Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 27. Antes de decidir #2
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Capítulo 27. Antes de decidir #2

Seguiría trabajando en los asuntos que conocía mejor y conservando una autoridad importante dentro de la familia. También tendría que acostumbrarse a recibir noticias de decisiones que ya no le correspondería tomar.

No sería fácil todos los días.

Pero la nueva distribución no dependía de que otra persona le concediera unas jornadas de descanso. Había surgido de una revisión real del trabajo.

—Sí —respondió—. Estoy conforme.

Herakleon empezó a hablar de las cartas que debían enviar antes de que entraran en vigor las nuevas condiciones.

Sophia escuchó con atención.

La decisión que había tomado ante su padre y su hermano a comienzos de la semana anterior había quedado modificada.

Y esta vez había sido ella quien propuso hacerlo.

Lykos había solicitado una reunión para examinar varios movimientos comerciales que podían continuar después de concluir los encargos relacionados con las restricciones del puerto.

Sophia acudió porque algunas de aquellas posibilidades afectaban a las mercancías de su familia.

Herakleon deseaba conocer las condiciones que podían ofrecer las casas vinculadas a Esmirna y a las islas, pero no estaba dispuesto a reservar depósitos para cargas cuya llegada nadie podía asegurar.

Durante las últimas jornadas habían comprobado que resultaba útil disponer de contactos en distintos puertos; también habían aprendido cuánto podía costar aceptar una obligación mal definida.

La reunión se celebró en una casa donde Lykos utilizaba una estancia para recibir a sus asociados durante su permanencia en Éfeso.

Sophia llegó poco después de media mañana.

La calle ascendía desde la zona comercial hacia viviendas menos expuestas al tránsito de carros. Había polvo sobre las losas y, junto a una entrada, una mujer sacudía una alfombra pequeña antes de recogerla.

Un criado condujo a Sophia hasta una habitación abierta hacia un patio.

Lykos se encontraba junto a una mesa cubierta de documentos. Había apartado su manto sobre un banco y sostenía una carta.

Titus estaba frente a él.

Al verla entrar, levantó la cabeza.

—Buenos días, Sophia.

—Buenos días.

Lykos la saludó y señaló uno de los asientos.

—Tu padre me ha enviado las condiciones que está dispuesto a mantener para la próxima temporada. Quería aclarar algunas cantidades antes de hablar con los representantes de Esmirna.

Sophia dejó sus tablillas sobre la mesa.

—La ampliación está confirmada. Podemos estudiar custodias limitadas, pero no reservaremos dependencias enteras para mercancías que quizá lleguen.

Lykos examinó la relación.

—Me interesa disponer de algún espacio cuando una carga no encuentre salida en el momento previsto.

—Podemos negociarlo cuando sepamos qué mercancías son y cuánto tiempo necesitan permanecer. También tendremos que conocer las condiciones de retirada.

Lykos sonrió.

—Tu padre sigue enseñándoos a hacer muchas preguntas.

—Mi padre suele decir que yo hago demasiadas.

—Entonces debe de ser una costumbre familiar.

Sophia respondió con una sonrisa.

Titus intervino para señalar una posibilidad relacionada con los contactos que Lykos mantenía en Esmirna. Algunas retiradas podrían organizarse desde allí sin exigir que todos los representantes acudieran a Éfeso para modificar una fecha.

Sophia preguntó quién respondería si un transportista recibía una instrucción distinta de la acordada inicialmente.

—Eso todavía debemos establecerlo —respondió Lykos—. No quiero que una solución útil para una casa termine creando gastos que nadie esté dispuesto a reconocer.

Examinaron varias propuestas.

Ninguna obligaba a los Flavii a comprometer de inmediato grandes cantidades de espacio. Sophia aceptó estudiar acuerdos concretos cuando los propietarios pudieran proporcionar relaciones completas de sus cargas.

Lykos pidió que quedara constancia de aquella disposición y prometió enviar las condiciones cuando estuvieran preparadas.

Sophia recogió su copia.

Había terminado el asunto por el que Herakleon le había pedido acudir.

Entonces Lykos apartó las relaciones de almacenamiento y se volvió hacia Titus.

—Queda tu respuesta sobre los encargos de Rodas.

Sophia dejó quieta la mano sobre el estuche.

Conocía la propuesta. Titus había confirmado inicialmente que podía preparar aquellos trabajos y había anunciado que viajaría cuando fuera necesario. Aún faltaba definir cuánto tiempo debía permanecer fuera y qué obligaciones asumiría después del primer desplazamiento.

Desde su conversación en el patio no habían vuelto a hablar del asunto de manera personal.

Lykos abrió una carta.

—Mis hombres confirman que tendremos que atender las negociaciones de Rodas en cuanto estén preparadas las relaciones de carga. Necesito saber cuánto tiempo podrás permanecer allí y qué otros encargos aceptarás después.

Titus acercó una tablilla.

—Quiero proponerte una distribución distinta.

Sophia alzó la mirada.

Lykos dejó la carta sobre la mesa.

—Te escucho.

—Puedo realizar el primer viaje y ocuparme personalmente de los acuerdos que necesitan una negociación directa.

