Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 26. Una red suficiente #2
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Capítulo 26. Una red suficiente #2

Ahora aceptaba que Leontios organizara por su cuenta una retirada dentro de las condiciones pactadas.

Titus llamó a otro representante que aguardaba junto a la puerta.

El hombre pertenecía a una casa situada más al norte y había ofrecido recibir una partida pequeña sin utilizar el paso restringido. Sus transportistas aceptaban el recorrido, pero necesitaban completar la entrada antes de la última retirada de la jornada.

Titus comprobó la condición y pidió que quedara anotada en la relación correspondiente.

—No será necesario modificar los turnos de las otras casas —dijo el representante.

—Entonces podrás organizarlo directamente con tus encargados. Necesitamos la copia para saber qué espacio quedará ocupado, no para autorizar un movimiento que no perjudica a nadie.

El hombre asintió.

Sophia lo vio retirarse con su tablilla.

La nueva organización conservaba parte del trabajo anterior de Titus, pero había incorporado propuestas de Leontios, de Menandros y de otros representantes. Ninguno había conseguido imponer todas sus condiciones.

Tampoco dependía de que una sola persona conociera cada cambio antes de permitirlo.

Titus terminó de dictar las anotaciones y se volvió hacia ella.

—¿Has podido resolver la retirada antigua?

—El representante acepta dividirla en dos movimientos. Mantendremos la custodia hasta que llegue el segundo carro.

—¿Ha pedido alguna garantía?

—Que no consideremos terminada la retirada hasta que compruebe todos los recipientes.

—Es razonable.

—Lo es.

Durante unos momentos permanecieron frente a la mesa sin ninguna consulta inmediata.

Sophia recordó el patio de su alojamiento, donde habían hablado de sus decisiones profesionales y de la facilidad con que ambos habían dado por supuesto lo que el otro no podía aceptar.

Desde entonces se habían encontrado muchas veces.

Habían revisado cuentas, discutido condiciones y enviado mensajes sin volver a referirse a aquella conversación.

Titus no había utilizado la cercanía del trabajo para pedirle una respuesta personal. Sophia había agradecido esa discreción, aunque cada jornada le resultaba un poco más difícil regresar a casa sin conocer qué estaba ocurriendo con la propuesta de Lykos.

Él recogió una tablilla.

—Menandros me ha enviado la distribución del tercer edificio. Parece que podrá mantener las entradas comprometidas sin utilizar el acceso que sigue restringido.

—Ayer le confié todo el espacio.

—Lo sé.

Sophia apoyó las relaciones sobre la mesa.

—Ha tenido que corregir una cuenta. Los fardos ocupaban más lugar del previsto.

—Me lo explicó en su mensaje. Ha reducido las entradas adicionales para conservar libres las retiradas.

Titus hablaba del trabajo de Menandros como de un asunto que correspondía a Menandros.

No le había preguntado por qué permitió a su hermano organizar aquellas reservas ni había mostrado sorpresa al conocer la equivocación. Se limitó a examinar las consecuencias y las condiciones que podían seguir cumpliéndose.

Sophia encontró tranquilizadora aquella naturalidad.

—Voy a regresar al primer edificio —dijo—. Todavía esperamos el segundo carro.

—Yo tengo que hablar con Philostratos sobre los recorridos de mañana.

Se despidieron.

Sophia se alejó mientras Titus volvía a sus documentos.

Había visto cómo modificaba un sistema que él mismo había preparado sin renunciar al trabajo que lo hacía útil. A ella todavía le quedaba comprobar qué parte de sus propias responsabilidades podía distribuir de manera permanente.

El recuerdo de las llaves sujetas al cinturón de Menandros acudió a su memoria.

No las había echado de menos aquella mañana.

Al menos, no tanto como esperaba.

La noticia del error llegó mientras Sophia comprobaba una relación de transporte.

Un hombre que trabajaba habitualmente para su familia había acudido al primer edificio para preguntar si una de sus retiradas podía adelantarse. Mientras esperaban al encargado, comentó que un carro destinado al tercero había tenido que modificar su entrada.

—Parece que recibieron una hora equivocada —explicó.

Sophia levantó la vista.

—¿Qué carro?

—El de los fardos que llegaron ayer. Menandros había pedido que entrara después de la primera retirada, pero mi compañero recibió aviso de que podía presentarse antes.

Sophia dejó la tablilla sobre la mesa.

—¿Llegó a descargar?

—No. El paso todavía estaba ocupado.

—¿Y qué ha ocurrido con la carga?

—Han cambiado el turno con otro carro. Mi compañero regresará después de la comida.

Sophia frunció el ceño.

—¿Quién ha organizado el cambio?

—Menandros. Ha hablado con los dos conductores.

El hombre explicó que uno de ellos había pedido una compensación por la espera. La cantidad no era excesiva, pero el transportista insistía en que había cumplido las instrucciones recibidas y no debía asumir el coste de un error ajeno.

Sophia conocía bien aquella clase de disputa.

