Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 26. Una red suficiente #3
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Capítulo 26. Una red suficiente #3

—Sería imprudente —respondió Philostratos—. Continuad utilizando los recorridos alternativos y dejad libre la zona de materiales. Si hay cambios confirmados, os lo comunicaré.

Sophia escuchó.

Durante días había deseado que las restricciones terminaran cuanto antes. Ahora comprendía que una reapertura precipitada podía obligarlos a deshacer una organización que empezaba a funcionar.

Titus extendió una relación sobre la mesa.

—Podemos conservar los acuerdos parciales mientras continúen los trabajos.

Las casas del norte resolverán sus entradas ordinarias sin consultar cada movimiento aquí.

Leontios mantendrá las condiciones de custodia que ha aceptado y la preferencia de retirada limitada que figura en sus acuerdos.

La casa de Herakleon podrá utilizar sus edificios sin concentrar todos los carros en el acceso compartido.

Philostratos examinó las anotaciones.

—Siempre que respetéis las restricciones que vayamos comunicando.

—Por supuesto —respondió Titus.

—Y que no aceptéis más mercancías de las que podéis guardar.

Leontios, que acababa de llegar, intervino desde la entrada.

—Eso convendría recordárselo a algunos. Esta mañana he rechazado dos cargas porque no podía garantizarles salida.

Sophia se volvió hacia él.

Aquel hombre había insistido durante días en aprovechar cualquier espacio libre. Ahora reconocía que recibir una partida no servía de mucho si después no podía retirarla sin perjudicar otros acuerdos.

Titus señaló la relación.

—También has conseguido admitir otras sin desplazar tus reservas.

—Porque hemos separado las entradas que necesitan el paso restringido de las que pueden utilizar otro recorrido.

—Entonces podemos mantener esa distribución hasta recibir noticias distintas —dijo Sophia.

Leontios asintió.

—Eso propongo.

Philostratos volvió a recordarles que no podían incluir una fecha definitiva de terminación de los trabajos.

—Hay que asegurar la zona antes de devolverle el tránsito habitual. No voy a anunciar una apertura que todavía no puedo garantizar.

Sophia se volvió hacia Titus.

—Conviene comunicar a los depositantes qué entradas siguen necesitando aviso previo y cuáles pueden acordarse directamente con cada casa.

—Prepararemos una relación breve —respondió él—. Las condiciones particulares quedarán en los acuerdos correspondientes.

Los representantes aceptaron aquella distribución.

No hacía falta redactar un nuevo sistema para cada circunstancia posible. Bastaba con distinguir los movimientos que podían organizarse de manera independiente de aquellos que afectaban a otras casas.

Philostratos dio por terminada la reunión.

Los presentes fueron recogiendo sus tablillas.

Sophia permaneció junto a la mesa mientras Titus ordenaba los documentos que debían enviarse antes del anochecer.

—¿Has terminado la retirada antigua? —preguntó él.

—Sí. El representante ha dejado constancia de la recepción completa.

—Me alegro.

—Ha costado más de lo previsto.

—Como bastantes cosas durante estos días.

Sophia miró las relaciones.

Quedaban cargas pendientes de salida y los transportistas tendrían que continuar modificando recorridos. Algunas casas habían perdido oportunidades de recibir mercancías, y otras soportarían gastos adicionales hasta que los accesos recuperaran su funcionamiento habitual.

No podían llamar a aquello una solución definitiva.

Pero habían evitado que las dificultades de una casa impidieran trabajar a todas las demás.

—Hace unas semanas no habríamos podido organizarlo así —comentó Sophia.

Titus levantó la vista.

—Entonces conocíamos menos las limitaciones de cada espacio.

—También nos costaba abandonar los procedimientos que habíamos preparado.

Él recorrió con el dedo una de las relaciones.

—Un acuerdo deja de servir si las condiciones que permite cumplir ya no existen.

Sophia reconoció la precisión de aquella respuesta.

Hablaban del puerto, de los transportistas y de las obligaciones de varias casas. Sin embargo, no pudo evitar recordar la conversación del patio.

Titus había dicho que no sabía si Lykos aceptaría otra distribución de sus encargos.

Ella había reconocido que tampoco podía modificar todos sus compromisos familiares por el simple hecho de desearlo.

Ambos tenían ahora motivos para examinar aquellas posibilidades de otra manera.

Sophia sostuvo la mirada de Titus.

Durante un instante pensó en preguntarle si seguía dispuesto a hacerlo.

Pero todavía no había revisado formalmente la distribución de la próxima temporada con su padre y su hermano. Había entregado responsabilidades durante la urgencia; necesitaba comprobar qué parte de aquel reparto podía mantenerse cuando los movimientos recuperaran un ritmo normal.

Titus tampoco le había comunicado ningún cambio en las condiciones ofrecidas por Lykos.

Aquella conversación merecía más que unas palabras apresuradas junto a una mesa llena de cuentas.

—Tengo que volver a casa —dijo Sophia—. Padre espera las relaciones del día.

—Yo terminaré de enviar las copias.

Se despidieron.

Sophia se alejó sin buscar otra excusa para quedarse.

