Capítulo 26. Una red suficiente
Sophia encontró a los encargados del primer edificio discutiendo el orden de una retirada cuando llegó aquella mañana.
Uno sostenía la relación de las mercancías que debían salir. El otro señalaba varias ánforas colocadas junto a la puerta. Hablaban con la firmeza de quienes conocían el trabajo y no estaban dispuestos a cargar dos veces los mismos recipientes por haber elegido mal el recorrido.
—Si empezamos por las del fondo, tendremos que apartar los cestos —decía el más joven.
—Los cestos salen después. Está escrito aquí.
—Por eso convendría moverlos antes de que llegue el segundo carro.
Sophia se detuvo junto a la mesa.
El encargado mayor la saludó y le ofreció la tablilla.
—Estamos preparando la retirada del depositante. El primer carro puede llevarse las ánforas antiguas esta mañana. El segundo llegará más tarde, cuando haya completado otro recorrido.
Sophia examinó las cantidades.
—¿Habéis hablado con la casa que debe retirar los cestos?
—Sí. Sus hombres aprovecharán el intervalo para despejar la puerta. Si el segundo carro se retrasa, podremos mantener los cestos en el patio sin impedir otra entrada.
La propuesta era razonable.
Sophia señaló una anotación.
—Comprobad que los recipientes pequeños no se incluyan dos veces en la cuenta. Los anotamos por separado cuando aceptamos la reserva.
—Lo hemos tenido en cuenta.
El encargado le mostró la relación corregida.
Sophia la leyó y se la devolvió.
—Entonces continuad.
El hombre llamó a los porteadores. Su compañero empezó a indicar qué ánforas debían acercarse primero a la puerta.
Ninguno le pidió que se quedara.
Sophia entró en la dependencia interior.
Las primeras filas de recipientes recibían la luz del patio. Más adentro, las ánforas permanecían en penumbra, sujetas entre soportes de madera y cuerdas. El olor del aceite se mezclaba con el del barro cocido y el polvo que los trabajadores habían levantado al preparar la retirada.
Aquella partida llevaba varios días ocupando un espacio que su familia había reservado para un cliente antiguo.
Sophia conocía al propietario desde hacía años. Había participado en algunas de sus primeras negociaciones cuando todavía acompañaba a Herakleon y recordaba las dificultades que surgieron cuando otro depositario confundió sus mercancías con las de una casa vecina.
Desde entonces, el hombre exigía que sus recipientes permanecieran separados y que ningún representante modificara las condiciones de custodia sin comunicarle las razones.
Sophia había aceptado personalmente aquellas obligaciones.
Recorrió la primera fila y comprobó las marcas principales. Los trabajadores habían dispuesto los recipientes de manera que pudieran retirarse sin desplazar mercancías ajenas.
Allí su presencia tenía sentido.
Podía responder por las condiciones que había negociado y explicar cualquier modificación al representante del propietario sin obligarlo a reconstruir una relación comercial de varios años.
Lo que había cambiado era el resto de su jornada.
Menandros dirigía el tercer edificio, incluidos los espacios de las reservas antiguas.
Los encargados conocían los movimientos ordinarios y podían resolverlos dentro de las instrucciones recibidas.
Las casas que compartían los accesos habían comenzado a organizar por separado los recorridos que no afectaban a sus vecinos.
Sophia ya no necesitaba acudir a todos aquellos lugares antes de que alguien pudiera tomar una decisión.
Escuchó pasos en el corredor.
Volvió la cabeza por costumbre, preparada para recibir otra consulta. Era un trabajador que llevaba una cuerda nueva. El hombre pasó junto a ella y continuó hacia el patio.
Sophia sonrió apenas.
Desde que había entregado las llaves a Menandros, se había sorprendido varias veces esperando una pregunta que no llegaba.
El puerto continuaba lleno de dificultades. Había mercancías pendientes, transportistas que reclamaban cambios y accesos cuya disponibilidad nadie podía garantizar.
Sin embargo, por primera vez en varios días, los trabajos avanzaban sin que todas las decisiones terminaran sobre una misma mesa.
El representante del depositante apareció poco después.
Era un hombre próximo a la edad de Herakleon, acostumbrado a examinar cada marca antes de aceptar una retirada. Saludó a Sophia con la familiaridad propia de sus muchos encuentros profesionales y comenzó por revisar las cantidades.
—Me habían hablado de una modificación en el transporte —dijo.
—Tendremos que utilizar dos carros. El primero puede salir esta mañana; el segundo llegará cuando termine otro recorrido.
El hombre frunció el ceño.
—Habíamos acordado retirar toda la partida antes del mediodía.
—Lo sé. No puedo garantizarte que el segundo carro esté aquí a esa hora.
Sophia le mostró la relación.
—Las mercancías permanecerán bajo nuestra custodia hasta que llegue. No cambiaremos las condiciones ni las mezclaremos con otra partida. Si el transportista vuelve a retrasarse, conservaremos el espacio necesario.
El representante examinó las anotaciones.