Un cambio de horario podía parecer insignificante hasta que dos carros coincidían frente a una puerta y sus conductores exigían que alguien pagara las horas perdidas.

—¿Han llegado a un acuerdo?

—Sí. Menandros ha aceptado pagar la espera que corresponde al aviso equivocado, pero no el tiempo que el hombre habría empleado de todos modos en su recorrido.

—¿Lo ha aceptado el conductor?

—Estaba presente mi compañero cuando lo acordaron. Por eso ha podido modificar también una de nuestras salidas.

Sophia examinó la relación.

La explicación resultaba razonable. Menandros había cometido un error al comunicar la hora, pero había conseguido modificar los turnos sin impedir la retirada comprometida.

No sabía si había obtenido el mejor precio posible.

Podría comprobarlo.

Bastaría con enviar un mensaje al tercero, pedir las cuentas y discutir con su hermano las condiciones aceptadas. También podía acudir personalmente y hablar con el conductor cuando regresara.

Su mirada fue hacia la puerta.

El transportista esperaba una respuesta sobre la retirada del primer edificio.

—Entonces no necesitamos cambiar nuestra salida —dijo Sophia.

—No, si el segundo carro llega como hemos acordado.

—Haz que el encargado confirme su llegada antes de preparar toda la carga.

El hombre asintió.

Sophia volvió a la tablilla.

La equivocación de Menandros no había desaparecido por el hecho de que ella decidiera no intervenir.

La casa tendría que pagar una compensación. Su hermano debía dejar constancia del gasto y asegurarse de que los encargados no volvieran a comunicar dos horas distintas para el mismo movimiento.

Pero tenía autoridad para resolver aquella clase de dificultad.

Sophia se había comprometido a concedérsela.

Siguió trabajando, aunque durante un rato continuó imaginando maneras de haber evitado el error. Podrían exigir una segunda comprobación de los horarios o entregar copias idénticas a todos los transportistas afectados.

Quizá Menandros adoptara alguna de aquellas medidas.

Tendría ocasión de preguntárselo cuando examinaran las cuentas generales.

No necesitaba correr hasta el tercer edificio para ordenárselo.

El segundo carro del depositante antiguo llegó más tarde de lo previsto.

Los hombres del primer edificio acababan de despejar una zona necesaria para recibir otra carga. Sophia se encontraba con el representante del propietario, comprobando que las ánforas retiradas por la mañana coincidían con la primera parte de la relación.

El conductor presentó su tablilla.

—Podemos completar ahora la retirada.

El encargado señaló el patio.

—No hay espacio para entrar hasta el fondo.

Sophia examinó las dos filas de recipientes que todavía aguardaban.

—Preparad la carga desde la puerta. Que saquen primero los grupos pequeños y dejen libre el paso antes de traer el resto.

Los porteadores comenzaron a trabajar.

El representante comprobaba las marcas mientras los hombres trasladaban las ánforas por grupos. Sophia permaneció cerca para resolver cualquier diferencia con las cantidades registradas.

En una de las partidas encontraron una discrepancia aparente.

El hombre había sumado los recipientes menores junto a los grandes y el resultado no coincidía con la relación inicial.

Sophia le mostró la anotación realizada aquella mañana.

—Estos se cuentan por separado. Forman parte de la misma reserva, pero no de la misma cantidad.

El representante volvió a sumar.

—Está correcto.

—Comprueba los últimos antes de dar la retirada por terminada.

Cuando acabaron, el hombre examinó una última vez las marcas.

Después dejó su señal de conformidad en la tablilla, junto a la constancia de que había recibido la partida completa.

Sophia pidió una copia para Herakleon.

El carro salió del patio y los trabajadores comenzaron a limpiar el espacio que habían ocupado las ánforas.

Uno solicitó agua. Otro se quejó del calor acumulado junto a la puerta. El encargado empezó a discutir dónde convenía colocar las mercancías que llegarían después.

La jornada continuaba.

Sophia sostuvo un momento la tablilla de recepción.

Habían cumplido la promesa hecha al depositante, aunque no exactamente de la forma prevista. La retirada se realizó en dos movimientos, fue necesario conservar parte de las mercancías durante unas horas adicionales y tuvieron que modificar los recorridos.

El representante había aceptado las condiciones y recibido todos los recipientes.

Podía comunicar a Herakleon que aquella obligación estaba terminada.

Envió la copia a casa y recogió sus documentos.

Todavía quedaban otras retiradas pendientes, pero ninguna exigía que permaneciera junto a la puerta.

Encontró a Philostratos terminando una reunión con Titus y dos representantes.

Llevaba polvo en el manto y hablaba con cierta aspereza, como alguien que había pasado gran parte del día cerca de los trabajos.

—Han conseguido despejar una zona —explicaba—, pero el paso no está preparado para soportar el tránsito de antes. No podemos reabrirlo por completo.

Uno de los comerciantes preguntó si podrían recuperar los turnos habituales al día siguiente.