Herakleon estaba en la estancia de cuentas cuando regresó.

La luz del final de la tarde entraba por el corredor y alcanzaba un extremo de la mesa. Habían retirado los documentos que ya no necesitaban y conservaban abiertas las relaciones destinadas a preparar la jornada siguiente.

Menandros se encontraba sentado frente a su padre.

Tenía delante las cuentas del tercer edificio y una relación de los gastos extraordinarios ocasionados por las modificaciones del transporte.

Sophia se detuvo en el umbral.

—Aquí has pagado una espera adicional —decía Herakleon.

Menandros señaló una anotación.

—Di una indicación equivocada sobre la hora de entrada de un carro.

—¿Cuánto tiempo perdió el transportista?

Su hermano se lo explicó.

Sophia reconoció la equivocación de la que había tenido noticia durante la mañana.

Menandros no intentaba atribuirla al encargado que transmitió el aviso ni a la confusión general de aquellos días. Había registrado el gasto y podía explicar cómo resolvió la dificultad.

—¿Aceptó la compensación? —preguntó Herakleon.

—Sí. Cambiamos el turno con otro carro. Le pagamos la espera que correspondía a nuestra equivocación, pero no el tiempo que habría empleado de todos modos en su recorrido.

Herakleon examinó la cifra.

—Es un gasto que podríamos haber evitado.

—Lo sé. He pedido que, cuando dos carros utilicen el mismo acceso, los encargados comprueben que ambos reciben la misma relación de horarios.

Sophia sonrió para sí.

Había pensado en una medida semejante cuando escuchó hablar del error.

Su padre señaló otra cantidad.

—¿Y este gasto?

—Los soportes adicionales para los fardos que recibimos ayer. Calculé mal el espacio que necesitaban, pero pudimos corregirlo antes de aceptar otra entrada.

—¿Ha quedado constancia de las dimensiones?

—Sí. He pedido que las comprueben antes de preparar una reserva semejante.

Herakleon dejó la tablilla sobre la mesa.

—Bien. No evitará todos los errores, pero al menos no repetiremos esos dos por falta de instrucciones.

Menandros recogió las cuentas.

Sophia entró entonces.

Su padre levantó la cabeza.

—Has vuelto.

—La retirada del primer edificio está terminada. El representante ha dejado constancia de que ha recibido toda la mercancía.

—Me alegro. Siéntate.

Sophia ocupó un lugar a un lado de la mesa.

Menandros le mostró una copia de las relaciones del tercero.

Incluía las cargas aceptadas, las ofertas que había rechazado por falta de espacio y los movimientos previstos para la jornada siguiente.

—He mantenido separadas las reservas antiguas —explicó—. Los fardos que recibimos ayer no dificultan la retirada pendiente.

Sophia examinó las anotaciones.

—¿Has encontrado otro lugar para la partida que no pudimos admitir?

—Su representante ha aceptado una propuesta de otra casa. Nosotros no tendremos que organizar ese traslado.

—Entonces queda resuelto.

Menandros asintió y volvió hacia Herakleon la siguiente tablilla.

—Querría conservar algunas de las medidas que hemos utilizado estos días cuando preparemos la próxima temporada.

Su padre se acomodó en el asiento.

—¿Cuáles?

Menandros extendió las relaciones.

—Podemos organizar las reservas antiguas y las nuevas de manera que cada encargado conozca las condiciones correspondientes a su espacio. No hace falta que todas las consultas vuelvan a la casa principal.

Herakleon examinó el documento.

—Eso exigirá mantener copias correctas.

—He pensado dejar las relaciones de cada edificio con sus encargados y conservar aquí las condiciones generales. Cuando una modificación afecte a varios espacios, tendremos que comunicarla a quienes corresponda.

Sophia escuchó.

La propuesta no eliminaba su trabajo. Continuaba contando con ella para las relaciones antiguas que exigían atención personal, los acuerdos de larga duración y las obligaciones que afectaban a distintas dependencias.

Lo que cambiaba era la necesidad de revisar personalmente cada movimiento.

Herakleon hizo varias preguntas.

Quiso saber quién respondería por los gastos, cómo se comunicarían las excepciones y qué ocurriría cuando una reserva antigua impidiera aceptar una oferta más rentable.

Menandros utilizó las cuentas de aquellos días para explicar su propuesta.

Habían rechazado mercancías que no podían guardar, reconocido gastos ocasionados por errores propios y encontrado alternativas para algunas partidas que necesitaban otro depósito.

También habían obtenido beneficios de entradas que pudieron admitir sin perjudicar sus compromisos anteriores.

Su padre escuchó las explicaciones y señaló dos condiciones que tendrían que examinar con más detalle.

Sophia esperaba que le pidiera revisar cada respuesta.

No ocurrió.

Herakleon continuó hablando directamente con su hijo.

—Si quieres encargarte de ese edificio durante la próxima temporada, tendrás que presentar una relación completa de sus ingresos y gastos —dijo—. No bastará con organizar las entradas. Quiero saber cuánto nos cuesta cada espacio cuando los recorridos dejan de funcionar como esperamos.