Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 24. La racha favorable
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Capítulo 24. La racha favorable

El primer aviso llegó cuando Sophia todavía desayunaba con su familia.

El muchacho que lo traía se detuvo junto a la entrada del comedor. Tenía polvo en las sandalias y llevaba la túnica recogida a un lado para caminar con mayor facilidad.

Herakleon le indicó que hablara.

—Han entrado dos embarcaciones esta mañana. Una llevaba varios días esperando condiciones favorables para continuar desde las islas. Sus representantes están preguntando por espacio.

Sophia dejó el pan sobre el plato.

—¿Han acudido a nuestros depósitos?

—Uno de los hombres ha ido al edificio próximo al puerto. El encargado me ha mandado porque la carga es mayor de lo que esperaban.

Menandros apartó su copa y buscó entre las tablillas que había llevado para revisar después del desayuno.

—¿Cuál de las embarcaciones? —preguntó.

—La primera que ha llegado. Trae ánforas y varios fardos. Todavía están comprobando las marcas.

El muchacho pronunció el nombre de un agente relacionado con comerciantes de Quíos.

Sophia lo reconoció. Había tratado en otras ocasiones con hombres de aquella casa, aunque nunca había negociado directamente con él.

Menandros abrió su relación.

—Podemos recibir parte de la mercancía. No toda, si mantenemos las reservas previstas para esta semana.

—Habrá que explicárselo —dijo Herakleon.

Sophia ya estaba repasando las retiradas que podían adelantarse.

—La partida del segundo edificio debería haber salido ayer. Si el encargado ha cumplido las instrucciones, tendremos libre la zona junto al muro.

—Esa zona está reservada —recordó Menandros—. No podemos utilizarla sin consultar antes a quienes esperan la próxima entrada.

—Quizá necesiten menos espacio del anunciado.

—Quizá. Pero prefiero comprobar primero qué trae realmente la embarcación. Todavía no sabemos qué parte necesita depósito inmediato y qué mercancías tienen otro lugar previsto.

Sophia lo miró.

Había empezado por imaginar dónde colocar una carga cuyas cantidades todavía desconocía. Menandros había señalado una cuestión que ella misma habría planteado en circunstancias menos apresuradas.

—Tienes razón —admitió.

Herakleon se levantó.

—Menandros, ve al primer edificio y examina las condiciones. Sophia puede ocuparse de las reservas antiguas mientras conocemos las cantidades.

Su hijo recogió las tablillas.

—Mandaré noticias en cuanto sepa qué podemos aceptar.

Sophia se puso en pie también.

—Voy contigo. Después tendré que hablar con Leontios.

Menandros no discutió aquella decisión.

Salieron de la casa mientras el muchacho emprendía el regreso por delante de ellos.

En las calles que descendían hacia el puerto encontraron más movimiento del habitual.

Había carros detenidos junto a las entradas y hombres que preguntaban por sus turnos sin recibir todavía una respuesta.

Algunos transportistas esperaban instrucciones bajo los toldos de los establecimientos próximos.

Las reparaciones continuaban limitando uno de los accesos.

Sophia vio a dos conductores discutir sobre el recorrido que debían seguir. Más adelante, varios porteadores se apartaron para dejar pasar un carro cargado de ánforas, mientras otro aguardaba sin espacio suficiente para avanzar.

La llegada de las embarcaciones había coincidido con las restricciones que Philostratos les había anunciado.

Y aún era temprano.

El encargado del primer edificio los recibió junto a una mesa cubierta de tablillas.

Con él se encontraba el representante de los comerciantes de Quíos, un hombre de edad parecida a la de Menandros, vestido con una túnica de buena calidad y un manto que todavía conservaba señales del viaje.

Al verlos, se adelantó.

—Me han dicho que podéis recibir una parte de nuestra carga.

—Una parte —confirmó Menandros—. Necesito la relación completa antes de ofrecerte nada más.

El agente se la entregó.

Sophia se situó junto a su hermano.

Las cantidades parecían correctamente anotadas, pero varias partidas tenían indicaciones de custodia correspondientes a casas diferentes. Una parte estaba destinada a Herakleon; otra debía recibirse en dependencias próximas a las de Leontios.

—Estas mercancías no son nuestras —señaló Sophia.

—Las recibe otra casa —explicó el agente—, pero sus hombres dicen que no podrán admitirlas hasta mañana.

—Entonces tendrás que hablar con ellos —respondió Menandros—. Nosotros podemos guardar las ánforas que tenemos comprometidas y dos de los fardos. El resto necesita otro acuerdo.

—Si separo la carga, tendré que pagar más hombres y modificar los recorridos.

—Podemos examinar cuánto costaría. No puedo aceptar mercancías que después no tengamos dónde colocar.

El representante miró a Sophia.

—Tu padre conoce a los propietarios.

—Los conoce —respondió ella—. Por eso conviene respetar las condiciones que acordó con ellos. Si necesitan algo distinto, tendremos que saber exactamente qué nos piden.

El hombre volvió a inclinarse sobre las tablillas.