—¿Y quién responderá si el segundo carro no viene?
—Nuestra casa. La retirada no se considerará completa hasta que hayas comprobado todos los recipientes.
El hombre recorrió las filas con la mirada.
Sophia lo dejó examinar las marcas. Conocía su manera de negociar: una explicación demasiado extensa no lo tranquilizaba. Prefería comprobar que la mercancía estaba donde debía y que cualquier condición nueva quedaba escrita.
Finalmente asintió.
—Aceptaríamos los dos movimientos si la segunda partida permanece aquí hasta que llegue nuestro carro.
—Así será.
Sophia llamó al escribiente.
Dictó la modificación, hizo preparar una copia y entregó la relación al representante para que comprobara las condiciones.
La discusión había ocupado menos tiempo del previsto.
No porque el depositante hubiera renunciado a sus exigencias, sino porque podían ofrecerle algo concreto.
Habían cambiado la forma de cumplir la retirada sin comprometer lo esencial.
Sophia permaneció hasta que empezaron a cargar las primeras ánforas. Después dejó a los encargados trabajando y salió hacia los espacios compartidos.
En las calles próximas al puerto el movimiento seguía siendo intenso, pero ya no encontraba tantos carros detenidos ante una sola entrada.
Algunos transportistas utilizaban los recorridos interiores. Otros habían enviado sus mercancías a depósitos donde los propietarios aceptaban una custodia breve, con las fechas de retirada sujetas a condiciones conocidas.
Junto a una esquina, un porteador dejó pasar a varios hombres que trasladaban maderas para las reparaciones. Cuando el camino quedó libre, recogió su carga y continuó sin que nadie tuviera que reorganizar todo el tránsito.
Sophia observó a dos conductores consultar sus tablillas antes de tomar calles diferentes.
Uno llevaba ánforas hacia una casa del norte. El otro regresaba vacío después de completar una retirada.
Durante los días anteriores, ambos habrían podido terminar esperando junto al mismo acceso.
Ahora conocían sus recorridos antes de llegar a él.
La mejora no permitía afirmar que todo funcionara bien. Todavía había esperas y algunos hombres discutían sobre quién debía asumir los gastos de los cambios. Pero las mercancías habían empezado a circular sin depender de una única distribución.
Sophia llegó al patio donde Titus reunía a los representantes de las casas más afectadas.
Había menos personas que el día anterior.
Leontios examinaba una relación junto a Titus. Philostratos hablaba con un encargado cerca de la entrada, señalando una zona que debía mantenerse libre mientras continuaran las reparaciones.
Sophia se acercó a la mesa.
—¿Se mantienen las condiciones de ayer?
Titus levantó la cabeza.
—Las de los espacios que no necesitan el paso restringido, sí. Los demás movimientos siguen sujetos a los avisos de Philostratos.
—¿Han podido despejar alguna parte?
Philostratos se volvió hacia ellos.
—Han avanzado, pero todavía queda trabajo. No puedo recomendar que enviéis carros por ese recorrido. Los apoyos no están terminados y los trabajadores necesitan utilizar la zona para los materiales.
Leontios señaló una anotación.
—Por eso quiero que se respete la retirada que acordamos para mañana.
Titus volvió hacia Sophia la tablilla.
—Su casa ha recibido varias cargas que estaban esperando depósito. Ahora necesita liberar espacio antes de aceptar otras.
Sophia recordó las condiciones.
Leontios había ofrecido una parte de su patio durante un plazo breve a cambio de que las casas participantes reconocieran cierta preferencia para sus retiradas posteriores.
No había conseguido disponer del acceso a su antojo. Las reparaciones seguían teniendo prioridad, y los compromisos anteriores de otras casas no podían desplazarse para beneficiarlo.
Pero había obtenido una condición favorable dentro de esos límites.
—Nuestra casa no tiene ninguna entrada prevista por ese recorrido durante la primera parte de mañana —dijo Sophia—. Si los trabajadores permiten utilizarlo, podremos respetar el turno que has acordado.
—¿Y si no lo permiten? —preguntó Leontios.
—Habrá que revisar las fechas. No podemos prometerte que el paso estará abierto.
Leontios dejó escapar un suspiro.
—Eso me obligará a conservar las mercancías otro día.
—Como a todos los que dependemos de ese acceso —respondió Sophia.
Titus señaló el acuerdo.
—La condición está escrita. Tus retiradas tendrán preferencia sobre nuevas entradas voluntarias de las casas que la han aceptado. No sobre las reparaciones ni sobre los compromisos anteriores.
Leontios volvió a leerla.
—Está bien. Hablaré con mis encargados para ver si alguna carga puede salir por el recorrido del norte.
—Avísanos si el cambio afecta a otra casa —dijo Titus.
Leontios recogió sus tablillas y se marchó.
Sophia reparó en aquella última indicación.
Semanas atrás, Titus habría pedido que cualquier modificación pasara por una relación general. Su propósito había sido evitar contradicciones, y durante un tiempo aquel sistema les permitió trabajar sin grandes dificultades.