Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 27. Antes de decidir #3
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Capítulo 27. Antes de decidir #3

—Y cuando aceptes un viaje, tendrás que cumplirlo aunque aquí tengas asuntos que preferirías atender.

—Si damos nuestra palabra y las condiciones no cambian, cumpliré.

—Algunas negociaciones duran más de lo previsto.

—Entonces habrá que resolver cómo atenderlas antes de asumir nuevas obligaciones. Puedo prolongar una estancia cuando sea necesario, pero no quiero prometer una disponibilidad ilimitada para todos los encargos que puedan surgir.

Lykos soltó un resoplido.

—Hace años habrías aceptado antes de preguntarme cuánto ibas a cobrar.

Una sonrisa breve apareció en el rostro de Titus.

—Hace años tampoco habrías confiado en mí para discutir todas estas condiciones.

Lykos dejó escapar una risa.

—Eso también es cierto.

Volvieron a las cuentas.

El asociado propuso reducir los encargos iniciales y comprobar durante un periodo limitado cómo funcionaba aquella distribución. Titus realizaría el primer viaje necesario a Rodas, mantendría sus contactos con Esmirna y regresaría a Éfeso después de cerrar las gestiones que exigieran su presencia.

Si la organización resultaba satisfactoria, podrían negociar nuevos trabajos.

Lykos no le garantizó la continuidad completa que incluía la oferta original ni la dirección de asuntos que exigieran una presencia prolongada en otros destinos. La remuneración tendría que ajustarse a las obligaciones aceptadas.

Titus pidió que los límites quedaran expresados con claridad antes de enviar las confirmaciones.

Sophia escuchó las últimas condiciones.

Conocía demasiado bien las dificultades de los viajes para pensar que un acuerdo podía prever todos los retrasos. Habría cartas que llegaran tarde, representantes que solicitaran instrucciones adicionales y negociaciones que obligaran a permanecer más tiempo del calculado.

Pero Titus había presentado una alternativa apoyada en contactos reales y en tareas que ya sabía desempeñar.

Lykos había señalado sus objeciones y reducido la oferta.

Al final apartó las tablillas que debían modificarse.

—Prepararemos unas condiciones nuevas —dijo—. Quiero ver cómo funciona el primer encargo antes de comprometer el resto.

—Me parece justo —respondió Titus.

El asociado llamó a un escribiente para que copiara los puntos acordados.

Después volvió a hablar con Sophia sobre las posibilidades de almacenamiento que su familia podía estudiar cuando llegaran nuevas propuestas desde Esmirna.

Ella respondió con atención.

Todavía había cantidades que precisar y condiciones que Herakleon tendría que examinar antes de aceptar nada.

Sin embargo, cuando se despidió de Lykos, sabía que había presenciado una decisión importante.

Titus había elegido Éfeso como base para una nueva manera de trabajar.

Y había defendido esa elección sin renunciar por completo a la carrera que lo había llevado lejos de allí.

Al salir de la estancia, Sophia descubrió un patio elevado al que se llegaba por un corredor lateral.

Desde el muro bajo podían verse tejados de distintas alturas, una calle que descendía hacia el centro de la ciudad y las copas de unos árboles que sobresalían por encima de las casas vecinas.

Una mujer recogía las telas que había dejado secándose al sol.

Sophia aguardó a que terminara y le preguntó si podía permanecer allí unos momentos.

La mujer asintió y regresó al interior.

Sophia se acercó al muro.

Había visto a Titus ordenar sus documentos al terminar la reunión. No le había pedido que la acompañara y tampoco sabía si todavía tenía encargos que atender aquella mañana.

Oyó pasos detrás de ella.

—Lykos no necesitará nada más hasta que estén preparadas las copias —dijo Titus.

Sophia se volvió.

Él llevaba el estuche de documentos en una mano y el manto doblado sobre el brazo.

—Entonces has terminado por ahora.

—Todavía debo enviar una carta a Esmirna. Puede esperar hasta la tarde.

Sophia señaló un banco junto al muro.

—Quería hablar contigo, si tienes tiempo.

Titus dejó el estuche sobre la piedra.

—Lo tengo.

Sophia se sentó.

Durante los últimos días había imaginado muchas veces cómo sería volver a conversar con él sin otras personas alrededor. Había ensayado preguntas y preparado explicaciones que después le parecían insuficientes.

Ahora, después de lo que acababa de escuchar, no sabía por cuál empezar.

—Esta mañana hemos modificado el reparto de la próxima temporada —dijo.

Titus ocupó el otro extremo del banco.

—¿Habéis reducido la ampliación?

—No. Padre la mantiene. Seguiremos aceptando más mercancías, pero no quiero dirigir cada entrada personalmente.

—¿Y qué habéis decidido?

—Menandros llevará el tercer edificio. Los encargados de los demás espacios resolverán los movimientos ordinarios y yo conservaré los acuerdos antiguos que requieren mi trato, las relaciones de mayor duración y la revisión de las cuentas generales.

Titus asintió.

—Parece razonable.

—Lo era también cuando Menandros me propuso algo semejante y yo preferí supervisarlo todo.

—Ahora habéis podido comprobar cómo funciona.

Sophia miró hacia los tejados.

—Sí. Aunque eso no significa que vaya a resultarme fácil todos los días.

