Capítulo 25. La responsabilidad de Menandros #2
Su hermano levantó la cabeza.
—¿Ha respondido padre?
—He hablado con él. Está conforme con que te encargues de todo este espacio.
Menandros permaneció callado.
Sophia señaló la puerta de la dependencia interior.
—También de las reservas antiguas. Quiero que puedas organizar las entradas y retiradas ordinarias sin esperar a que venga desde otro edificio para autorizarlas.
—¿Aunque necesite cambiar la disposición de las mercancías?
—Si las condiciones de custodia se mantienen y no perjudicas una retirada comprometida, sí.
Menandros apoyó las manos sobre la mesa.
—El depositante antiguo suele pedirte que hables tú con su representante.
—Hasta ahora lo ha hecho porque yo llevaba sus cuentas. Tendrá que acostumbrarse a tratar contigo.
—Puede que no le guste.
—Tampoco a mí me gustarán todas tus decisiones.
Su hermano alzó ligeramente las cejas.
Sophia continuó:
—No significa que puedas prometer cualquier cosa. Los acuerdos que afecten a otras dependencias o que supongan obligaciones nuevas fuera de tus atribuciones deberán consultarse con padre. Pero las decisiones ordinarias de este edificio serán tuyas.
Menandros miró hacia la sala donde los trabajadores terminaban de colocar las ánforas.
—¿También responderé si un encargado comete un error?
—Tendrás que corregirlo.
—¿Sin mandarte llamar?
Sophia recordó la cantidad de veces que aquel día había acudido a resolver cuestiones que otras personas podían haber atendido.
—Sin mandarme llamar, salvo que el problema afecte a un compromiso que no tengas autoridad para modificar.
Menandros la observó.
—Eso es más trabajo del que tenía previsto cuando empecé a llevar esta sala.
—No tienes que aceptarlo si no quieres.
Él soltó una risa breve.
—Llevo semanas pidiéndotelo.
La respuesta hizo sonreír a Sophia.
Un golpe seco procedente del interior interrumpió la conversación. Un trabajador apareció junto a la puerta para pedir una cuerda más larga.
Menandros señaló el patio.
—Utiliza las que dejamos junto al muro. Si no alcanzan, espera a que traigan otras antes de apilar los cestos.
El hombre se marchó.
Sophia siguió con la vista su recorrido.
Había asuntos que Menandros resolvía sin consultar porque nadie había discutido nunca su autoridad sobre ellos. Otros, muy semejantes, continuaban pendientes de una autorización que ella se había reservado.
Tenían que acabar con aquella diferencia.
—Antes de marcharme te entregaré las otras dos llaves —dijo.
Su hermano asintió.
—Quiero terminar primero las condiciones de esta carga. Después tendremos que explicar a los encargados qué reservas pasan a depender de mí.
—De acuerdo.
Sophia recogió sus documentos.
Había hablado ya con Herakleon y con Menandros. Quedaba pendiente la entrega material de las llaves, pero la decisión estaba tomada.
Mientras su hermano terminaba el acuerdo, ella se ocuparía de las negociaciones entre las otras casas.
Titus había trasladado parte de las conversaciones a un patio donde los transportistas podían acudir por turnos sin bloquear los accesos de los depósitos.
Sophia encontró a Leontios discutiendo con un representante de una casa situada más al norte. Ambos sostenían relaciones de carga y comparaban cantidades mientras Titus escuchaba.
Sobre un banco habían dispuesto varias tablillas en grupos separados.
La organización había cambiado respecto a las primeras reuniones.
Los movimientos que podían realizarse sin atravesar el paso restringido figuraban juntos. Las partidas que dependían de las reparaciones estaban anotadas aparte, y cada casa debía indicar qué espacio podía ofrecer y durante cuánto tiempo.
Sophia se acercó.
—¿Habéis encontrado una distribución que funcione?
Leontios levantó la vista.
—Una que podría servirnos durante dos días.
—Siempre que no prometamos que esos dos días bastarán para terminar las reparaciones —añadió Titus.
Philostratos se encontraba junto a ellos, con las últimas indicaciones recibidas de los responsables de los trabajos.
—Eso no puedo garantizarlo —respondió—. Pero sí puedo deciros qué recorridos necesitan mantener libres los trabajadores y cuáles pueden utilizarse por ahora.
Leontios señaló una de las tablillas.
—Cuando salgan mis cargas de esta tarde, podré recibir parte de las mercancías que esperan depósito. Pero necesitaré recuperar el espacio para las retiradas que ya tengo comprometidas.
—¿Qué ocurrirá si el acceso continúa limitado? —preguntó Sophia.
—Tendremos que buscar otra forma de sacar las mercancías.
—Eso no puedes ofrecerlo como una garantía —observó Titus.
Leontios se volvió hacia él.
—No estoy pidiendo que detengáis las reparaciones para dejar pasar mis carros.
—Entonces podemos dejar escrito que tus retiradas tendrán preferencia sobre las nuevas entradas voluntarias de las casas que utilicen ese espacio. No sobre los trabajos ni sobre los compromisos anteriores de otros propietarios.
