Capítulo 23. Formalidad #2
No encontró desafío en la pregunta. Su hermano parecía interesado en conocer una dificultad que pudiera haber pasado por alto.
Sophia repasó las condiciones.
—Habría preguntado por el camino de regreso antes de preparar los turnos. Nos habría ahorrado una parte de la discusión.
—Es cierto.
—Pero el acuerdo final es razonable. Y has conseguido evitar otro carro.
Menandros asintió.
—Entonces voy a comprobar que los encargados reciban la relación nueva.
Recogió las tablillas y salió.
Al llegar a la puerta llamó a uno de los hombres que debía ayudar en la descarga. Sophia lo oyó explicarle el cambio de recorrido antes de continuar hacia el tercer edificio.
Ella permaneció unos momentos junto a la mesa.
Durante años había enseñado a Menandros a desconfiar de los acuerdos demasiado sencillos. Le había repetido que una cantidad correcta podía esconder un plazo imposible y que las promesas de los transportistas debían examinarse junto a las condiciones reales del camino.
Su hermano había aplicado aquella enseñanza.
Sophia habría podido corregir el primer cálculo. Tal vez incluso habría evitado que llegara a presentarlo.
Pero entonces Menandros no habría tenido ocasión de resolver por sí mismo una dificultad que estaba perfectamente capacitado para afrontar.
La idea la acompañó mientras recogía sus documentos.
Herakleon la esperaba en casa con dos tablillas sobre las reservas de la próxima temporada.
Había terminado una reunión con un proveedor de tejidos y todavía quedaban sobre la mesa algunas muestras que debía devolver. Sophia reconoció un tejido de lana procedente de una casa con la que trabajaban desde hacía años.
Su padre dejó las muestras a un lado.
—Quería hablar contigo.
—¿Sobre la ampliación?
—Sobre una de sus condiciones. Leontios está dispuesto a mantener ciertas reservas, pero pregunta si podremos garantizar que las mercancías salgan sin acumularse durante varios días.
Sophia conocía el asunto.
Habían previsto retiradas escalonadas, aunque todavía no sabían con exactitud cuántos transportistas continuarían disponibles cuando comenzara la próxima temporada.
—Menandros ha cerrado esta mañana un acuerdo para los movimientos inmediatos —explicó—. Algunas condiciones podrían servirnos también después. Tendremos que comprobar cuáles.
Herakleon miró hacia el patio.
—Entonces será mejor preguntárselo a él cuando regrese.
Sophia tardó un momento en responder.
Su padre no le había pedido que resumiera lo acordado por su hermano. Tampoco esperaba que reuniera los documentos y preparara una propuesta antes de consultarlo.
Quería hablar directamente con Menandros.
—Puedo mandarlo llamar —ofreció.
—Estará ocupado con los transportistas. Terminaremos primero lo nuestro.
Herakleon le mostró la segunda tablilla.
Un depositante antiguo solicitaba conservar más espacio del que había utilizado durante los últimos meses. Sophia conocía a aquel hombre y sabía que no acostumbraba a modificar sus reservas sin discutir primero cada detalle.
—Una parte puede liberarse —dijo—. Hace tiempo que no ocupa todo lo que tiene acordado. Pero debemos avisarle con suficiente antelación.
—¿Crees que aceptará?
—Si conservamos el espacio que utiliza habitualmente, sí. No le conviene pagar por una dependencia que permanece medio vacía.
Herakleon examinó la cuenta.
—Entonces hablarás con él.
—Lo haré.
La conversación continuó sobre las relaciones antiguas que Sophia mantenía desde hacía años. Discutieron dos modificaciones y dejaron otra pendiente de recibir respuesta del depositante.
Por una vez, Sophia pudo concentrarse en asuntos que conocía bien sin asumir también las decisiones correspondientes a todos los demás espacios.
Menandros llegó cuando estaban terminando.
Llevaba polvo en el borde de la túnica y una mancha oscura en los dedos, probablemente de alguna marca utilizada para identificar las cargas.
Se detuvo junto a la entrada.
—Ven —le dijo Herakleon—. Quiero saber cómo has organizado los carros para los próximos días.
Menandros se acercó a la mesa.
Sophia estuvo a punto de explicar la dificultad que habían encontrado durante la mañana. Había presenciado la negociación y conocía sus motivos.
Pero su padre estaba mirando a su hijo.
Menandros extendió la relación y comenzó por el recorrido que tuvieron que modificar. Explicó el error inicial, las condiciones de espera y la manera en que habían separado las partidas cuya retirada todavía no podía garantizarse.
Herakleon hizo varias preguntas.
Quiso saber qué ocurriría si Philon retrasaba la salida de los cestos, cuánto espacio quedaría disponible y quién respondería ante los depositantes si alguna mercancía debía permanecer una noche más en el edificio.
Menandros contestó sin acudir a Sophia.
En un momento determinado señaló una cantidad.
—Esta todavía tengo que comprobarla. El encargado no ha terminado de contar los recipientes y prefiero no comprometer el espacio hasta conocer la cifra.
Herakleon apoyó un dedo sobre la tablilla.