También puedo mantener los contactos de Esmirna y seguir trabajando con las casas con las que he tratado en otros puertos.

Pero no quiero permanecer fuera de Éfeso durante toda la serie de encargos.

Lykos frunció ligeramente el ceño.

—La oferta se hizo contando con tu disponibilidad.

—Para algunos trabajos necesitarás que viaje y permanezca allí hasta terminarlos. Eso no ha cambiado. Lo que propongo es regresar a Éfeso cuando concluyan y atender desde aquí los asuntos que puedan llevar nuestros representantes.

Titus abrió la tablilla que había preparado.

Sophia reconoció su escritura.

Había separado los encargos según las ciudades, las personas que podían intervenir y las circunstancias que exigirían su presencia. En varios puntos figuraban nombres de comerciantes con los que ya había trabajado.

—En Esmirna tengo hombres que conocen las relaciones habituales —explicó—.

En Rodas podemos contar con representantes que mantienen trato directo con los armadores.

No pretendo dejarles una negociación que exceda sus atribuciones.

Quiero distinguir las cuestiones que pueden comunicarme por carta de aquellas para las que debo acudir personalmente.

Lykos examinó la relación.

—Los mensajes tardan. Una decisión puede perder su oportunidad antes de que recibas noticia.

—Lo sé. Por eso he señalado qué asuntos necesitarán un representante autorizado para resolverlos sin esperarme y cuáles deberán quedar pendientes hasta que pueda viajar.

—¿Y si uno de esos hombres promete algo que no debía?

—Sus atribuciones tendrán que quedar claras antes de empezar. Yo responderé por los acuerdos que acepte personalmente y por las instrucciones que dé en tu nombre. No puedo asumir una obligación nueva que otro haya contraído fuera de lo convenido.

Lykos volvió a leer la tablilla.

—Me ofreces menos de lo que hablamos.

—Sí.

Sophia observó el rostro de Titus.

No había intentado presentar aquella distribución como si conservara todas las ventajas de la anterior. Sabía, por las condiciones que acababa de exponer, que determinados encargos dejarían de estar a su alcance.

Lykos apoyó la tablilla sobre la mesa.

—Si no permaneces en Rodas durante la primera parte, tendré que enviar a otro hombre. Eso me costará tiempo y dinero.

—En la primera parte estaré allí —respondió Titus—. Quiero conocer personalmente los acuerdos que vaya a dirigir. Después puedo regresar a Éfeso y seguir atendiendo los asuntos que no requieran otro desplazamiento.

Lykos le pidió que precisara cuánto duraría aquel viaje.

Titus ofreció una estimación condicionada a las reuniones que consiguieran concertar y a la disponibilidad de los comerciantes con quienes debían tratar.

Sophia escuchó las preguntas siguientes.

El asociado quiso saber quién pagaría a los representantes que intervinieran durante las ausencias de Titus, qué gastos podían evitarse y cómo comunicarían las modificaciones importantes cuando una travesía se retrasara.

La discusión no era una cortesía.

Lykos examinaba cuánto trabajo recibiría a cambio de la remuneración que estaba dispuesto a pagar.

Finalmente señaló uno de los apartados.

—Los encargos de los puertos sirios no puedo reservártelos en estas condiciones. Necesito una persona que pueda seguirlos durante una temporada prolongada sin regresar continuamente a otro lugar.

Sophia recordó cuánto había trabajado Titus para conseguir relaciones propias en aquellas rutas.

Era una oportunidad importante.

Titus examinó el apartado.

—Lo entiendo.

—También tendré que reducir tu participación en las gestiones que no dirijas personalmente.

—Es razonable.

Lykos se acomodó en su asiento.

—¿Y por qué te conviene aceptar menos trabajo?

Sophia bajó la vista hacia la tablilla que tenía delante.

No era una pregunta dirigida a ella.

Durante un momento solo oyó el ruido de un criado que pasaba por el corredor.

—Porque quiero conservar Éfeso como lugar desde el que organizar buena parte de mis encargos —respondió Titus—. Seguiré viajando cuando deba hacerlo, pero prefiero regresar aquí entre unas negociaciones y otras.

Lykos lo observó.

—Ya has trabajado así algunas temporadas.

—Por periodos breves. No lo había elegido como residencia habitual.

—En Esmirna tendrías contactos más próximos para ciertos asuntos.

—Lo he considerado. Prefiero Éfeso.

Sophia mantuvo las manos sobre las tablillas.

Había escuchado a Titus hablar de sus viajes durante semanas. Sabía cuánto valoraba la independencia que había construido desde que se marchó en 106. Lykos confiaba en él precisamente porque conocía distintas ciudades y podía asumir trabajos que exigían trasladarse.

Ahora estaba delimitando aquella disponibilidad por decisión propia.

No había pronunciado el nombre de Sophia para pedir condiciones especiales.

Había expuesto una manera concreta de trabajar y aceptado las consecuencias de defenderla.

—No puedo pagarte lo mismo por menos meses de dedicación —insistió Lykos.

—No te lo he pedido.