Capítulo 25. La responsabilidad de Menandros #3
—Necesitaríamos la autorización del propietario y un recorrido disponible. Hoy no podemos garantizar ninguna de las dos cosas.
El representante cerró su tablilla.
—Entonces hablaré con Leontios.
—Quizá pueda recibir una parte —respondió Sophia—. Tendrá que comprobar sus reservas.
Cuando el hombre se alejó, Titus se volvió hacia ella.
—Habéis rechazado una cantidad considerable.
—Lo sé.
—¿No queda otra zona disponible?
—Una pequeña. Menandros la necesita para una carga que podemos recibir sin modificar las condiciones antiguas.
Titus asintió y continuó escribiendo.
Sophia agradeció que no insistiera.
Había respondido en nombre de su casa, dentro de las atribuciones que le correspondían. Titus había escuchado sus razones y vuelto a trabajar con las posibilidades que quedaban.
Poco después llegó un mensajero de Menandros.
Traía una relación actualizada del tercer edificio.
Su hermano confirmaba la entrada de los fardos más pequeños, pero había descubierto una dificultad al preparar el espacio.
Algunas piezas necesitaban una separación mayor de la que había calculado inicialmente.
Los trabajadores habían tenido que sustituir varios soportes y reducir la zona disponible para otra carga.
Sophia leyó la anotación.
Menandros se había equivocado.
No había provocado un incumplimiento, porque descubrió el problema antes de comprometer nuevas mercancías. Sin embargo, tendría que comunicar a otro representante que el espacio previsto ya no estaría disponible.
—¿Ha calculado cuánto costará corregirlo? —preguntó al mensajero.
—Sí. Lo ha escrito en la segunda tablilla.
Sophia examinó la cuenta.
Incluía el gasto de los nuevos soportes y una estimación del traslado adicional que quizá necesitarían.
—¿Ha avisado a la otra casa?
—Ha enviado a uno de sus hombres. Cree que podrán guardar las mercancías en otro lugar, pero todavía espera respuesta.
Sophia sostuvo la tablilla entre las manos.
Había temido durante años errores como aquel. Podía imaginar los gastos y las reclamaciones antes incluso de examinar las cifras.
La primera reacción fue dirigirse inmediatamente al tercer edificio.
Pero Menandros había descubierto la equivocación, preparado las correcciones y enviado el aviso necesario.
El problema no estaba abandonado.
—Dile que he recibido la relación —respondió—. Que continúe con las condiciones acordadas y deje constancia del gasto.
El mensajero asintió.
Sophia no añadió ninguna instrucción sobre cómo debía colocar los fardos.
Cuando el muchacho se marchó, volvió a examinar sus propios documentos.
Tenía pendiente una retirada del primer edificio y necesitaba hablar con el representante de un depositante antiguo antes de que terminara la jornada.
No podía resolver aquellas obligaciones mientras continuara siguiendo cada paso de Menandros.
Regresó al tercer edificio cuando su hermano terminó de recibir los primeros fardos.
Los trabajadores colocaban el resto sobre soportes de madera. Habían dejado libre el corredor que necesitaban para retirar las mercancías antiguas y separado las partidas mediante sus marcas correspondientes.
El representante de la carga menor esperaba junto a la mesa con una copia del acuerdo.
Menandros terminó de hablar con él antes de acercarse a Sophia.
—He tenido que reducir el espacio disponible —dijo.
—He visto tu mensaje.
—Calculé la superficie sin tener en cuenta cuánto debían separarse los fardos más anchos.
Sophia miró hacia el interior.
Quedaba menos sitio del previsto inicialmente, pero las mercancías comprometidas estaban correctamente colocadas y podían retirarse sin mover las demás.
—¿Qué ocurrirá con la carga que esperabas recibir después?
—He hablado con su representante. No le había prometido la entrada, así que todavía podemos ofrecerle otra solución. Leontios tiene un espacio pequeño que podría utilizarse durante dos días. Estoy esperando que me lo confirme.
—¿Aumentará el gasto?
—Algo, por el transporte. Si no le conviene, tendrá que buscar otra casa.
