Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 28. Sin repetir el pasado
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Capítulo 28. Sin repetir el pasado

Sophia había terminado sus obligaciones antes de la comida y, por primera vez en mucho tiempo, no sabía muy bien qué hacer con el resto de la jornada.

Menandros se ocupaba de las entradas del tercer edificio.

Herakleon tenía las relaciones que debían examinar al día siguiente, y las modificaciones de la próxima temporada estaban acordadas.

Faltaba comunicar algunas condiciones a los depositantes antiguos, pero ninguna de aquellas gestiones exigía su presencia esa tarde.

Podía regresar a casa, comer con Damaris y dedicar un rato a revisar unas cuentas que conocía casi de memoria.

Era lo que habría hecho unas semanas atrás.

Sin embargo, al llegar al cruce donde una calle ascendía hacia el alojamiento de Titus, redujo el paso.

Una mujer pasó junto a ella con una cesta cubierta. Frente a una tienda, dos muchachos discutían por una pieza de cerámica hasta que el propietario les ordenó apartarse. Más arriba, un hombre retiraba del sol varias vasijas que habían dejado secándose sobre una tabla.

Sophia conocía aquel camino.

Lo había recorrido con Titus después de una cena familiar, cuando todavía no se habían atrevido a hablar de lo que deseaban construir juntos.

Recordaba la habitación, el banco cubierto de documentos y la ventana que daba a los tejados.

También recordaba la proximidad de la cama y el momento en que decidió detenerse.

Había sido una decisión necesaria.

La víspera, en el patio elevado de la casa donde se reunieron con Lykos, las cosas habían cambiado. Sophia le había explicado cómo reorganizaría sus responsabilidades y Titus había defendido ante su asociado una nueva manera de trabajar, con Éfeso como residencia habitual.

Después habían hablado de ellos.

Sin cuentas que revisar. Sin intentar adivinar qué podía soportar el otro antes de formular una petición.

Sophia había dicho que quería compartir su vida con él.

Y Titus había respondido que deseaba lo mismo.

Miró la calle que ascendía.

No llevaba ningún documento que necesitaran examinar juntos. Tampoco podía fingir que aquel camino era el más conveniente para regresar a casa.

Sabía que una mujer de su posición podía despertar comentarios si acudía sola al alojamiento de un hombre con quien todavía no existía un compromiso formal. No ignoraba el valor que su familia concedía a la discreción.

Pero tampoco era una muchacha que necesitara inventar una visita comercial para justificar cada una de sus decisiones.

Acomodó el manto sobre el hombro y comenzó a subir.

La puerta del patio estaba abierta.

Sophia reconoció la escalera exterior que conducía a las habitaciones superiores. Desde la planta baja llegaban el olor de unas verduras cocidas con aceite y el ruido del agua que alguien vertía en un recipiente.

Subió sin apresurarse.

La primera vez había recorrido aquellos peldaños junto a Titus. Recordaba que él tuvo que apartar una tablilla antes de abrirle paso y que después encontró buena parte de sus documentos repartidos por la habitación.

Sonrió al recordar la escena.

Llamó.

Oyó movimiento al otro lado de la puerta.

Titus apareció con un rollo de papiro en la mano. Llevaba una túnica sencilla y tenía las mangas ligeramente recogidas.

Al verla se quedó inmóvil un instante.

—Sophia.

—Buenas tardes.

Él apartó el papiro del umbral.

—¿Ha ocurrido algo?

—No.

Titus la miró.

—Entonces me alegro de verte.

—Eso resulta bastante más agradable que tu primera pregunta.

Una sonrisa apareció en su rostro.

Se hizo a un lado.

—Entra.

Sophia pasó al interior.

La habitación conservaba los mismos muebles, aunque la mesa estaba sorprendentemente despejada. Las tablillas ocupaban ahora un extremo y el banco había quedado libre. El arcón que antes estaba junto a la pared se encontraba más cerca de la ventana.

Sobre una bandeja habían dispuesto unos higos. Había también una jarra de agua y dos copas.

Sophia dejó el manto doblado sobre el banco.

—Has ordenado tus cosas.

Titus miró hacia la mesa.

—Lykos necesitaba llevarse varios documentos.

—Creí que habías descubierto las ventajas de poder utilizar un mueble sin retirar antes media docena de tablillas.

—No atribuyas demasiadas virtudes a algo que no ha dependido de mí.

Sophia se acercó al arcón.

La jarra reparada con una grapa de metal seguía junto a la pared.

—Al menos conservas esto.

—Todavía sirve.

—Tiene una grieta que cualquiera puede ver.

—Y una reparación que impide que pierda agua.

Sophia alzó la mirada.

—Empiezo a sospechar que eliges así todas tus posesiones.

—Solo las que no tengo motivos para sustituir.

—Me alegra saber que utilizas algún criterio.

Titus dejó el papiro sobre la mesa.

—No creo que hayas venido para examinar mis pertenencias.

Sophia se volvió hacia él.

—No.

Él permaneció junto al mueble, esperando.

Durante el camino le había parecido sencillo presentarse allí y decirle que deseaba pasar la tarde a su lado. Ahora, frente a él, sintió una vacilación inesperada.

Titus no era un desconocido. Conocía su voz, algunas de sus costumbres y la forma en que la había besado el día anterior. Pero había pasado tanto tiempo desde que pudieron buscarse sin la amenaza de una despedida próxima que una visita tan sencilla adquiría una importancia extraña.

