Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 24. La racha favorable #4
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Capítulo 24. La racha favorable #4

—La ha señalado. Propone mantener separada esa mercancía y utilizar únicamente el espacio que no afecta a su retirada.

Sophia examinó las anotaciones.

Reconoció la distribución que su hermano había empezado a explicarle por la mañana. Menandros había añadido los movimientos que podía aceptar sin consultar a otras casas y señalado los que dependían de nuevas autorizaciones.

En el margen aparecía una advertencia: no debía prometerse ninguna retirada para la jornada siguiente mientras continuaran las restricciones.

Sophia leyó la relación una segunda vez.

Era prudente.

También había detalles que su hermano todavía no conocía sobre uno de los clientes antiguos. Sophia recordaba las modificaciones que había aceptado sin dificultad y aquellas otras que podían perjudicar una relación comercial construida durante años.

Tenía razones para intervenir en determinados acuerdos.

Pero aquella jornada había comprobado cuánto tiempo perdían cuando todos los movimientos exigían su presencia.

—¿Qué le has respondido? —preguntó.

—Que lo hablaría contigo.

Sophia dejó la tablilla sobre la mesa.

—Podrías haber autorizado una parte.

Herakleon la observó.

—Tú has aceptado la supervisión general de la próxima temporada. Todavía conservas la responsabilidad sobre esas reservas y no voy a entregar a Menandros una autoridad distinta sin que lo hayáis acordado.

Sophia bajó la vista.

Su padre estaba respetando precisamente la distribución que ella había defendido.

—Hoy necesitamos trabajar de otra manera —dijo.

—Entonces tendréis que decidir qué puede resolver cada uno.

Herakleon señaló la relación.

—Menandros conoce el edificio. Lo ha organizado durante semanas. Si hay una condición antigua que necesita consultar, puede hacerlo. Pero debemos saber qué decisiones tiene permiso para tomar sin venir a preguntarte.

Sophia repasó los movimientos de la jornada.

Había pasado del primer edificio al tercero, del tercero al segundo y después a la casa. En algunas ocasiones su intervención había evitado una equivocación real.

En otras, su presencia se había limitado a confirmar lo que los responsables ya habían preparado.

—Hablaré con él —dijo.

—Conviene que sea antes de que termine el día.

Sophia asintió.

Un mensajero entró en el atrio.

Venía del primer edificio y necesitaba una respuesta inmediata. Un transportista había conseguido adelantar una retirada, pero para dejar libre el paso tendría que desplazar temporalmente varios recipientes hacia otra zona del depósito.

Sophia conocía el acuerdo.

Podía autorizar el movimiento después de comprobar que las mercancías quedarían separadas y protegidas.

Se disponía a dictar las condiciones cuando llegó otro muchacho.

Traía una tablilla de Menandros.

Su hermano preguntaba si podía disponer de la segunda dependencia del tercer edificio sin esperar a que Sophia acudiera personalmente. Había preparado una relación con las cargas que podía admitir y las reservas que debían conservarse intactas.

—Necesita respuesta antes de que los hombres lleven esas mercancías a otra casa —explicó el mensajero.

Sophia colocó las dos tablillas sobre la mesa.

La primera afectaba a un acuerdo antiguo cuya modificación conocía bien. La segunda correspondía a un espacio que Menandros llevaba semanas administrando, aunque todavía necesitaba su autorización para utilizar algunas dependencias.

Las dos consultas eran legítimas.

Y las dos exigían una respuesta antes de que terminara la jornada.

Herakleon permaneció callado.

Sophia examinó las cantidades. El primer movimiento parecía sencillo, pero una disposición equivocada podía dificultar la retirada comprometida para la mañana siguiente.

En el tercero, Menandros había preparado una propuesta completa. Sabía qué cargas podía recibir, cuáles debían esperar y qué condiciones no estaba autorizado a modificar.

Sophia buscó en su cinturón el pequeño juego de llaves que todavía conservaba.

Reconoció al tacto la más pesada, correspondiente a la dependencia de las reservas antiguas.

Podía acudir al primer edificio y supervisar el movimiento.

También podía ir al tercero, examinar personalmente la distribución de Menandros y resolver las consultas que su hermano había reunido durante la mañana.

Pero mientras estuviera en uno de aquellos lugares, los hombres del otro seguirían esperando.

Sophia soltó las llaves y volvió a mirar las tablillas.

—¿Cuánto tiempo necesita el primer edificio para terminar la retirada? —preguntó al mensajero.

—Si podemos empezar enseguida, antes de que anochezca.

Se volvió hacia el otro.

—¿Y en el tercero?

—Los carros están preparados. Menandros dice que, si tardamos mucho en responder, buscarán otro depósito.

Sophia dejó ambas relaciones una junto a la otra.

Durante años había procurado conocer cada compromiso de la casa para evitar errores que pudieran perjudicar a quienes confiaban sus mercancías a Herakleon. Aquella costumbre le había permitido resolver dificultades que otros ni siquiera advertían a tiempo.

Pero conocer los acuerdos no le proporcionaba la capacidad de estar en todos los edificios a la vez.

El primer mensajero aguardaba junto a la puerta. El segundo mantenía las manos sobre la tablilla que acababa de entregar.

Sophia volvió a leer la propuesta de Menandros.

No necesitaba enseñarle a reconocer una carga que ya había identificado. Tampoco podía mantenerlo esperando una autorización para cada movimiento mientras los demás depósitos reclamaban su atención.

Tenía que elegir dónde acudir y, antes de salir de aquella estancia, tendría que decidir qué podía dejar en manos de su hermano.