Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 27. Antes de decidir
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Capítulo 27. Antes de decidir

La primera mañana sin avisos urgentes, Sophia encontró la mesa de cuentas casi despejada.

Durante los días anteriores, las tablillas habían ocupado hasta el último rincón.

Las relaciones de carga se mezclaban con consultas de transportistas y mensajes enviados desde los depósitos próximos al puerto.

En más de una ocasión habían tenido que retirar los recipientes del desayuno para hacer sitio a los documentos.

Ahora quedaban las cuentas de la jornada anterior y las propuestas correspondientes a la próxima temporada.

Sophia eligió una de estas últimas.

Reconoció su propia anotación junto al reparto de responsabilidades. Había aceptado supervisar toda la ampliación comercial de su familia y reservado para sí la revisión de las operaciones más importantes, incluidas algunas que Menandros había propuesto asumir.

Recordaba la seguridad con que había defendido aquella distribución.

Conocía las cuentas, los depositantes y las consecuencias que podía tener una promesa incumplida.

Ninguna de aquellas razones había perdido importancia.

Sin embargo, durante la crisis portuaria había descubierto que proteger los acuerdos de su casa no exigía intervenir personalmente en cada movimiento.

Menandros tenía las tres llaves del tercer edificio.

Había rechazado una custodia demasiado arriesgada, corregido dos equivocaciones y conservado la confianza de un depositante antiguo. Herakleon había examinado sus gastos sin pedir a Sophia que respondiera por él.

El edificio continuaba funcionando.

Sophia abrió otra tablilla.

Podía mantener la distribución original y seguir trabajando como hasta entonces. Su hermano no protestaría por cada decisión, y los encargados estaban acostumbrados a consultarle las cuestiones que consideraban delicadas.

También podía reconocer que había llegado el momento de organizarse de otra manera.

Desde el patio llegó el ruido de alguien que llenaba una vasija. Más lejos, un criado discutía con un proveedor por una cantidad de aceite que no coincidía con la anotada. Eran dificultades corrientes, de las que se presentaban incluso durante las jornadas más tranquilas.

Sophia oyó cómo llamaban a otro encargado para comprobar la entrega.

No se levantó.

Había pasado años acudiendo a cualquier conversación donde pudiera surgir una discrepancia. A veces su presencia era necesaria; otras, sencillamente, los demás habían aprendido que resultaba más fácil preguntarle a ella que buscar una solución.

Tomó el instrumento de escritura y señaló las responsabilidades que deseaba revisar.

Los pasos de Menandros sonaron en el corredor antes de que apareciera.

Llevaba un estuche bajo el brazo y varias tablillas sujetas con un cordel.

—Pensé que encontraría a padre aquí.

—Todavía no ha venido.

Su hermano dejó los documentos sobre la mesa.

—¿Estás revisando la ampliación?

—Sí. Quiero hablar con vosotros antes de que enviemos las últimas condiciones a los depositantes.

Menandros examinó la relación que tenía delante.

—¿Ha cambiado alguna reserva?

—No. La ampliación sigue siendo conveniente. Incluso con los gastos extraordinarios de estos días, podemos mantenerla si no comprometemos más espacio del disponible.

—Entonces, ¿qué quieres modificar?

Sophia le ofreció asiento.

—El reparto que aceptamos.

Menandros dejó escapar un pequeño sonido de sorpresa.

—Creí que lo habíamos cerrado.

—Eso dije yo.

Él se acomodó frente a ella.

Sophia no buscó una explicación que justificara su decisión anterior. Había escuchado la propuesta de su hermano, reconocido que estaba bien preparada y, aun así, elegido conservar una supervisión más amplia.

Ahora le correspondía decirlo con claridad.

—Quiero que dirijas el tercer edificio durante la próxima temporada. No solo mientras duren las dificultades del puerto. Las entradas, las retiradas ordinarias, las relaciones con los transportistas y los gastos que puedas aceptar dentro de los límites de la casa estarán a tu cargo.

Menandros sostuvo la tablilla entre las manos.

—Eso se parece bastante a lo que te propuse.

—Lo sé.

—Entonces debí esperar a que llegaran tres embarcaciones a la vez para convencerte.

Sophia sonrió.

—Una sola quizá no habría bastado.

Su hermano rio y dejó la tablilla sobre la mesa.

La familiaridad de aquella respuesta le permitió continuar sin sentirse obligada a convertir la conversación en una ceremonia.

—Conservaré los acuerdos antiguos que todavía requieren mi trato personal, las relaciones de mayor duración y la revisión de las obligaciones que afecten a varios edificios. No quiero abandonar ese trabajo.

—Nunca te lo he pedido.

—Lo sé. Pero he actuado durante años como si entregar una parte significara renunciar también a lo demás.

Menandros abrió el estuche.

—Hay cuestiones que necesitaremos resolver juntos. Los gastos de transporte, por ejemplo. Si un cambio de recorrido obliga a mover una carga de un edificio a otro, alguien tendrá que decidir a cuál corresponde el coste.

