Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 25. La responsabilidad de Menandros #4
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Capítulo 25. La responsabilidad de Menandros #4

Sophia sabía que podría ayudarle. Conocía mejor aquellos documentos y sería capaz de clasificarlos con rapidez.

Quizá su hermano necesitara consultarle alguna fecha o una particularidad de los acuerdos antiguos. Podría responder cuando se lo pidiera.

Pero la organización del edificio ya no dependía de que ella estuviera presente para dirigir cada tarea.

Un trabajador apareció en el umbral.

—Menandros, han traído los soportes que faltaban. ¿Los colocamos antes de recibir la siguiente partida?

Su hermano se volvió.

—Sí. Comprobad también que la mercancía antigua puede retirarse sin mover los fardos. Si necesitáis cambiar alguno, hacedlo ahora, antes de que terminen las descargas.

El hombre regresó al interior.

Sophia miró las llaves sujetas al cinturón de Menandros.

Estaban las tres.

Podría pedirle una y abrir la dependencia para comprobar el resultado. También podía acompañar al encargado y revisar cómo habían colocado los nuevos soportes.

Conocía perfectamente el trabajo.

Pero tenía una retirada pendiente en el primer edificio.

—Voy a ocuparme de las mercancías que deben salir antes de la noche —dijo.

Menandros asintió.

—Aquí terminaremos las entradas que hemos aceptado.

Sophia recogió sus tablillas.

—Si alguno de los carros se retrasa, quizá tengas que modificar el orden.

—Lo sé.

—Y si el representante del depositante antiguo llega antes de que…

Se interrumpió.

Menandros esperó.

Sophia había empezado una nueva instrucción por costumbre. No había descubierto ninguna dificultad que su hermano desconociera ni una condición que no hubieran examinado.

—Ya sabes qué hacer —terminó.

Menandros tomó la relación del cliente antiguo.

—Y si encuentro algo que no está previsto, tendré que buscar una solución que podamos cumplir.

Sophia lo miró.

Había empleado muchos años en enseñarle a distinguir entre una oportunidad conveniente y una promesa que podía resultar imposible de sostener. Ahora su hermano utilizaba aquel criterio por su cuenta y, cuando se equivocaba, sabía reconocerlo.

—Eso espero —respondió.

Se despidió y salió al patio.

Un carro aguardaba junto al muro mientras los trabajadores terminaban de despejar el paso.

El conductor hablaba con un encargado. Más cerca de la entrada, dos porteadores se repartían una carga cuya recepción Menandros acababa de autorizar.

Sophia se detuvo bajo la galería.

Conocía bien aquel edificio. Había pasado muchas jornadas entre sus depósitos, comprobando marcas, organizando retiradas y resolviendo desacuerdos con comerciantes que pretendían obtener más espacio del contratado.

La dependencia interior conservaba una reparación realizada años atrás, cuando unas lluvias intensas habían dejado entrar humedad por una de las paredes.

Sophia recordó la discusión con el hombre encargado de los trabajos y el tiempo que necesitaron para encontrar madera adecuada para los nuevos soportes.

Había asuntos que nadie conocía allí mejor que ella.

Y, sin embargo, Menandros acababa de dirigir la recepción de una carga sin su ayuda.

La equivocación en el cálculo del espacio le había costado dinero a la casa. Tal vez surgiría otra dificultad antes de que terminara la jornada. No tenía motivos para suponer que todo saldría bien únicamente porque hubiera entregado las llaves.

Un encargado apareció junto a la puerta interior con una tablilla en la mano.

Sophia reconoció la relación de los fardos y estuvo a punto de acercarse.

El hombre se dirigió a Menandros.

Su hermano examinó la anotación, señaló una cantidad y entró con él en el depósito.

Sophia permaneció donde estaba.

No oyó toda la conversación. Tampoco necesitaba escucharla.

Ajustó el manto sobre el hombro y continuó hacia la calle.

Había alcanzado la esquina cuando volvió la cabeza.

Desde allí se veía una parte de la fachada y el movimiento de los trabajadores junto al patio. Menandros no había salido todavía de la dependencia interior.

Sophia pensó en regresar para comprobar si habían colocado los soportes de la manera prevista.

Después recordó que el encargado del primer edificio esperaba una respuesta suya para terminar la retirada antes del anochecer.

Reanudó la marcha.

Uno de los muchachos de la casa la llamó desde el extremo de la calle. Venía precisamente de aquel edificio y llevaba una tablilla con las últimas condiciones aceptadas por el depositante.

Sophia lo dejó acercarse.

—¿Han terminado de separar las partidas?

—Sí. El propietario ha aceptado que movamos temporalmente los recipientes, pero su representante quiere confirmar cuáles permanecerán bajo nuestra custodia.

Aquella era una cuestión que Sophia conocía personalmente y que todavía le correspondía resolver.

—Enséñame la relación.

El muchacho se la entregó.

Sophia examinó las marcas mientras caminaban. Le hizo dos preguntas sobre la disposición de las mercancías y comprobó que el acuerdo podía cumplirse sin afectar a las reservas siguientes.

Continuaron hacia el primer edificio.

A su espalda quedaban Menandros, las llaves y una jornada de trabajo que todavía podía traer dificultades.

Sophia no regresó al tercero para supervisarlo.