Capítulo 28. Sin repetir el pasado #2
La ligereza de la conversación desapareció poco a poco, sustituida por una intimidad que ninguno necesitó apresurar. Titus le acarició el cabello suelto mientras Sophia recorría con las manos la tela de su túnica.
Una costura áspera le rozó la palma.
Ella se apartó ligeramente y examinó el hombro.
—Esto está mal remendado.
Titus bajó la mirada.
—No sabía que habías venido a inspeccionar mi ropa.
—No pensaba hacerlo. Pero está justo donde he puesto la mano.
—Tendré que buscar a alguien que cosa mejor.
—Podrías empezar por reconocer que la reparación no es buena.
—La túnica sigue sirviendo.
Sophia soltó una risa.
—Igual que la jarra.
—Exactamente.
La facilidad con que se entendían le produjo un placer inesperado.
Había pasado mucho tiempo preguntándose si volver a estar juntos significaría intentar recuperar las costumbres antiguas. Ahora descubría que podían reconocer algunas y reírse de otras sin convertir el recuerdo en una obligación.
Titus volvió a acercarse.
Sophia deslizó las manos por sus brazos y sintió bajo los dedos una pequeña cicatriz cerca del codo.
No la recordaba.
—¿Cuándo te hiciste esto?
Titus miró la marca.
—En Rodas. Un cargador soltó una cuerda cuando estaba ayudando a sujetar unos recipientes.
—¿Te hizo mucho daño?
—Lo suficiente para que me aconsejara no volver a ocuparme de su trabajo.
—Un consejo sensato.
—También me explicó que debía haber sujetado la cuerda de otra manera.
Sophia acarició la pequeña cicatriz.
Había muchas cosas que no conocía de los años que Titus había vivido fuera. Algunas aparecían en sus relatos; otras estaban en gestos que había adquirido, en marcas que antes no tenía o en la familiaridad con que pronunciaba nombres de ciudades donde ella nunca había estado.
Tampoco él había presenciado los años en que Sophia aprendió a negociar por su cuenta, a responder por las reservas familiares y a ocupar un lugar que nadie podía discutirle fácilmente.
Podían contarse aquellas experiencias.
No era necesario que fingieran haberlas compartido.
—Me alegro de que volvieras —dijo.
Titus le sostuvo la mirada.
—Yo también.
—Aunque hayas terminado pasando varias semanas discutiendo sobre carros.
—He tenido encargos peores.
—Eso no me tranquiliza demasiado.
Él sonrió.
Sophia le tomó la mano y avanzó hacia la cama.
Titus la acompañó hasta el borde, pero se detuvo antes de sentarse.
—Sophia...
Ella alzó la vista.
—Dime.
—La otra vez me pediste que nos detuviéramos.
—Lo recuerdo.
—Quiero saber si hoy deseas continuar.
Sophia sintió una oleada de ternura.
Podría haberle parecido una pregunta innecesaria después de cuanto habían hablado y de la manera en que ella acababa de buscarlo. Sin embargo, comprendió que Titus no pretendía utilizar la reconciliación como permiso para recuperar una intimidad que ninguno podía dar por supuesta.
Le tomó el rostro entre las manos.
—Sí. Quiero estar contigo.
Titus le rozó el brazo.
—¿Estás segura?
—Lo estoy. Y si quiero que nos detengamos, te lo diré.
—De acuerdo.
Sophia sonrió.
—Ahora podemos dejar de hablar como si estuviéramos cerrando una custodia.
Titus soltó una carcajada.
—Intentaba hacer las cosas bien.
—Las estás haciendo bien.
Ella volvió a besarlo.
El brazo de Titus la rodeó con suavidad y Sophia se acercó hasta quedar junto a él. Al intentar deshacer el cinturón de su túnica, uno de los pliegues quedó prendido y ambos tuvieron que detenerse para liberarlo.
Sophia rio contra su hombro.
—Creo que lo he atado demasiado fuerte.
—Eso confirma mi opinión sobre tus preparativos de esta mañana.
—Si sigues haciendo observaciones, tendré que volver a vestirme para discutirlas contigo.
Titus la miró.
—Preferiría que no lo hicieras.
La respuesta hizo que Sophia volviera a reír antes de besarlo.
Se sentaron en el lecho.
Titus le acarició la mejilla y después descendió lentamente hasta su cuello. Sophia cerró los ojos un momento, disfrutando de la proximidad. Apoyó una mano en su hombro para acercarlo más.
Él se detuvo.
—Recuerdo que antes te gustaba...
No terminó la frase.
Sophia comprendió a qué se refería.
Conocía aquella caricia. También recordaba que, cuando eran jóvenes, Titus solía buscarla sin necesidad de preguntar.
Durante un instante estuvo a punto de responder afirmativamente solo por el placer de reconocer algo compartido.
Pero se permitió pensar en lo que deseaba ahora.
—Puedes intentarlo —dijo—. Despacio.
Titus asintió.
Cuando volvió a acercarse, Sophia le indicó con una mano el lugar donde prefería sentir sus labios. Él siguió el movimiento y se detuvo cuando ella le pidió que esperara.
No hubo incomodidad en aquella pausa.
Sophia le acarició la nuca.
—Así.
Titus volvió a besarla.
Ella dejó escapar un suspiro y acercó el cuerpo al suyo.
Recordaba ciertas sensaciones, pero descubría otras. La manera en que él le acariciaba la espalda era más lenta de lo que había esperado. Sophia dejó descansar la frente contra su hombro, disfrutando de una proximidad que no necesitaba convertirse inmediatamente en otra cosa.
