Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 25. La responsabilidad de Menandros
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Capítulo 25. La responsabilidad de Menandros

Los dos mensajeros continuaban esperando cuando Sophia volvió a examinar las tablillas.

El primero necesitaba autorización para desplazar temporalmente varias mercancías y permitir la retirada de una carga comprometida.

El segundo había llegado del tercer edificio con una petición de Menandros: disponer de la dependencia interior para recibir unas partidas adicionales antes de que sus propietarios buscaran otro depósito.

Las dos cuestiones requerían una respuesta antes del anochecer.

Sophia conocía los acuerdos, las condiciones de custodia y las dificultades que podían surgir si una mercancía terminaba ocupando el espacio reservado para otra. Podía resolver cualquiera de aquellas consultas.

Lo imposible era acudir personalmente a los dos edificios.

El mensajero del primero cambió el peso de un pie al otro. Debía de llevar bastante tiempo esperando: tenía polvo adherido al borde de las sandalias y una marca oscura en la muñeca, allí donde había sujetado la tablilla durante el camino.

—¿Habéis separado los recipientes que deben salir? —le preguntó Sophia.

—Sí. El encargado dice que las marcas coinciden. Solo falta saber si podemos colocar la otra partida junto al muro mientras terminan la retirada.

Sophia conocía aquel espacio. Había recorrido sus dependencias tantas veces que podía recordar dónde se encontraban los soportes y cuánto sitio quedaba entre ellos cuando el edificio estaba lleno.

—Que mantengan despejado el corredor de salida. No deben mover los recipientes del depositante antiguo hasta que hayan comprobado la relación correspondiente.

El muchacho asintió.

Sophia estuvo a punto de añadir que acudiría de inmediato. En cambio, miró al otro mensajero.

—Dile a Menandros que no acepte nuevas cargas hasta que hable con él.

El muchacho se dispuso a marcharse.

—Espera.

Sophia volvió a mirar la tablilla.

Acababa de repetir lo que llevaba haciendo toda la jornada: obligar a los demás a detenerse hasta que ella pudiera acudir personalmente.

Menandros tenía una relación preparada, conocía las reservas y disponía de trabajadores que aguardaban instrucciones. Lo único que le faltaba era la autorización para utilizar una dependencia cuyo control Sophia todavía conservaba.

—Dile que mantenga las condiciones de los compromisos antiguos —rectificó—. Que examine las entradas propuestas y se ocupe de las que ya tiene autorizadas. Voy a hablar con él para resolver lo demás.

El mensajero inclinó la cabeza.

Herakleon, que había escuchado sin intervenir, apartó la tablilla que estaba revisando.

—¿Hay alguna dificultad que tu hermano no pueda resolver?

Sophia sostuvo su mirada.

—No lo creo.

—Entonces, ¿qué falta?

La pregunta no llevaba reproche. Herakleon parecía interesado únicamente en saber por qué el tercer edificio continuaba necesitando autorizaciones que retrasaban su funcionamiento.

Sophia apoyó ambas relaciones sobre la mesa.

—Menandros dirige las entradas, pero todavía debe buscarme cuando necesita abrir la dependencia interior o consultar las marcas de las reservas antiguas.

—Tú conoces mejor a esos depositantes.

—Los conozco desde hace más tiempo. No significa que él no pueda tratar con ellos.

Herakleon se quedó pensativo.

Desde el atrio llegaban voces de hombres que aguardaban instrucciones. Uno pidió agua; otro preguntó si podía dejar una cesta junto a la entrada.

Sophia llevaba toda la tarde escuchando aquellas consultas.

—Quiero que Menandros se encargue de todo el tercer edificio —continuó—. De las entradas, las retiradas y los cambios ordinarios en la disposición de las mercancías. También de los acuerdos con el depositante antiguo, siempre que respete las condiciones que tenemos comprometidas.

—¿Y las obligaciones que afecten al resto de nuestra casa?

—Seguirá consultándotelas, como hacemos nosotros cuando una decisión excede nuestras atribuciones.

Herakleon asintió.

—Me parece razonable. Pero conviene que le expliques con claridad qué puede prometer y qué debe consultar.

—Lo haré.

—Entonces ve a hablar con él. Hay hombres esperando una respuesta y no ganaremos nada retrasándola.

Sophia recogió las tablillas.

La facilidad con que su padre había aceptado la propuesta le produjo una incomodidad que no quiso examinar delante de los mensajeros.

Durante años había pensado que conservar tantas decisiones era una forma de proteger la casa. Herakleon nunca le había exigido que vigilara personalmente cada entrada, aunque tampoco había cuestionado su manera de trabajar mientras los acuerdos se cumplían.

Ahora, cuando ella proponía una distribución distinta, su padre no encontraba motivos para impedirla.

Sophia llamó al mensajero del primer edificio.

—Volveré en cuanto termine una gestión en el tercero. Mientras tanto, que el encargado prepare las dos relaciones por separado. No debe comprometer espacio adicional.

—Se lo diré.

El muchacho salió.

Sophia tomó el juego de llaves que llevaba sujeto a la cintura.