—Entonces le daremos una respuesta mañana.
Sophia observó a su padre.
Era la misma prudencia que le había exigido muchas veces cuando otros comerciantes insistían en obtener una confirmación inmediata. Herakleon valoraba el cumplimiento de las obligaciones por encima de la rapidez con que alguien aceptara un acuerdo.
Ahora escuchaba a Menandros con esa misma confianza.
Damaris entró mientras hablaban.
Llevaba una pequeña cesta de fruta de una propiedad cercana. La dejó sobre una mesa auxiliar y preguntó si querían comer algo antes de continuar.
Herakleon aceptó unos higos.
Menandros aprovechó la pausa para guardar las tablillas que ya no necesitaban.
—Sophia revisará los compromisos antiguos —dijo su padre—. Tú ocúpate de que los movimientos nuevos no contradigan esas fechas. Si encontráis una dificultad que obligue a cambiar una condición importante, venid a hablar conmigo antes de dar una palabra distinta.
Menandros asintió.
—Lo haré.
Sophia aceptó también aquella distribución.
Se parecía a la que su hermano había propuesto cuando discutieron la ampliación de la siguiente temporada. Entonces ella defendió una supervisión más amplia, convencida de que era la única forma de mantener unidos todos los compromisos de la casa.
Ahora Herakleon acababa de repartir dos responsabilidades sin dificultad.
Nadie había expresado dudas sobre la capacidad de Menandros.
Y la casa seguía teniendo una persona a quien acudir cuando un acuerdo excedía las atribuciones de ambos: su padre.
Damaris se sentó junto a Sophia mientras los hombres terminaban de hablar.
—Esta mañana los transportistas han discutido una cuenta —comentó—. He oído que Menandros tuvo que cambiar las condiciones.
—Había calculado mal uno de los recorridos —explicó Sophia—. Lo corrigió antes de cerrar el acuerdo.
Damaris miró hacia su hijo.
—Me alegro de que pudiera hacerlo.
Sophia abrió un higo con los dedos.
—A mí también.
Su madre recogió una piel de fruta que había quedado sobre la mesa.
—Cuando eras pequeña, tu padre tardó una jornada entera en reconocer que había comprado demasiada madera para reparar una cubierta. Aseguraba que encontraríamos dónde utilizarla.
Sophia rio.
—¿Y la utilizamos?
—Durante años tuvimos tablones guardados detrás de la cocina. Uno terminó sosteniendo una mesa que se había vencido.
—Entonces no fue una compra inútil.
—Eso decía él.
Damaris sonrió antes de levantarse para atender otro asunto.
Sophia la vio marcharse.
Su madre había hablado del error de Menandros como de una dificultad corriente. La anécdota de Herakleon tampoco pretendía enseñarles nada. En aquella casa todos se habían equivocado alguna vez y continuaban trabajando después.
Sophia no recordaba que se hubiera exigido a sí misma esa misma indulgencia.
Menandros terminó poco después.
Cuando se marchó con sus documentos, Herakleon preguntó a Sophia si deseaba añadir algo.
Ella examinó la relación que su hermano había dejado abierta.
Había pequeños detalles que podrían revisarse más adelante. Ninguno requería modificar la distribución acordada.
—No —respondió—. Está bien organizado.
Su padre asintió y volvió a sus cuentas.
Sophia permaneció sentada un momento más.
La responsabilidad general de la próxima temporada seguía siendo suya. Había aceptado el compromiso delante de Herakleon y Menandros, y algunas condiciones empezaban a comunicarse a otras casas.
No podía actuar como si aquella decisión nunca se hubiera tomado.
Pero acababa de comprobar que existían distintas maneras de ejercerla.
Al día siguiente volvió a encontrarse con Titus en una reunión convocada por Philostratos.
Los representantes de varias casas debían revisar los accesos afectados por las reparaciones próximas al puerto. Habían recibido noticias contradictorias durante la mañana y Philostratos quería explicar qué limitaciones podían mantenerse con seguridad.
Sophia acudió acompañada de Menandros.
La reunión se celebró en una estancia utilizada habitualmente para guardar documentos y atender consultas comerciales. Por las ventanas entraba el ruido de los carros, mezclado con las voces de quienes esperaban noticias sobre los movimientos previstos.
Titus estaba junto a una mesa, hablando con Leontios.
Cuando los vio entrar, señaló las relaciones que habían preparado.
—Philostratos quiere que revisemos estas entradas antes de conservar los mismos turnos —explicó.
—¿Hay alguna restricción nueva? —preguntó Menandros.
—Todavía no está confirmada. Los hombres que trabajan en el paso estrecho necesitan mantener libre una parte mayor de la prevista.
Leontios apoyó una mano sobre la mesa.
—Si continúan ocupándola, mis carros tendrán que entrar después de los de Herakleon. Eso me deja sin tiempo para retirar dos partidas.
—Una de ellas podría salir por el otro acceso —dijo Titus.
—Si está libre. La última vez también contábamos con él y tuvimos que esperar hasta el día siguiente.
Sophia examinó las anotaciones.