—Eso no lo hacías antes —murmuró.
Titus apartó apenas la cabeza.
—¿Te molesta?
—No.
Él esperó.
Sophia levantó el rostro.
—Me gusta.
La siguiente vez fue ella quien lo besó primero.
Poco a poco fueron dejando a un lado las prendas, entre caricias y pequeñas torpezas que no intentaron disimular. Sophia sintió una timidez inesperada. Conocía la cercanía de Titus, pero hacía siete años que no compartían aquellos momentos y no deseaba que la memoria respondiera por ella.
Su cuerpo había cambiado.
También su manera de disfrutar de las caricias y de expresar lo que necesitaba.
Titus le recorrió el brazo con los dedos.
—¿Estás bien?
Sophia lo miró.
No encontró en su rostro ninguna exigencia. Él aguardaba, dejando que fuera ella quien decidiera si quería acercarse de nuevo.
—Sí. Solo estaba pensando.
—Eso suele ocupar buena parte de tus días.
—Alguien tiene que hacerlo.
—No pensaba discutirlo.
Sophia sonrió.
Lo atrajo hacia sí.
Hubo gestos que reconoció y otros que necesitó descubrir. En ocasiones le indicó que se acercara; en otras, pidió que cambiaran de posición hasta encontrarse cómoda. Titus atendió sus palabras, y ella escuchó las suyas con la misma naturalidad.
La cercanía dejó de parecerle algo que debieran recuperar con exactitud.
Habían sido amantes en los gestos y deseos compartidos de su juventud, sin haber conocido todo lo que ahora podían ofrecerse. Ninguno necesitaba reconstruir una tarde perdida.
Se besaron, se acariciaron y aprendieron otra vez la manera de estar juntos.
Cuando finalmente se entregaron el uno al otro, Sophia no sintió que regresaba al tiempo anterior a la despedida. Tenía entre sus brazos al hombre que había conocido de nuevo durante aquellas semanas, al que había visto discutir con Lykos y reconocer los límites de su propia carrera.
Ella tampoco era la joven que había creído necesario permanecer siempre junto a su familia para demostrar que podía sostenerla.
Había acudido a aquella habitación por deseo propio.
Y cuando la intimidad dejó paso a la calma, permaneció abrazada a Titus sin preguntarse qué significaría aquello al día siguiente.
Ya habían elegido continuar juntos antes de cerrar la puerta.
La luz había cambiado cuando Sophia volvió a abrir los ojos.
La habitación estaba más fresca y el sol apenas alcanzaba el extremo de la mesa. Una copa permanecía junto a la jarra y la otra había quedado sobre el arcón, cerca de una pila de documentos.
Sophia tenía el cabello extendido sobre la almohada y parte de la cubierta enredada alrededor de la cintura.
Se incorporó para buscar agua.
Titus se la alcanzó antes de que tuviera que levantarse.
—Gracias.
Bebió despacio.
La quietud le resultaba agradable. Todavía conservaba sobre la piel el recuerdo de sus manos y no sentía ninguna urgencia por hablar.
Cuando dejó la copa, Titus le acarició el hombro desnudo.
Sophia se volvió hacia él.
—Hay algo que deberías saber.
Titus levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
—Tu cama hace más ruido que la que recuerdo.
Él miró la estructura de madera.
—No es la misma que tenía hace siete años.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no entiendo la observación.
—Que deberías hablar con quien te alquila la habitación.
Titus soltó una carcajada.
Sophia empezó a reír también.
—He pensado lo mismo —admitió él.
—¿Y no has dicho nada?
—No me pareció oportuno.
Sophia dejó caer la cabeza sobre la almohada.
—Al menos ahora entiendo por qué no has comprado una mejor.
—La habitación no es mía.
—Entonces tendrás que incluirlo en tus próximas negociaciones.
—Puedo intentar conseguir una rebaja.
Sophia volvió a reír.
Durante un rato permanecieron juntos, sin necesidad de llenar cada silencio.
Ella observó el rostro de Titus.
La luz oblicua marcaba algunas arrugas pequeñas junto a sus ojos. La barba empezaba a mostrarse irregular después de varios días de trabajo y tenía una cicatriz cerca de la clavícula que Sophia no recordaba.
Extendió una mano y la rozó.
—Otra.
Titus miró hacia donde ella señalaba.
—Esa es más antigua.
—¿También de Rodas?
—De Quíos.
—Empiezo a creer que cada puerto ha decidido dejarte un recuerdo.
—Algunos se han limitado a cobrarme más de lo conveniente.
Sophia sonrió.
Había cosas que probablemente no llegaría a saber sobre aquellos años, como tampoco Titus conocería con exactitud todas las dificultades que ella había resuelto durante su ausencia.
Podrían contárselas cuando surgiera la ocasión.
No necesitaban hacerlo todo aquella tarde.
Sophia volvió a acomodarse junto a él.
Al cabo de un rato notó que tenía hambre.
—¿Siguen ahí los higos?
Titus señaló la bandeja.
—Los compré esta mañana.
—Eso no me garantiza que estén buenos.
—Tendrás que comprobarlo.
Sophia se incorporó, tomó uno y lo abrió con los dedos.
La pulpa estaba madura.
—Puedes conservarlos.
Titus se sentó a su lado y tomó otro.
Comieron sobre el borde del lecho, compartiendo el agua y hablando de asuntos que ninguno había tenido ocasión de mencionar durante las semanas anteriores.