Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 27. Antes de decidir #5
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Capítulo 27. Antes de decidir #5

Había imaginado aquellas palabras en ocasiones muy distintas: al verlo regresar de una negociación, mientras paseaban por las calles de Éfeso o al recordar el beso que compartieron en su alojamiento.

Ahora llegaban después de una mañana de cuentas y de una conversación en la que ambos habían aceptado límites concretos.

Le parecieron más valiosas por eso.

—Tendremos que hablar con nuestras familias —dijo.

—Sí.

—Padre querrá conocer las condiciones de tu trabajo.

—Puede preguntarme cuanto necesite.

—Y mi madre no se conformará con saber que queremos estar juntos. Querrá conocer nuestros planes.

Titus inclinó ligeramente la cabeza.

—Será una pregunta razonable.

Sophia rio.

Su madre no necesitaba grandes declaraciones para averiguar si dos personas habían considerado las consecuencias de sus decisiones. Bastaba con dejarla escuchar durante un rato.

Pensó en Claudia Eirene, en la habitación que había preparado para Titus cuando regresó a Éfeso y en las visitas que él procuraba hacerle entre sus obligaciones.

También pensó en Herakleon y Damaris, en los acuerdos de la casa y en Menandros, que por primera vez estaba dispuesto a hacerse cargo de un edificio entero sin pedir autorización para cada movimiento.

Una vida compartida afectaría a todas aquellas relaciones.

Tendrían que hablar de dónde vivirían, de las obligaciones que conservaría Sophia y de los periodos en que Titus estaría fuera.

Y tarde o temprano tendrían que decidir cómo formalizar aquella unión.

—Supongo que también tendremos que hablar de casarnos —dijo.

Titus sostuvo su mirada.

—Sí. Y de cómo queremos vivir después.

Sophia asintió.

Años atrás habría escuchado aquella palabra como parte de un futuro que parecía sencillo imaginar mientras ninguno necesitara abandonar sus proyectos. Ahora tenía treinta y cuatro años y sabía cuánto podía cambiar una casa cuando alguien asumía una obligación nueva.

No deseaba convertir el matrimonio en una respuesta apresurada a las dificultades que acababan de superar.

Todavía debían hablar de ello.

Aquella tarde le bastaba saber que podían hacerlo.

—Hoy prefiero terminar nuestra conversación sin otra tablilla entre las manos —dijo.

Titus bajó la vista hacia el estuche que había dejado junto al banco.

—Llevo bastante rato sin abrirlo.

Sophia soltó una risa.

—No me refería a esa.

—Lo sospechaba.

La sonrisa de Titus permaneció un momento en su rostro.

Sophia reconoció el deseo que había procurado mantener apartado durante los días de distancia profesional.

Recordó la noche en su alojamiento, cuando estuvieron a punto de continuar una intimidad que conocían desde jóvenes. Había pedido detenerse porque todavía no deseaba que los gestos sustituyeran a las decisiones que ninguno había tomado.

Titus respetó su petición.

Ahora habían hablado de lo que querían y de lo que estaban dispuestos a hacer para vivir juntos.

No tenían resueltos todos los asuntos de su futuro.

Pero Sophia ya no necesitaba esconder una pregunta importante detrás de una caricia.

Titus levantó la mano que ella seguía sosteniendo y rozó sus dedos con los labios.

Sophia se acercó.

Él aguardó hasta que ella apoyó la otra mano sobre su hombro.

—¿Puedo besarte? —preguntó.

Sophia recordó que, en su juventud, muchas cosas parecían entenderse sin necesidad de expresarlas. Habían compartido una intimidad verdadera, pero habían cambiado lo suficiente para no dar por supuesto que todos aquellos gestos conservaban el mismo significado.

Le agradó que Titus esperara.

—Sí —respondió—. Quiero que lo hagas.

Él le acarició la mejilla y se inclinó hacia ella.

El beso comenzó despacio.

Sophia reconoció el contacto de sus labios y, al mismo tiempo, encontró en aquella cercanía algo que no pertenecía al pasado.

Titus había dejado el estuche de documentos sobre la piedra y no parecía tener prisa por recuperarlo.

Ella pasó una mano por su hombro, acercándose cuanto le permitía el banco.

Durante los días anteriores había echado de menos aquella proximidad.

Ahora no necesitaba utilizarla para convencerse de que todavía se querían.

Lo habían dicho.

Y, mucho antes de pronunciarlo, habían empezado a cambiar las decisiones que podían mantenerlos separados.

Sophia permaneció junto a Titus cuando el beso terminó.

Desde el patio inferior llegó el ruido de una vasija apoyada sobre piedra. Alguien llamaba a un muchacho para que llevara agua a una habitación próxima.

La casa continuaba con sus tareas.

Titus apoyó brevemente la frente contra la de Sophia.

Ella sonrió.

No habían recuperado los siete años transcurridos desde su despedida. Tampoco intentaban volver a ser las personas que fueron entonces.

Sophia conocía ahora parte del camino que Titus había recorrido sin ella. Sabía que volvería a viajar, que habría decisiones difíciles y que no siempre encontrarían una solución tan conveniente como la que deseaban.

También sabía qué trabajo quería conservar y cuánto le había costado aprender a compartir las responsabilidades de su familia.

Aquel futuro todavía tenía espacios sin decidir.

Por primera vez desde el regreso de Titus, esa incertidumbre no le pareció una razón para apartarse.

Se inclinó hacia él y volvió a besarlo.