Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 27. Antes de decidir #4
89%

Capítulo 27. Antes de decidir #4

Titus dejó descansar las manos sobre las rodillas.

—Quizá no la había.

Sophia consideró aquella posibilidad.

Durante mucho tiempo había mirado el pasado buscando un momento en que alguno de los dos pudiera haber dicho algo distinto. Pero la necesidad de la casa había sido real, como también lo fue la oportunidad que Titus decidió aprovechar.

No deseaba convertir el recuerdo de su juventud en una falta que ambos debieran reparar.

—Lo que no quiero —dijo— es seguir actuando como si pedirte algo fuera lo mismo que exigirte que me lo concedas.

Titus levantó la cabeza.

—Te escucho.

Sophia notó lo fácil que habría sido empezar por todas las condiciones que estaba dispuesta a aceptar.

Podía explicarle que continuaría trabajando con su familia, que él tendría que viajar y que ambos deberían respetar los compromisos existentes. Era importante que lo supieran.

Pero si comenzaba por las precauciones, corría el riesgo de terminar otra conversación sin expresar lo que realmente había ido a decir.

—Quiero estar contigo, Titus.

La frase salió con una claridad que la sorprendió.

Él permaneció inmóvil.

Sophia continuó:

—Quiero compartir mi vida contigo. Ahora, no cuando hayamos terminado todos los trabajos ni cuando sepamos qué ocurrirá dentro de varios años.

Desde el patio inferior llegó una voz que llamaba a alguien. Unos pasos cruzaron un corredor y se alejaron.

Sophia esperó a que desaparecieran antes de añadir:

—Éfeso seguirá siendo mi hogar. Quiero trabajar con mi familia y conservar los acuerdos que llevo desde hace años. También quiero poder viajar alguna vez, si tengo una razón para hacerlo y sé que los asuntos de la casa están atendidos.

Titus la miraba sin interrumpir.

—No te pido que renuncies a Rodas —prosiguió—. Quiero que, cuando surja otro viaje, hablemos antes de que aceptes unas condiciones que afectarán a los dos. Y quiero hacer lo mismo cuando mi familia me proponga una obligación importante.

—Eso puedo prometértelo.

Sophia bajó la vista hacia sus manos.

Había temido encontrar de nuevo una respuesta sobre lo que ninguno debía exigir. En cambio, Titus acababa de aceptar algo concreto: hablar antes de tomar decisiones que pudieran separarlos.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué deseas de mí?

Titus tardó un momento.

Se inclinó hacia delante, apoyó una mano en el borde del banco y miró los árboles que sobresalían por encima del muro.

—Quiero volver de mis viajes y encontrarte —dijo—.

Quiero saber qué asuntos te ocupan, aunque no pueda resolverlos por ti.

Que me cuentes cuando algo te preocupe, incluso si consideras que debo mantenerme al margen.

Y quiero poder pedirte que me acompañes alguna vez, sin que pienses que te estoy exigiendo abandonar tu casa.

Sophia sintió que el nudo que había llevado durante días se aflojaba lentamente.

—No siempre podré hacerlo.

—Lo sé.

—Habrá ocasiones en que prefiera quedarme.

—Entonces tendrás que decírmelo.

Sophia sonrió.

—¿Y si no estamos de acuerdo?

—Nos ocurrirá.

—Veo que tienes mucha confianza en nuestro futuro.

—Te conozco desde hace bastante tiempo.

La respuesta la hizo reír.

Titus sonrió también.

Había echado de menos aquella facilidad, la manera en que podían bromear sobre una dificultad sin fingir que había dejado de existir.

—Podrías haberme dicho que encontraríamos una solución para todo —observó.

—Después de lo ocurrido en el puerto, sería una promesa poco prudente.

Sophia se acomodó en el banco.

La tensión de los últimos días había cedido, aunque ninguna de las circunstancias que acababan de mencionar había desaparecido.

Habría viajes, cartas que llegaran tarde y asuntos de la casa que necesitara atender en persona. Titus no permanecería siempre en Éfeso. Ella tampoco podría marcharse cada vez que le apeteciera acompañarlo.

Pero habían aprendido algo durante las semanas de trabajo compartido: un desacuerdo no obligaba a abandonar todo lo demás.

—No siempre podremos conseguir lo que queramos los dos —admitió.

—Entonces tendremos que decidir qué podemos aceptar —respondió Titus—. Antes de que uno de nosotros haga los preparativos y el otro descubra que ya es demasiado tarde para hablar.

Sophia recordó la despedida de 106.

No había sido una discusión amarga. Ambos intentaron explicar sus obligaciones sin herirse. Lo difícil fue descubrir que cada uno había preparado por su cuenta una vida que no podía acomodar fácilmente a la del otro.

Ahora conocían mejor sus propias costumbres.

Y tenían posibilidades que entonces no existían.

—Fuimos demasiado cuidadosos con lo que creíamos que podíamos pedir —dijo.

Titus la observó un momento.

—Tanto que terminamos por no pedir nada.

Sophia asintió.

La frase le dolió, aunque ya no como una acusación.

Habían pasado siete años desde entonces. No podían recuperarlos, pero tampoco necesitaban seguir organizando el presente alrededor de aquella separación.

Titus extendió una mano sobre el banco, sin tocarla.

Sophia miró sus dedos.

Recordaba aquellas manos cuando eran jóvenes. La piel estaba ahora más castigada por los viajes y había una pequeña marca cerca del pulgar que no conocía. Durante las últimas semanas había descubierto diferencias semejantes en su manera de hablar, de escuchar y de aceptar una objeción.

Se acercó un poco.

—No quiero que volvamos a intentarlo por nostalgia —dijo—. No deseo pasarme los próximos años imaginando cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos elegido otra cosa entonces.

—Yo quiero conocer la que podemos tener ahora.

Sophia apoyó su mano sobre la de Titus.

Él entrelazó los dedos con los suyos.

Había deseado aquel contacto durante los días en que se trataron únicamente como colaboradores. Ahora le resultó fácil permanecer junto a él sin preguntarse cuánto duraría aquella cercanía antes de una nueva despedida.

No porque hubieran eliminado todos los motivos de separación.

Sino porque acababan de hablar de ellos.

—Quiero que continuemos juntos —dijo Sophia—. No como durante estas semanas, encontrándonos cuando nuestras obligaciones nos dejan tiempo y apartándonos en cuanto surge algo importante. Quiero que los dos sepamos que hemos elegido una vida compartida.

Titus le apretó suavemente la mano.

—Yo también quiero estar contigo.

Sophia sintió que se le humedecían los ojos.