Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 26. Una red suficiente #4
85%

Capítulo 26. Una red suficiente #4

—Puedo hacerlo.

—También tendremos que revisar algunos acuerdos que Sophia ha llevado hasta ahora.

—He empezado a estudiarlos.

Herakleon asintió.

—Entonces prepararemos una reunión para examinar el reparto. No conviene modificar todas las condiciones mientras todavía trabajamos con estos avisos provisionales.

Sophia observó a su padre.

Aquella conversación era distinta de las que habían mantenido meses atrás.

Menandros no estaba solicitando permiso para realizar una tarea menor ni ofreciendo ayuda mientras Sophia continuaba supervisándolo todo. Estaba proponiendo hacerse cargo de un edificio completo durante la próxima temporada, con la obligación de responder por los gastos y cumplir los acuerdos.

Herakleon discutía las condiciones como habría hecho con cualquier miembro de la familia a quien quisiera confiar una responsabilidad importante.

No lo felicitó por haber demostrado su capacidad.

Tampoco le pidió a Sophia que confirmara cada argumento.

Para ella, aquella naturalidad tuvo más importancia que cualquier elogio.

Había dedicado años a sostener obligaciones que consideraba necesarias. Su padre había confiado en ella y Menandros había aprendido buena parte del trabajo a su lado. Sophia estaba orgullosa de aquella experiencia.

No quería perderla.

Pero ahora empezaba a ver que podía conservarla sin ser la única persona a quien acudieran cuando surgiera una dificultad.

Damaris apareció en la entrada.

—La cena está preparada. Si seguís encontrando cuentas que revisar, tendré que mandar que os sirvan aquí.

Herakleon levantó la cabeza.

—Terminaremos enseguida.

—Eso dijiste antes de que se encendieran las lámparas.

Menandros sonrió.

Su padre recogió una de las tablillas.

—Una última comprobación.

Damaris negó con la cabeza y regresó al comedor.

Sophia iba a levantarse cuando vio una pequeña marca de identificación junto al extremo de la mesa.

La reconoció inmediatamente.

Pertenecía a otro de los depositantes antiguos de la familia: aquel cuyas mercancías permanecían en el tercer edificio, bajo las condiciones que Sophia había custodiado durante años y que ahora correspondía administrar a Menandros.

—¿Ha venido su representante? —preguntó a su hermano.

—Esta tarde.

Sophia miró la marca.

—¿Qué necesitaba?

—Comprobar que sus recipientes seguían separados y que la retirada prevista podía realizarse sin mover las otras partidas.

—¿Has hablado tú con él?

Menandros asintió.

—Le mostré la disposición y las relaciones de custodia.

Herakleon señaló otra tablilla.

—Ha dejado constancia de que se han respetado las condiciones. Menandros me ha enseñado la copia.

Su hermano se la entregó.

Sophia examinó las anotaciones.

Reconoció las marcas y la forma minuciosa con que aquel representante acostumbraba a registrar sus comprobaciones. Rara vez aceptaba una modificación sin examinar personalmente la mercancía o exigir que le explicaran las condiciones.

Allí figuraban las cantidades, la separación de los recipientes y la conformidad con el acuerdo.

También constaba que la retirada podría realizarse por el recorrido previsto mientras continuaran vigentes las restricciones comunicadas aquella tarde.

Sophia pasó un dedo por el borde de la tablilla.

—¿Ha puesto alguna objeción?

—Preguntó por qué habíamos cambiado de lugar una partida menor —respondió Menandros—. Le mostré que continuaba separada de sus recipientes y que no dificultaría la salida. Después comprobó las marcas.

—Suele hacerlo.

—Ya lo he visto.

Sophia sonrió.

—¿Y qué dijo al terminar?

—Que la próxima vez agradecería recibir la relación antes de venir. Así podría examinarla con calma y dedicar la visita solo a comprobar las mercancías.

—Es una petición razonable.

—Eso pensé. Le he prometido que la tendrá preparada.

Herakleon recogió las últimas cuentas.

—Entonces incorporaremos esa costumbre a los acuerdos que mantengamos con él. Nos ahorrará hacerle venir para preguntar por algo que podríamos haberle escrito antes.

Menandros guardó las tablillas restantes.

Sophia conservó un momento la que le había entregado.

Recordaba bien las primeras conversaciones con aquel cliente. Había aprendido qué condiciones consideraba imprescindibles, cuáles aceptaba modificar y de qué manera convenía explicarle los cambios para que no los interpretara como falta de atención.

Durante años, conservar su confianza había sido una de las obligaciones que Sophia consideraba más delicadas.

Aquella tarde el representante había acudido al tercer edificio.

Había examinado los recipientes, consultado las relaciones y recibido una respuesta satisfactoria.

Menandros había abierto las dependencias, mostrado las marcas y dejado constancia de todo.

Sophia no estuvo presente.

Damaris volvió a llamar desde el comedor. Herakleon se levantó y pidió a Menandros que guardara las cuentas para continuar al día siguiente.

Su hermano recogió los documentos.

Sophia permaneció unos instantes sentada.

Sobre la mesa quedaban las anotaciones de los gastos extraordinarios y las relaciones que resumían las mercancías recibidas durante los días de mayor acumulación.

No todo había salido bien.

Habían pagado transportes adicionales, perdido algunas oportunidades de beneficio y aceptado modificaciones que habrían preferido evitar. Las reparaciones continuaban y varias cargas todavía necesitaban encontrar su momento de salida.

Pero los compromisos esenciales se habían mantenido.

Sophia dejó la tablilla del depositante antiguo junto a las demás.

Habían cumplido bien una promesa que ella había cuidado durante años, en un edificio cuyas llaves ya no llevaba.