Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 24. La racha favorable #3
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Capítulo 24. La racha favorable #3

Entregarlas significaba permitir que su hermano tomara decisiones que, hasta entonces, habían pasado siempre por ella.

—No quiero que aceptemos una carga y después tengamos que rechazarla —dijo.

—Yo tampoco.

—Ni que un depositante crea que hemos cambiado un acuerdo sin consultarle.

—Entonces tendremos que hablar con él cuando una modificación lo exija.

Menandros apoyó la tablilla sobre la mesa.

—Estoy dispuesto a responder por el edificio. Si una carga no cabe, lo diré. Si debo consultar a un cliente, lo haré. Y si me equivoco, tendré que reparar lo que haya hecho mal.

Sophia lo observó.

Su hermano no parecía pedirle que ignorara los riesgos. Había preparado las relaciones, distinguido las reservas antiguas y calculado qué espacio quedaría libre si se retrasaban las retiradas.

Pedía autoridad para actuar dentro de unos límites que ambos conocían.

—Hay un cliente con el que todavía no has tratado personalmente —recordó ella.

—He leído sus acuerdos y te he escuchado discutir sus condiciones muchas veces. Puedo hablar con él.

—No siempre basta con conocer lo que está escrito.

—Entonces tendré que aprender lo que falta.

Un encargado apareció junto a la mesa.

—Menandros, ha llegado el hombre de las cestas. Pregunta si podemos recibirlas antes de que salga el próximo carro.

Menandros consultó una de las relaciones.

—¿Habéis comprobado las marcas?

—Todavía no.

—Entonces empezad por eso. La entrada está aceptada, pero no quiero que confundamos sus recipientes con los de la otra casa.

El encargado regresó hacia la puerta.

Menandros miró a Sophia.

Ella conocía aquella partida. Había examinado sus condiciones pocos días antes.

—Las marcas están en la relación que preparaste —dijo.

—Lo sé.

Su hermano fue a supervisar la comprobación.

Sophia permaneció junto a la mesa.

Oyó cómo pedía que separaran dos grupos de cestas y ordenaba dejar libre el corredor antes de iniciar la descarga. Cuando regresó, llevaba la relación corregida.

—¿Cuánto espacio queda ahora? —preguntó ella.

Menandros señaló una cantidad.

—El mismo que he calculado aquí. La entrada estaba prevista.

—Pero si las ánforas de esta mañana no salen mañana...

—No he contado con que salgan.

Sophia comprobó la anotación.

Era cierto.

Su hermano había previsto aquella demora sin comprometer el lugar reservado para las otras mercancías.

Dejó la tablilla sobre la mesa.

—Necesito revisar las condiciones del depositante antiguo antes de entregarte las otras llaves.

Menandros asintió.

—Hazlo. Pero necesitamos decidir qué movimientos puedo autorizar sin esperar a que recorras la ciudad para hablar conmigo.

Sophia iba a responder cuando llegó un trabajador de la casa.

—El encargado del segundo edificio te necesita —anunció—. Han llegado las mercancías de una reserva antigua y las marcas no coinciden con la relación que tenemos.

Ella se volvió de inmediato.

—¿Qué diferencia hay?

—No lo sé. Me han pedido que vengas cuanto antes.

Sophia reconoció el nombre del depositante.

Podía ser una equivocación de los encargados o una modificación que el propietario hubiera intentado introducir sin comunicarla. En cualquier caso, el acuerdo llevaba años bajo su supervisión.

—Voy enseguida.

Menandros recogió sus tablillas.

—Aquí puedo continuar con las entradas.

Sophia miró hacia la sala interior.

—Todavía debemos decidir qué hacer con el espacio central.

—Prepararé las condiciones. Podemos examinarlas cuando regreses.

—Quizá para entonces sea tarde.

—Entonces tendré que limitarme a las cargas que puedo aceptar sin modificar ninguna reserva.

Sophia estuvo a punto de añadir una advertencia.

El mensajero seguía esperando.

Recogió sus documentos y se marchó.

La discrepancia del segundo edificio resultó menos grave de lo que había temido.

El depositante había enviado dos grupos de recipientes con marcas distintas. Una partida correspondía a la reserva antigua; la otra contenía mercancías que esperaba añadir si encontraban espacio disponible.

Su encargado había presentado ambas como una sola entrada.

Sophia pidió separar las tablillas.

—Podemos recibir la primera partida —explicó al representante—. La segunda necesita un acuerdo nuevo.

—Son mercancías del mismo propietario.

—Pero no forman parte de la misma reserva.

El hombre señaló el carro.

—Si me obligáis a separar los recipientes, tendré que pagar otra descarga.

—Puedes consultar al transportista cuánto costaría. No puedo comprometer un espacio que ya está reservado.

El representante protestó por los gastos adicionales, aunque terminó reconociendo que el acuerdo antiguo no incluía toda la carga.

Sophia le indicó dos casas a las que podía consultar.

No sabía si disponían de espacio suficiente, pero al menos evitaría que perdiera tiempo preguntando en edificios que estaban ocupados.

El hombre envió a uno de sus ayudantes.

Sophia comprobó que la primera partida podía recibirse sin perjudicar ninguna obligación.