Durante unos momentos encontraron una distribución posible. La casa de Herakleon disponía de espacio para las partidas comprometidas y quizá pudiera admitir una cantidad adicional si una retirada prevista para la tarde se completaba a tiempo.

Menandros comenzó a calcular los gastos de separar las mercancías.

Sophia comprobó las marcas de las reservas antiguas.

El acuerdo parecía próximo cuando llegó otro mensajero.

Traía noticias de la segunda embarcación. Sus representantes habían encontrado ocupado el depósito donde pensaban colocar temporalmente algunas mercancías y buscaban una alternativa antes de ordenar su traslado.

—¿Qué casa debía recibirlas? —preguntó Menandros.

El mensajero dio el nombre de un comerciante que utilizaba dependencias próximas a las de Leontios.

Sophia levantó la vista.

—Eso puede afectar a las entradas de esta tarde.

—Titus está reuniendo a los representantes —explicó el muchacho—. Philostratos ha pedido que nadie cambie los recorridos sin comunicarlo.

Menandros dejó la tablilla sobre la mesa.

—Primero terminaremos esta cuenta.

El representante de Quíos pareció dispuesto a protestar.

—Mi carga también está esperando.

—Precisamente por eso —respondió Menandros—. Si abandonamos una negociación cada vez que llega otro aviso, terminaremos con todas las mercancías pendientes y ningún acuerdo cerrado.

Sophia se quedó a su lado.

Había comenzado la mañana pensando en las partidas que podían admitir. Ahora comprendía que el primer problema consistía en determinar cuáles podían recibir sin impedir las retiradas que ya estaban prometidas.

Terminaron el acuerdo con el agente de Quíos poco después.

La casa aceptaría las mercancías comprometidas y una pequeña cantidad adicional, siempre que el espacio reservado se liberara durante la jornada. No garantizaron alojamiento para el resto.

El representante se marchó para consultar con los otros depositarios.

Menandros pidió al encargado que preparase las copias.

Sophia salió hacia el patio compartido.

Todavía no había llegado el mediodía.

El tercer aviso llegó mientras esperaba que comprobaran las marcas de una partida antigua.

Otra embarcación había entrado en el puerto después de aprovechar los vientos favorables. Sus propietarios necesitaban organizar el traslado de las mercancías y habían encontrado dificultades para conseguir carros disponibles.

Sophia escuchó al mensajero y examinó la relación que llevaba.

Tres embarcaciones habían llegado con poca separación, después de demoras que no parecían importantes cuando cada una se consideraba por separado.

Ninguna transportaba una cantidad excepcional de mercancías.

El problema era que todas necesitaban utilizar los mismos accesos en unas jornadas en que parte de las entradas seguía limitada por los trabajos.

Sophia salió al corredor.

Vio aproximarse a Philostratos, acompañado de un hombre que llevaba varias tablillas.

El responsable de transmitir las indicaciones sobre los accesos se detuvo al reconocerla.

—Necesito saber qué reservas de vuestra casa pueden liberarse antes de lo previsto.

—Depende de qué cargas pretendáis mover.

—Las que no necesiten cruzar la zona en reparación. Estamos intentando despejar los patios próximos antes de que lleguen más carros.

Sophia repasó las condiciones.

—Tenemos dos retiradas anunciadas para mañana.

—¿Podéis adelantarlas?

—Una requiere consultar al propietario. La otra podría salir hoy si encontramos un transportista disponible.

—Hacedlo cuanto antes. No puedo garantizar que mañana tengáis libres los mismos recorridos.

Philostratos continuó hacia una entrada donde varios encargados discutían sobre los turnos.

Sophia llamó a un muchacho de la casa y dictó dos mensajes.

Uno debía llegar al transportista que podía adelantar la retirada.

El otro iba dirigido a Menandros. Necesitaba saber cuánto espacio había conseguido liberar y si las mercancías aceptadas por la mañana habían entrado ya en el edificio.

Mientras hablaba, oyó una discusión junto al patio.

Un conductor reclamaba paso para una carga cuya entrada estaba anunciada desde días atrás. El encargado le explicaba que no podían recibir otro carro hasta retirar varios recipientes colocados junto al muro.

—No puedo regresar con todo esto —protestó el conductor.

—Y yo no puedo colocar dos cargas en el mismo sitio —replicó el encargado.

Sophia se acercó.

Reconoció las marcas de una casa que utilizaba espacios compartidos con Leontios.

—¿A quién debe entregarse? —preguntó.

El conductor le mostró la tablilla.

La fecha era correcta. El acuerdo se había cerrado antes de conocer la prolongación de las reparaciones.

—La reserva corresponde a Leontios —dijo Sophia—. Sus encargados deben decidir dónde recibirla.

—Me han mandado aquí.

—¿Por qué?

El hombre señaló la entrada.

—Dicen que esperan una confirmación sobre los turnos. Nadie quiere aceptar un carro y descubrir después que otro debía pasar primero.

Sophia comprendió lo que estaba ocurriendo.

El sistema de avisos había resultado útil durante las semanas anteriores. Permitía reunir las modificaciones y evitar que cada casa utilizara un acceso sin conocer las obligaciones de las demás.