Capítulo 28. Sin repetir el pasado #3
Titus le contó que una vez, en Esmirna, un anfitrión insistió en alojarlo junto a un patio donde guardaban gallinas.
—Pasé dos noches escuchándolas —dijo—. Después descubrí que tenía otra habitación vacía.
—¿Y no te la ofreció desde el principio?
—La reservaba para visitantes a quienes consideraba más importantes.
—Debiste de sentirte muy honrado.
—Le expliqué que necesitaba dormir para atender sus negocios al día siguiente.
—¿Te cambió de habitación?
—Sí. Me llevó junto al almacén de grano.
Sophia esperó.
—¿Era mejor?
—Las gallinas quedaban más lejos.
Se echó a reír.
Le agradaba escuchar aquellas anécdotas. Titus no las contaba como grandes aventuras. Eran pequeños episodios de su vida, dificultades que había aprendido a resolver mientras trabajaba en ciudades donde no conocía todas las costumbres.
Sophia le preguntó por una negociación que había mencionado durante la cena con sus padres. Él le explicó cómo terminó y ella descubrió que Herakleon había entendido mal una parte cuando intentó resumírsela a Menandros.
—Tendrás que contárselo otra vez —dijo.
—Preferiría no discutir con tu padre sobre algo que ocurrió a varias jornadas de navegación.
—Entonces no deberías haberle dado una versión tan breve.
Titus negó con la cabeza.
Sophia sonrió y recogió las pieles de los higos en un cuenco.
Habían pasado la tarde entre besos, caricias y conversaciones que podían haberse mantenido durante una comida cualquiera. Ninguna había deshecho la intimidad de la anterior.
Cuando Titus se levantó a buscar más agua, Sophia lo observó caminar por la habitación, encontrar una tela limpia y volver con la jarra.
Era un movimiento corriente.
Precisamente por eso le resultó íntimo.
Lo había conocido como visitante de su casa, después como antiguo enamorado y, durante aquellas semanas, como colaborador en una situación difícil. Ahora lo veía buscar agua mientras ella permanecía sentada en su cama.
Podía imaginar otras tardes semejantes.
No porque la vida fuera a ofrecerles siempre tanta tranquilidad, sino porque acababan de comprobar que también podían compartirla.
Titus dejó la jarra a su alcance y volvió a sentarse.
—Lykos tendrá que ir a Esmirna dentro de pocos días.
Sophia levantó la vista.
—¿Por los acuerdos de Rodas?
—En parte. Quiere terminar algunas gestiones con representantes que prefieren tratar directamente con él. También hay asuntos relacionados con mercancías que quizá continúen hacia otros puertos.
—Creía que habíais cerrado vuestra negociación.
—La parte que afecta a mis encargos iniciales. Lykos todavía tiene obligaciones con otras casas.
Sophia asintió.
Había presenciado la reunión en la que Titus negoció una nueva base profesional en Éfeso. Lykos había aceptado probar aquella distribución, pero todavía necesitaba confirmar los representantes que actuarían en otras ciudades.
El cambio no estaba completamente organizado.
—¿Tendrás que acompañarlo?
—Es posible. Conozco a algunos de los hombres con quienes quiere reunirse.
Sophia sostuvo la copa.
Aquello podía significar una separación antes de lo que había imaginado. Acababan de reconciliarse y ya surgía un viaje que quizá mantuviera a Titus fuera varios días.
No era una sorpresa. Habían hablado precisamente de esa posibilidad.
Aun así, le habría gustado disponer de más tiempo antes de volver a contar las jornadas de ausencia.
—¿Sabes cuánto duraría?
—Todavía no. Depende de las reuniones que consiga preparar. Si me pide asumir algo más amplio, quiero conocer las condiciones antes de responder.
Sophia lo miró.
—¿Y me lo contarás?
—Antes de decidir algo que pueda cambiar nuestros planes, sí.
La respuesta le recordó el patio elevado donde habían hablado por primera vez de una vida compartida.
No era una promesa de permanecer siempre en Éfeso.
Era el compromiso de no presentar las decisiones importantes como hechos consumados.
—Gracias —dijo.
Titus dejó la mano junto a la suya.
—No significa que deba consultarte cada carta que reciba.
—No tendría tiempo de leerlas todas.
—Algunas son bastante aburridas.
—Entonces puedes ahorrármelas.
Titus sonrió.
Sophia apoyó una mano sobre su brazo.
La conversación no había disminuido el placer de estar juntos. Podían hablar de un viaje que quizá los separara durante unos días sin convertirlo en una amenaza para la relación que acababan de elegir.
Ella también tenía obligaciones que conservar.
—Mañana revisaremos las nuevas relaciones del tercer edificio —comentó—. Menandros ha cambiado la manera de guardar las tablillas y padre quiere asegurarse de que las cuentas generales siguen coincidiendo.
—¿Tendrás que estar allí?
—En la reunión, sí. Después podrá continuar sin mí.
—Parece que tu hermano se ha acostumbrado pronto a la nueva distribución.
Sophia soltó una risa.
—Esta mañana me ha explicado dónde encontrar las relaciones antiguas como si nunca hubieran estado en otro lugar.
—¿Estabas conforme?
—He encontrado dos cosas que habría hecho de otra manera.
Titus levantó ligeramente las cejas.
—Eso no me sorprende.
Sophia lo miró con fingida severidad.
—Puedes mostrar algo de admiración. No le he pedido que cambie ninguna.
Titus tomó su mano.
—Estoy intentando que no se me note demasiado.
Sophia le dio un golpe suave con la rodilla.
Él llevó sus dedos hasta los labios.
El beso que siguió los hizo olvidar durante un rato las cuentas.
Cuando volvieron a separarse, Sophia se acomodó junto a él y miró hacia la ventana.
La tarde avanzaba.