Había resuelto la dificultad en pocos minutos.

El desplazamiento desde el tercer edificio le había llevado bastante más.

Cuando salió, el sol comenzaba a descender hacia los tejados.

Los carros seguían ocupando los accesos y los trabajadores consultaban sus relaciones con una paciencia cada vez menor. Algunos hombres habían conseguido descargar; otros esperaban todavía una respuesta de las casas que habían aceptado sus mercancías.

Sophia miró hacia el camino por el que acababa de llegar.

Podría regresar junto a Menandros.

Necesitaba saber si había encontrado una distribución aceptable para el tercer edificio y si alguno de los clientes antiguos debía recibir aviso.

Pero primero tendría que comunicar a Herakleon lo ocurrido con la carga que acababa de separar.

Y todavía esperaba respuesta del transportista al que había pedido adelantar una retirada.

Por primera vez durante aquella jornada, Sophia se detuvo sin decidir inmediatamente hacia dónde dirigirse.

Encontró a Titus junto a varios representantes que discutían un recorrido alternativo.

Leontios acababa de llegar con noticias de sus encargados. Había espacio disponible en una de sus dependencias, aunque solo podía ofrecerlo por un plazo breve.

—Puedo recibir ciertas mercancías durante dos días —explicó—. Después necesito recuperar el patio para las retiradas que ya están comprometidas.

Titus examinó las cantidades.

—Entonces tendremos que tratarlo como un acuerdo limitado entre las casas que utilicen ese espacio.

—Eso propongo.

—Siempre que no comprometa el acceso compartido.

—Philostratos puede avisarnos de las restricciones. Lo que no puede hacer es decidir qué carga guardamos en cada depósito.

Titus asintió.

—Tienes razón.

Sophia observó las tablillas.

La distribución que Titus había defendido durante las primeras semanas aparecía ahora dividida en acuerdos más pequeños. Algunas condiciones correspondían a dos casas; otras necesitaban que los encargados pudieran resolver una retirada sin consultar a todos los representantes.

Todavía faltaban decisiones importantes.

Sin embargo, Titus había dejado de exigir que cualquier modificación pasara por una única relación general.

—Hablaré con mis hombres —dijo Leontios—. Puedo confirmar qué parte del patio quedará libre al terminar la jornada.

Se marchó con las tablillas.

Titus se volvió hacia Sophia.

—¿Has resuelto la discrepancia del segundo edificio?

—Sí. Habían reunido dos reservas distintas.

—¿Habéis podido recibir ambas?

—Solo la que teníamos comprometida.

—Entonces esa obligación queda cumplida.

Sophia asintió.

Había deseado preguntarle si creía que la situación se prolongaría durante varios días, pero Titus no podía conocerlo. Philostratos seguía transmitiendo límites que cambiaban conforme avanzaban las reparaciones, y las embarcaciones llegaban cuando la navegación lo permitía.

—Menandros está reorganizando el tercer edificio —comentó.

—Lo sé. Ha enviado una propuesta sobre las entradas que pueden mantenerse dentro de ese espacio sin utilizar el acceso restringido.

Sophia lo miró.

—¿Ya la has visto?

—Una parte. Le he pedido que indique cuáles puede organizar con sus encargados y cuáles necesitan consultar a otra casa.

Menandros había continuado trabajando mientras ella atendía la discrepancia del segundo edificio.

—Todavía quedan condiciones antiguas que debemos examinar —dijo Sophia.

—Las ha señalado.

Titus guardó una de las tablillas.

No añadió ninguna observación sobre lo que ella debía permitir a su hermano.

Sophia agradeció aquella discreción, aunque también le hizo más difícil evitar una pregunta que llevaba toda la mañana aplazando.

Menandros conocía el tercer edificio.

Había previsto las demoras, respondido a los transportistas y preparado una distribución que parecía prudente. Lo que todavía le faltaba era autoridad para actuar sin solicitar la presencia de Sophia cada vez que necesitaba consultar las marcas o modificar la disposición de una reserva antigua.

—Debo regresar a casa —dijo ella—. Padre querrá saber qué hemos podido resolver.

Titus asintió.

—Leontios y yo tenemos que revisar todavía dos recorridos.

—Menandros te enviará las relaciones completas.

—Las examinaré con él.

Sophia recogió sus documentos.

Durante un instante esperó que Titus añadiera alguna pregunta personal. No lo hizo. Un representante acababa de acercarse con una nueva consulta y él se volvió para escucharla.

Ella salió sin interrumpirlos.

La distancia que habían acordado continuaba allí, incluso cuando las dificultades del trabajo los obligaban a encontrarse varias veces durante el día.

Herakleon la recibió en una estancia donde habían colocado varias tablillas sobre una mesa baja.

Damaris había dispuesto agua y alimentos para los hombres que seguían entrando y saliendo con mensajes. Una de las muchachas acababa de retirar una fuente vacía cuando Sophia llegó.

Su padre levantó la cabeza.

—Menandros ha enviado dos avisos. Quiere saber si puede utilizar otra parte del tercer edificio para las cargas que están buscando depósito.

Sophia se sentó.

—He hablado con él. Hay una reserva antigua que debemos proteger.

Herakleon le mostró la tablilla.