—Eso debe figurar en las cuentas generales.

—Y no podemos dejar que un encargado cambie por su cuenta una condición prometida a un depositante antiguo.

Sophia asintió.

Aquellas eran precisamente las obligaciones que no convenía repartir sin establecer límites.

Menandros extendió una relación preparada durante los últimos días. Había distinguido las entradas habituales, los movimientos que podían autorizar los encargados y las modificaciones que requerían consultar a la familia.

Sophia reconoció varias de sus observaciones.

—¿Has cambiado ya el orden del armario de documentos?

—Las relaciones del tercer edificio están ahora agrupadas por depositante. He conservado una anotación con el lugar donde se guardaban antes.

—Habría preferido verlo antes de que hicieras el cambio.

Menandros levantó la cabeza.

Sophia se escuchó a sí misma.

—Por costumbre —admitió—. No necesito decidir dónde colocas cada tablilla.

—No he perdido ninguna.

—Eso espero.

—Si falta una, vendré a preguntarte dónde la guardaste hace ocho años.

Ella soltó una carcajada.

Durante un instante volvieron a parecerse a los hermanos que habían discutido tantas veces sobre el orden de los depósitos. Pero Menandros tenía ahora treinta años y una experiencia que no necesitaba demostrar mediante cada respuesta.

Sophia examinó las cuentas.

Hablaron durante un buen rato sobre las autorizaciones que podían confiarse a los encargados, las comunicaciones necesarias entre edificios y las cantidades que debían reservar para gastos imprevistos.

No estuvieron de acuerdo en todo.

Menandros proponía conservar un margen mayor para cubrir dificultades de transporte.

Sophia consideraba que, en una de las nuevas custodias, aquella reserva podía reducir demasiado el beneficio.

Compararon los gastos recientes y terminaron acordando una cantidad intermedia, suficiente para absorber las demoras ordinarias sin inmovilizar más recursos de los necesarios.

Cuando Herakleon entró, todavía estaban discutiendo una de las condiciones.

—Veo que habéis comenzado sin mí.

Menandros le acercó un asiento.

—Sophia quiere cambiar el reparto de la próxima temporada.

Su padre miró a su hija.

—¿También las reservas que aceptamos?

—No. Mantendremos la ampliación. Quiero modificar quién se encarga de cada parte.

Herakleon pidió las tablillas.

Sophia comenzó por los depositantes antiguos. Explicó cuáles seguiría atendiendo, qué acuerdos podían mantenerse mediante visitas periódicas y por qué los encargados de los demás edificios no necesitaban solicitar su autorización para cada entrada ya prevista.

Menandros presentó después la organización del tercero.

Herakleon escuchó, formuló preguntas sobre los gastos y quiso saber quién respondería cuando una excepción solicitada por un cliente afectara a mercancías recién aceptadas.

—Primero deberá examinarla quien dirija el edificio —respondió Sophia—. Si la modificación compromete un acuerdo de otro espacio o supera sus atribuciones, la discutiremos juntos.

—¿Y si afecta únicamente al tercero?

Sophia miró a Menandros.

—Entonces decidirá él.

Su hermano permaneció callado mientras Herakleon revisaba la relación.

—Algunos de esos clientes llevan años tratando contigo —observó su padre.

—Seguiré ocupándome de los asuntos que necesiten mi experiencia. Pero no tendrán que buscarme para cambiar una hora de retirada cuando ya existan condiciones escritas que permitan hacerlo.

Herakleon asintió lentamente.

—Habrá que avisarlos de quién responderá en adelante.

—Prepararemos los mensajes —dijo Menandros—. Y conservaremos aquí copias de los acuerdos que afecten a toda la casa.

Su padre examinó los gastos de los días anteriores.

Allí figuraban las cargas rechazadas, las compensaciones pagadas por errores propios y las modificaciones que habían permitido conservar las reservas comprometidas.

—Durante las dificultades del puerto, ¿me consultaste cada movimiento? —preguntó a Menandros.

—Los que excedían mis atribuciones.

—¿Y los gastos extraordinarios?

—Están registrados, también los que ocasioné por mis equivocaciones.

Herakleon dejó la tablilla.

—Entonces aceptaremos la ampliación con este reparto.

Menandros dirigirá la actividad ordinaria del tercer edificio.

Sophia conservará las relaciones y los acuerdos que habéis señalado y examinará periódicamente las cuentas del conjunto.

Los encargados de los otros espacios tendrán instrucciones claras sobre lo que pueden resolver.

Sophia sintió una satisfacción tranquila.

Su padre no había tratado la propuesta como una renuncia. Había examinado las obligaciones y aceptado una distribución que podía servir mejor a la casa.

—Prepararé las instrucciones para los encargados —dijo Menandros.

—Hazlo con tu hermana —respondió Herakleon—. No quiero que dos hombres reciban indicaciones distintas porque hayamos explicado mal una condición.

—De acuerdo.

Herakleon se volvió hacia Sophia.

—¿Estás conforme?

Ella examinó las relaciones.