Philostratos examinó la propuesta.
—Mientras quede claro que no autoriza a utilizar un recorrido restringido, no veo dificultad en comunicarla.
Leontios recorrió las cantidades con el dedo.
—Quiero que conste también que las mercancías nuevas deberán salir cuando venza el plazo que hemos acordado.
—Si sus propietarios aceptan esa condición —respondió Titus—. De lo contrario tendrás que ofrecerles otra custodia.
El representante de la casa del norte intervino.
—Nosotros podríamos recibir algunas partidas al terminar la jornada. Tendremos espacio cuando salgan los carros que están esperando ahora.
—¿Cuántas? —preguntó Sophia.
El hombre indicó las cantidades.
No bastarían para resolver todas las solicitudes, pero podían aliviar la presión sobre el acceso más congestionado.
—Puedo retrasar una de mis entradas hasta esa hora —añadió—. No había prometido recibirla por la mañana.
Titus tomó una tablilla.
—Que quede escrito y que el transportista reciba aviso antes de salir. No servirá de nada cambiar la fecha si llega cuando todavía tenéis el patio ocupado.
El representante asintió.
Sophia contempló las relaciones.
El sistema que Titus había preparado durante las primeras semanas había evitado conflictos mientras las entradas conservaban un ritmo relativamente estable. La llegada de varias embarcaciones había mostrado sus límites.
Ahora cada casa conocía las condiciones de sus acuerdos y podía organizar una parte de los movimientos sin esperar una respuesta conjunta para todas las mercancías.
No era una solución perfecta.
Leontios seguía defendiendo los beneficios de sus espacios.
La casa del norte aceptaba una modificación porque podía recibir determinadas cargas sin perjudicar las que ya tenía comprometidas.
Philostratos transmitía las restricciones de los trabajos, pero no pretendía dirigir los negocios particulares.
Cada uno conservaba sus propios intereses.
Sophia encontraba más convincente aquella distribución que una promesa general de colaboración.
—Nuestra casa puede liberar una parte del segundo edificio —dijo—. Pero no utilizaremos ese espacio para desplazar las reservas antiguas.
Titus levantó la vista.
—¿Cuánto podéis ofrecer?
—Depende de una retirada prevista para esta tarde. Si se completa, tendremos sitio para una partida pequeña. En el tercero, Menandros está preparando otra entrada que no necesita cruzar el paso restringido.
Leontios examinó sus anotaciones.
—Eso dejaría disponibles algunos carros.
—Si aceptan el recorrido —respondió Sophia.
—Voy a hablar con ellos.
Titus escribió las condiciones que debían comunicarse a las casas afectadas.
Sophia permaneció junto a la mesa para comprobar las fechas de las reservas familiares.
En un momento determinado, Titus se inclinó hacia ella para mostrarle una cantidad anotada en la columna equivocada.
Sus hombros quedaron próximos.
Sophia reconoció el olor tenue del aceite utilizado para mantener en buen estado las tablillas y recordó otras ocasiones en que habían trabajado de aquella manera, inclinados sobre los mismos documentos, compartiendo observaciones que después prolongaban durante un paseo.
Titus corrigió la cantidad.
—¿Estás conforme con esta distribución?
Sophia examinó las fechas.
—Sí. Podemos cumplirla.
—Entonces la incluiré.
Volvió a escribir.
La pregunta había sido exclusivamente profesional. Titus no intentó aprovechar aquella cercanía para hablar de su relación, y Sophia agradeció que respetara la distancia acordada.
Aun así, al verlo continuar con las tablillas, sintió cuánto echaba de menos la confianza con que antes prolongaban sus conversaciones después del trabajo.
Habían recuperado una manera eficaz de colaborar.
Lo demás seguía pendiente.
La propuesta más rentable llegó cuando estaban terminando las nuevas relaciones.
Un representante buscaba depósito para una partida considerable de ánforas procedentes de una embarcación retrasada. Ofrecía una tarifa superior a la habitual y estaba dispuesto a asumir parte de los gastos de traslado si conseguían recibir la mercancía antes de la noche.
Leontios mostró interés, aunque necesitaba comprobar primero cuánto espacio tendría disponible.
El hombre se volvió hacia Sophia.
—He oído que vuestra casa dispone de una dependencia interior.
—Está comprometida.
—Solo necesitaría utilizarla durante tres días.
Sophia conocía el espacio al que se refería.
Para admitir aquellas ánforas tendrían que mover parte de las mercancías del depositante antiguo y reducir el margen previsto para su retirada.
En otras circunstancias podrían haber negociado una reorganización, pero los accesos continuaban limitados y ningún transportista podía asegurar las fechas.
—No podemos ofrecértela —respondió.
El hombre mejoró el precio.
Sophia hizo una cuenta rápida.
La ganancia permitiría compensar buena parte de los gastos extraordinarios de aquellos días. Herakleon no habría despreciado una oportunidad semejante si pudieran cumplir las condiciones.
—No es una cuestión de precio —explicó—. Tenemos un compromiso anterior y no podemos desplazarlo para recibir esta carga.
—Podríais trasladar los recipientes a otro edificio.