De las tres relacionadas con el tercer edificio, Menandros poseía una. Las otras dos seguían en su poder.

Una abría el armario donde guardaban las marcas y las tablillas correspondientes a determinadas reservas. La segunda pertenecía a una dependencia destinada a mercancías sujetas a compromisos antiguos.

Las distinguía por el tacto incluso cuando no podía verlas.

Las sostuvo un instante en la palma de la mano antes de guardarlas.

Después salió hacia el puerto.

Menandros había dispuesto una mesa junto a la entrada del tercer edificio, apartada del recorrido de los carros.

Dos trabajadores comprobaban las marcas de unas ánforas. Otros llevaban cestos hacia la sala que su hermano administraba desde hacía semanas.

Cuando Sophia llegó, Menandros discutía con un representante que había solicitado espacio para una carga importante.

—Puedo pagarte el doble por la custodia —decía el hombre—. Necesito que recibáis toda la partida antes de que termine la jornada.

Menandros tenía una relación extendida sobre la mesa.

—No puedo garantizarte la retirada dentro de dos días.

—Los transportistas me han asegurado que podrán venir.

—Y puede que lo hagan. Pero el acceso continúa limitado y tenemos dos salidas comprometidas antes que la tuya.

El representante señaló el interior del edificio.

—Dispones de espacio.

—Para colocar las mercancías, sí. No para asegurar que podrás sacarlas cuando quieras.

Sophia se detuvo a poca distancia.

La oferta era considerable. Los gastos extraordinarios de los últimos días habían reducido el beneficio de algunas operaciones y una custodia tan bien pagada permitiría compensar parte de aquellas pérdidas.

El hombre la reconoció.

—Tal vez puedas explicárselo tú. Conozco a vuestra familia desde hace años.

Sophia recordaba una única negociación con él. Había sido durante una temporada en que necesitó espacio para unas ánforas que sus proveedores no pudieron recibir.

—Mi hermano te está explicando las condiciones que podemos cumplir —respondió—. No sería prudente prometerte una retirada que depende de un acceso cuya disponibilidad desconocemos.

El representante miró de nuevo la tablilla.

—Podría dejar solamente una parte.

Menandros tomó el instrumento de escritura.

—¿Cuánta?

El hombre indicó una cantidad menor.

—Eso podemos examinarlo —respondió Menandros—, siempre que aceptes conservarla aquí hasta que el recorrido esté disponible. No puedo garantizarte que sea dentro de dos días.

El representante pidió un momento para consultar con sus acompañantes.

Cuando se alejó, Sophia se acercó a la mesa.

—Has rechazado una ganancia importante.

—No sabía cómo cumplir las condiciones.

Menandros le mostró las cuentas.

La diferencia entre la tarifa habitual y lo que había ofrecido el hombre era significativa. Pero aceptar toda la carga habría obligado a utilizar parte del espacio reservado para dos retiradas antiguas.

—Si uno de los transportistas se retrasa —explicó Menandros—, tendremos que mover mercancías que sus propietarios esperan encontrar preparadas para salir. Quizá podríamos hacerlo, pero no quiero comprometer el edificio contando con que todo ocurrirá en el momento previsto.

Sophia examinó las cantidades.

Una de las reservas pertenecía a un depositante con quien llevaba muchos años tratando. El hombre exigía que sus recipientes permanecieran separados y que cualquier modificación importante le fuera comunicada antes de realizarla.

Menandros había respetado ambas condiciones.

—¿Qué propones aceptar? —preguntó ella.

Su hermano señaló una segunda relación.

—Una partida de fardos. Puede colocarse en la dependencia exterior, sin ocupar el recorrido de las retiradas comprometidas. Su representante acepta un plazo abierto, siempre que se le avise cuando pueda organizar la salida.

—¿Y los gastos de traslado?

—Están incluidos en esta cuenta.

Sophia la revisó.

La ganancia sería mucho menor, pero también lo sería el riesgo de incumplir una obligación anterior.

—No nos hará ricos —comentó Menandros.

—Nunca he esperado que este edificio nos hiciera ricos.

—Entonces podríamos conformarnos con que siga dándonos beneficios sin perder a nuestros depositantes.

Sophia sonrió.

Reconocía al muchacho que años atrás discutía cada gasto porque consideraba que una buena oportunidad no debía desaprovecharse. Seguía buscando beneficios, pero ahora examinaba también las condiciones necesarias para obtenerlos.

El representante regresó.

Había consultado con sus hombres y estaba dispuesto a aceptar la custodia de la partida menor.

Menandros comenzó a preparar el acuerdo.

Sophia escuchó mientras precisaban el plazo, el precio y las condiciones de retirada. Cuando el hombre pidió una garantía adicional, su hermano explicó que no podía ofrecerla sin conocer la disponibilidad del acceso.

La negociación terminó con una condición menos favorable de la que el representante había solicitado al principio, pero que ambos podían cumplir.

Los hombres se marcharon para preparar la mercancía.

Sophia esperó a que Menandros terminara de guardar las tablillas.

—Quiero hablar contigo de las responsabilidades del edificio.