—Tu hermano tendrá que acostumbrarse a no encontrarte junto a cada puerta.

—Y yo a no aparecer antes de que termine una cuenta.

Titus sonrió.

—Quizá puedas dedicar alguna mañana a algo que no incluya un depósito.

Sophia volvió la cabeza hacia él.

—No me pidas cosas imposibles.

Él rio.

A Sophia le agradó escuchar aquella risa sin que la acompañara la presencia de un escribiente o una relación comercial.

Hacía varios días que no hablaban a solas.

La facilidad de la broma le recordó cuánto había echado de menos su compañía. Pero había acudido allí por una razón que no quería aplazar.

—Te he escuchado con Lykos —dijo.

—Lo sé.

—Has dejado fuera una parte importante de la oferta.

Titus miró un instante hacia el patio inferior.

—Una parte que exigía una disponibilidad que ya no quiero comprometer.

—No esperaba que lo hicieras.

—Hace unos días tampoco sabía si podía organizar mis encargos de esta manera.

—¿Y ahora estás seguro?

—Estoy seguro de que quiero intentarlo. Lykos ha aceptado las condiciones para el primer encargo. Tendré que demostrar que funcionan.

Sophia dejó las manos sobre su regazo.

Titus continuó:

—Viajaré a Rodas cuando estén preparadas las negociaciones. Algunas gestiones dejarán de estar a mi cargo y cobraré menos de lo previsto. Es posible que dentro de unos meses tengamos que modificar otra vez el reparto.

—Lo sé.

—No quiero prometerte que nunca estaré ausente. Una travesía puede demorarse y un acuerdo puede obligarme a permanecer fuera más tiempo del calculado.

Sophia observó el manto doblado sobre el banco.

Sabía cuánto podía retrasarse una embarcación aun cuando todos los hombres hubieran cumplido sus obligaciones. No necesitaba que Titus le prometiera una exactitud imposible.

Lo que había deseado durante aquellas semanas era algo distinto.

—Lykos te preguntó por qué elegías Éfeso —dijo.

—Sí.

—Le diste tus razones.

Titus se volvió hacia ella.

—Quiero darte también las que no le correspondía discutir.

Sophia permaneció callada.

—Mi madre está aquí —continuó él—. Conozco las casas con las que puedo trabajar y tengo relaciones que no dependen de permanecer siempre en otro puerto. He pasado años viajando de un encargo al siguiente, y no me arrepiento de haberlo hecho.

—No quisiera que te arrepintieras.

—Pero ahora quiero regresar a un lugar elegido, no limitarme a quedarme donde termine cada trabajo.

Sophia levantó la vista.

Titus dejó el manto a un lado.

—Y quiero estar cerca de ti.

Las palabras fueron sencillas.

Sophia había imaginado declaraciones más largas durante los días en que apenas intercambiaban algo distinto de instrucciones y fechas. Sin embargo, aquella frase contenía todo lo que necesitaba escuchar después de la negociación que acababa de presenciar.

—No quiero que pierdas lo que has construido por mí —dijo.

Titus señaló con un pequeño movimiento de cabeza la habitación de la que acababan de salir.

—Has oído lo que he propuesto. No he entregado mi trabajo. He elegido cuáles encargos estoy dispuesto a aceptar y lo que puedo pedir a cambio.

—Lykos ha reducido la remuneración.

—Sí.

—Y has perdido la posibilidad de dirigir algunos asuntos orientales.

—También he conservado relaciones que deseo seguir atendiendo. No sé qué otras oportunidades aparecerán dentro de un año, pero prefiero examinar entonces las condiciones antes que comprometer hoy todos los meses que todavía no han llegado.

Sophia sonrió apenas.

Aquella forma de hablar le resultaba familiar. Había pasado años negándose a prometer espacio que su familia no pudiera garantizar y ahora Titus aplicaba el mismo cuidado a su propio tiempo.

—En nuestra casa tampoco sé qué ocurrirá dentro de un año —admitió—. Quizá alguno de los depositantes antiguos no quiera tratar con Menandros. Tal vez tengamos que cambiar otra vez las responsabilidades. Pero no quiero volver a dirigirlo todo solo porque aparezca una dificultad.

—Entonces habéis encontrado un reparto que merece la pena conservar.

—Sí.

Sophia miró hacia el extremo de la calle.

Había llegado a aquella reunión con el trabajo de su familia ya reorganizado. Titus acababa de negociar una alternativa profesional que todavía tendría que demostrar su utilidad.

Ninguno había tomado una decisión fácil únicamente para agradar al otro.

Por primera vez desde el regreso de Titus, podían hablar de lo que deseaban sin necesitar antes que el otro renunciara a cuanto había construido.

Sin embargo, todavía faltaba decirlo.

—Hace siete años —comenzó Sophia—, creo que tomamos la decisión que podíamos sostener.

Titus la escuchó.

—Mi familia necesitaba ayuda. Menandros no estaba preparado para asumir muchas de las obligaciones que llevaba padre, y tú habías conseguido una oportunidad importante fuera de Éfeso. No quiero fingir ahora que nos separamos por una equivocación que habríamos podido evitar con unas pocas palabras.

—Yo tampoco.

—Nos queríamos entonces.

—Sí.

Sophia se volvió hacia él.

—Y aun así no encontramos una manera de continuar juntos.