante bien aquel tipo de acuerdos para saber que las condiciones más difíciles no solían figurar en las primeras ofertas.

—Hablaré con padre —dijo—. Si la operación puede convenirnos, quizá deba ir yo a discutirla.

Titus alzó la cabeza.

—¿A Esmirna?

—Sí.

—Podemos esperar a conocer las propuestas completas.

—Eso haré. No he dicho que vaya a marcharme mañana.

Él sonrió.

Sophia recogió las tablillas que había apartado para encontrar el manto.

Le resultó agradable comprobar que podía considerar un viaje sin empezar por enumerar todas las razones para permanecer en Éfeso. Tendría que consultar con Herakleon y determinar si su presencia aportaría algo a la negociación. Si no era así, bastaría con enviar las condiciones por escrito.

No necesitaba resolverlo aquella tarde.

Titus encontró una de sus horquillas junto al banco y se la entregó.

—Si nos acompaña la suerte —comentó ella mientras intentaba recogerse el cabello—, quizá algún día podamos hablar de un viaje sin discutir primero los inconvenientes de un almacén.

—Podemos intentarlo.

—No pareces muy convencido.

—Estoy recordando cuántas preguntas has hecho sobre Esmirna antes de llegar a esa conclusión.

Sophia le dio un golpe leve en el brazo.

—Y todavía me quedan unas cuantas.

—Eso sí lo creo.

Terminó de sujetarse el cabello sin demasiado cuidado. Una de las trenzas había quedado más suelta que cuando llegó, pero no quiso deshacerla de nuevo.

Titus se acercó a la puerta y apartó una tablilla que había dejado demasiado cerca del paso.

Sophia lo observó con una sonrisa.

Habían compartido una tarde que todavía conservaba próxima en el cuerpo. El deseo no había desaparecido, pero ahora podía hablar con él de un viaje sin sentir que la conversación anunciaba una nueva despedida.

Al acercarse a la puerta recordó otro asunto.

Lo habían mencionado en el patio alto, cuando decidieron continuar juntos. Habían hablado de matrimonio sin fijar todavía una fecha y de las obligaciones que tendrían que acordar con sus familias.

Sophia deseaba que aquella decisión existiera también fuera de los momentos en que estaban solos.

—Titus.

Él se volvió.

—Dime.

—Antes de hablar con padre sobre Esmirna, quiero que hablemos con él y con madre de nosotros.

Titus dejó una mano sobre el marco de la puerta.

—De acuerdo.

—No solo de que hemos vuelto a vernos.

Sophia se acercó.

—Quiero decirles que hemos decidido casarnos.

Titus sostuvo su mirada.

—Es lo que quiero, Sophia.

Ella sintió una emoción cálida y serena, distinta de la impaciencia que recordaba de su juventud.

—Yo también.

—Entonces se lo diremos.

Sophia le tomó la mano.

Durante años había pensado que, si alguna vez volvía a imaginar un matrimonio con Titus, tendría que explicar primero todo cuanto había cambiado desde su separación. Ahora aquellos cambios formaban parte de las razones por las que podían elegirlo.

Quedaban cuestiones prácticas. Herakleon querría hablar de los acuerdos familiares, de la dote y del lugar donde vivirían. Claudia Eirene tendría preguntas sobre los viajes de su hijo.

Las atenderían.

Pero Sophia prefería que la noticia llegara a sus familias como una decisión ya compartida, no como otra propuesta pendiente de negociación.

—Mi padre intentará resolverlo todo durante la primera conversación —advirtió.

—Lo conozco.

—Tendremos que impedir que empiece por las cuentas.

Titus sonrió.

—Eso quizá resulte más difícil que negociar con Lykos.

Sophia soltó una risa.

Después se acercó para besarlo una vez más, antes de salir juntos.

Herakleon los recibió en una estancia abierta hacia el patio interior.

Había terminado de atender a un visitante y conservaba una tablilla sobre las rodillas. Damaris se encontraba junto a una mesa pequeña, examinando unas telas que necesitaban reparación.

La luz de la tarde alcanzaba el borde de una cortina. Desde una dependencia próxima llegaban golpes breves y regulares: alguien estaba ajustando una pieza de madera.

Damaris levantó la cabeza cuando los vio entrar.

—No esperaba que volvieras tan pronto, Sophia.

—Queríamos hablar con vosotros.

Herakleon miró a Titus.