Sophia habría preferido una operación más limpia. La equivocación reduciría el beneficio y obligaría a dedicar tiempo a una gestión que podría haberse evitado.
Pero Menandros no había ocultado el error ni intentado conservar una capacidad que ya sabía inexistente.
—Deberías haber comprobado las dimensiones antes de aceptar la carga —observó.
—Sí.
—No basta con calcular cuánto suelo queda libre.
—Ya he pedido que anoten las medidas antes de preparar nuevas reservas de ese tipo.
Le mostró una tablilla.
La relación corregida incluía el espacio realmente disponible, los soportes adicionales y el gasto que debían incorporar a las cuentas.
Sophia la leyó con atención.
No encontró ninguna cantidad pendiente de justificar.
—Está bien —respondió.
Menandros guardó la tablilla.
—¿Has hablado con padre?
Sophia asintió.
—Está conforme con que te encargues de todo el edificio.
Su hermano levantó la cabeza.
Ella desató el juego de llaves que llevaba sujeto a la cintura.
Separó las dos que todavía conservaba y las depositó sobre la mesa.
—La mayor abre la dependencia interior. La otra, el armario de las marcas y las relaciones antiguas.
Menandros las observó.
No las recogió de inmediato.
—¿Quieres que siga enviándote las modificaciones al terminar cada jornada?
—Las que afecten a las cuentas generales de la casa, sí. Las entradas y retiradas ordinarias las registrarás aquí. No necesitas mi aprobación previa.
Sophia tomó la tablilla del depositante antiguo.
—Esta reserva debe permanecer separada, y su propietario tiene que recibir aviso si cambias alguna condición que le afecte. Puedes hablar con su representante directamente. Si pretende un compromiso nuevo que exceda tu autoridad, tendrás que consultarlo con padre.
—Lo entiendo.
—Y hay algo más que conviene que sepas de ese cliente.
Menandros apoyó los brazos sobre la mesa.
Sophia le explicó las costumbres del hombre, su tendencia a recordar favores antiguos cuando quería obtener una condición nueva y las modificaciones que acostumbraba a aceptar sin discusión.
—Escúchalo —concluyó—. Pero no comprometas los derechos de otro depositante para conservar su buena opinión.
—¿Y si pide hablar contigo?
Sophia pensó un instante.
Había tratado con aquel hombre durante tantos años que podía imaginar su reacción al descubrir que Menandros dirigiría desde entonces las reservas del edificio.
Tal vez intentara acudir a ella en cuanto encontrara una respuesta que no le gustase.
—Dile que eres tú quien se ocupa de este espacio. Si tiene una reclamación, tendrás que examinarla y darle una respuesta. No necesita que yo esté presente para que sea válida.
Menandros tomó las llaves.
Las distinguió por su forma antes de unirlas a la que ya llevaba sujeta al cinturón.
—Quiero cambiar una cosa —dijo.
Sophia sintió el impulso inmediato de preguntarle por qué.
Se obligó a escucharlo.
—Dime.
—Las relaciones antiguas están guardadas según el año en que empezamos a trabajar con cada casa. Quiero reunirlas por depositante. Perdemos demasiado tiempo buscando anotaciones anteriores.
Sophia conocía aquel armario.
Durante años había conservado los documentos de un modo que le permitía encontrar casi cualquier condición sin consultar una relación adicional. Recordaba las fechas y sabía qué tablilla debía buscar cuando un cliente mencionaba un acuerdo antiguo.
Los encargados más jóvenes no disponían de aquella memoria.
A menudo necesitaban preguntarle dónde estaba un documento.
—Tendrás que conservar una relación del orden anterior mientras haces el cambio —respondió—. Y mantener separados los originales que todavía utilizamos.
—Lo había previsto.
Menandros le mostró una nota preparada.
Sophia reconoció en ella la relación provisional de los documentos que pensaba trasladar.
—Entonces hazlo.
—¿No quieres revisar primero las tablillas?
La pregunta la hizo sonreír.
—Ya me has explicado cómo piensas hacerlo.
Menandros dejó la nota junto al armario.