—He terminado por hoy —dijo—. Menandros tiene las relaciones que necesita y padre no espera verme hasta mañana.

—¿Quieres que salgamos?

Sophia negó con la cabeza.

—Prefiero quedarme aquí.

Titus se apartó de la mesa.

—Puedes quedarte cuanto quieras.

Sophia se acercó.

—No he venido por ningún asunto del puerto.

—Eso había empezado a sospecharlo.

—Ni para preguntarte por Lykos.

—Entonces esta visita es todavía más extraordinaria.

Ella soltó una risa.

Titus estaba tan cerca que habría bastado con extender la mano.

Sophia lo hizo.

Apoyó los dedos sobre su pecho y levantó la cabeza.

—He venido porque quería verte.

La expresión de Titus cambió apenas. Su mirada descendió hacia la mano que ella mantenía sobre su túnica y volvió a encontrar sus ojos.

—Me alegro de que hayas venido.

Sophia sintió que desaparecía la última incomodidad.

—Y quiero besarte.

Titus dejó una mano junto a su cintura.

—Eso puedo hacerlo sin consultar ninguna tablilla.

Sophia rio y se acercó a su boca.

El primer beso tuvo algo de reconocimiento.

Había echado de menos la forma en que Titus inclinaba la cabeza y el contacto de su mano en la parte alta de la espalda.

Durante los días en que mantuvieron una relación estrictamente profesional, había descubierto cuánto podían faltarle gestos tan pequeños.

Volvió a besarlo.

Titus la rodeó con un brazo y ella se acercó hasta sentir el calor de su cuerpo a través de la ropa.

Cuando se separaron, Sophia no retiró las manos.

—Has cambiado algunas costumbres —murmuró.

—¿Ya has encontrado alguna?

—Antes tenías menos paciencia.

—Antes tardabas menos en decirme lo que querías.

Sophia arqueó una ceja.

—No recuerdo que te quejaras.

—No me estoy quejando.

Ella sonrió.

Titus le acarició una mejilla con el dorso de los dedos.

Aquel gesto le resultó familiar. Lo había conocido cuando ambos eran jóvenes, aunque entonces sus encuentros solían estar acompañados de una urgencia que les parecía inevitable.

Ahora no tenían que aprovechar unos minutos antes de que alguien los reclamara para otra obligación.

Sophia podía permanecer allí porque había decidido hacerlo.

—Quiero estar contigo esta tarde —dijo—. Sin tener que inventar otra razón.

Titus apoyó brevemente la frente contra la suya.

—Yo también quiero que te quedes.

Sophia cerró los ojos un instante.

Después volvió a buscar sus labios.

La luz de la ventana alcanzaba la cama.

Sophia la vio detrás del hombro de Titus cuando se separaron para recuperar el aliento. Era el mismo lecho de su visita anterior, con la cubierta algo arrugada y una manta doblada junto a la pared.

Aquella noche había sido precisamente su proximidad lo que la llevó a detenerse.

No porque le faltara deseo.

Había necesitado saber qué lugar podía ocupar Titus en la vida que ella deseaba conservar.

Ahora ya habían hablado de eso.

Titus le apartó un mechón de la sien.

—Llevas el cabello más recogido que la última vez.

Sophia tocó una de las horquillas.

—He pasado la mañana con un depositante que considera que sus ánforas merecen más atenciones que cualquier persona de Éfeso.

—Eso explica el mal humor de tu peinado.

—Mi peinado no está de mal humor.

—Parece bastante dispuesto a resistirse.

Sophia intentó retirar una de las horquillas. La pieza se había enredado en la trenza y tuvo que dejarla donde estaba.

Titus observó el intento.

—¿Quieres que te ayude?

La pregunta hizo que Sophia recordara cómo, años atrás, él había soltado algunas de sus cintas con la confianza de quien conocía perfectamente sus costumbres.

Ahora llevaba el cabello de otra manera. Utilizaba horquillas distintas para sujetarlo durante el trabajo, y aquella mañana había apretado tanto una trenza que empezaba a sentir una molestia cerca de la nuca.

—Puedes quitarme las de atrás —respondió—. Pero procura no arrancarme media cabellera.

Titus rio.

—No recuerdo haberlo hecho nunca.

—Porque después no eras tú quien tenía que arreglarse.

Él se colocó detrás.

Sophia sintió sus dedos buscar cuidadosamente las piezas entre las trenzas. Una había quedado tan prendida que tuvo que inclinar la cabeza para que pudiera alcanzarla.

—Esa —indicó—. Pero no tires.

—Intento averiguar cómo la has colocado.

—Yo misma me lo pregunto algunas mañanas.

La horquilla salió por fin.

Sophia terminó de retirar las demás y el cabello cayó sobre sus hombros, todavía ondulado por las trenzas.

Titus recogió una hebra entre los dedos.

—Antes lo llevabas más corto.

—Antes no tenía que levantarme tan temprano para atender tres edificios distintos.

—Ahora tampoco tendrás que atenderlos todos.

Sophia se volvió.

—Veo que conoces bien el reparto que hemos acordado.

—Me ha parecido un asunto importante.

—Entonces sabrás que conservaré suficientes obligaciones para no aburrirme.

—Eso nunca lo he dudado.

Sophia sonrió.

Se acercó a él y volvió a besarlo.