—¿Se trata de las propuestas de Esmirna? Esta mañana recibí una consulta.

—Hablaremos también de ellas —respondió Sophia—. Pero hemos venido por otro asunto.

Su padre dejó la tablilla sobre la mesa.

Damaris apartó las telas.

Sophia tomó asiento junto a Titus. Había preparado algunas palabras durante el camino, aunque ahora le parecieron demasiado largas. Sus padres conocían su antigua relación, la separación y el regreso de Titus. No necesitaba reconstruir siete años para explicarles lo que habían decidido.

—Titus y yo queremos casarnos —dijo.

Damaris dejó las manos quietas sobre su regazo.

Herakleon permaneció callado unos momentos. Sophia sintió el impulso de comenzar inmediatamente a explicarle las condiciones profesionales que ambos habían negociado, pero esperó.

Era una noticia que merecía ser escuchada antes de convertirse en una serie de cuestiones prácticas.

—¿Lo habéis decidido los dos? —preguntó finalmente su padre.

—Sí —respondió Sophia.

Titus asintió.

—Queremos construir una vida juntos.

Herakleon lo observó.

—Os conocéis desde hace muchos años.

—Así es.

—Y durante una buena parte de ellos habéis vivido separados.

Sophia aceptó la observación.

—Por eso hemos hablado de cómo queremos vivir ahora. No pretendemos continuar exactamente donde lo dejamos cuando Titus se marchó.

Su padre volvió hacia ella la mirada.

—Entonces me gustaría saber qué habéis decidido.

Sophia sonrió ligeramente.

Había esperado la pregunta.

Comenzó por su trabajo.

Explicó que conservaría las relaciones antiguas que requerían su experiencia, los acuerdos de mayor duración y la revisión de las cuentas generales.

Menandros dirigiría el tercer edificio y los encargados de las demás dependencias podrían resolver las entradas ordinarias dentro de los límites establecidos.

Herakleon conocía aquella distribución. La habían acordado juntos.

—No pienso abandonar los negocios de nuestra casa —concluyó Sophia.

—Nunca te he pedido que lo hagas —respondió su padre.

—Lo sé. Pero quería que quedara claro también para Titus.

Él se volvió hacia ella.

—Lo hemos hablado.

Herakleon asintió y pidió conocer las condiciones de su trabajo.

Titus explicó el nuevo acuerdo con Lykos.

Tendría que viajar a Rodas para atender ciertas negociaciones y probablemente realizar otros desplazamientos cuando surgieran encargos que necesitaran su presencia.

Sin embargo, había elegido establecer en Éfeso su residencia habitual y organizar desde allí una parte de sus obligaciones mediante los contactos que mantenía en otras ciudades.

—¿Lykos ha aceptado ese reparto? —preguntó Herakleon.

—Ha aceptado probarlo con los primeros encargos. Después examinaremos qué trabajos pueden continuar en esas condiciones.

—Entonces seguirá habiendo viajes.

—Sí.

Herakleon tomó la copa que tenía junto al asiento.

—Eso no es una novedad para quienes trabajamos con mercancías que llegan por mar.

Sophia conocía aquel tono. Su padre estaba examinando una dificultad real, no buscando un motivo para oponerse.

—Y tú seguirás ocupándote de la casa comercial —añadió, volviéndose hacia ella.

—Sí.

—Pero alguna vez querrás acompañarlo.

—Es posible. Dependerá del viaje y de mis propias obligaciones.

Herakleon la miró.

—¿Podrás ausentarte?

Sophia recordó cuánto le habría costado responder a aquella pregunta unas semanas atrás.

Entonces habría empezado a enumerar los asuntos que solo ella podía resolver. Durante la crisis del puerto había descubierto que algunos dependían realmente de su experiencia, pero otros seguían pasando por sus manos porque así se había trabajado durante años.

—Puedo preparar una ausencia de unos días —respondió—. Menandros dirige el tercer edificio y los encargados saben qué decisiones pueden tomar. Si hay un acuerdo que necesito atender personalmente, tendré que organizarlo antes de salir.

Su padre se acomodó en el asiento.

—No sería razonable repartir el trabajo para después actuar como si nadie pudiera cumplirlo sin ti.

Sophia lo miró.

Aquella frase, pronunciada con la naturalidad de una observación comercial, le produjo una satisfacción inesperada.

—Eso mismo he tenido que aprender —admitió.