Capítulo 23. Formalidad
La primera mañana, Sophia descubrió que trabajar junto a Titus sin hablar de nada ajeno a sus obligaciones resultaba más fácil de lo que había temido.
Se encontraron en el edificio donde se revisaban las entradas de las casas que compartían los espacios próximos al puerto. Menandros había llegado antes y discutía con uno de los encargados la retirada de varias ánforas de aceite. Titus examinaba una relación enviada por Leontios a primera hora.
Levantó la cabeza cuando Sophia entró.
—Buenos días, Sophia.
—Buenos días.
Titus apartó la tablilla que estaba leyendo y le mostró otra, abierta por la parte donde figuraban las excepciones acordadas durante la semana anterior.
—Menandros ha incluido las reservas del tercer edificio. Quedan dos por confirmar. Una depende de la retirada de Philon, el depositante; la otra, de que los hombres de Leontios terminen el traslado que dejaron pendiente ayer.
Sophia examinó las anotaciones.
—Philon prometió retirar sus cestos antes de que concluya la segunda jornada.
—Eso figura aquí. Necesitamos saber si ha enviado suficientes hombres.
—Puedo preguntárselo al encargado.
—Menandros ya ha mandado a uno de los suyos.
Sophia encontró la anotación de su hermano al margen de la tablilla.
—Entonces esperaremos su respuesta.
Titus asintió y recogió los documentos que debía devolver a Leontios. Se apartó para dejar libre la mesa y continuó con su trabajo.
Durante las semanas anteriores, aquella pausa habría bastado para intercambiar alguna observación personal. Una pregunta por Claudia Eirene, un comentario sobre la última cena en casa de Herakleon o una broma relacionada con cualquiera de las discusiones que habían mantenido juntos.
Ahora Sophia buscó la relación que le correspondía revisar.
Descubrió una abreviatura poco clara en una de las reservas de su familia.
Menandros había copiado correctamente la cantidad, pero el nombre del depositante podía confundirse con el de otro hombre que utilizaba el mismo edificio.
Pidió que se preparara una nueva copia y explicó al escribiente cómo debía distinguir ambas partidas.
Cuando terminó, Titus seguía examinando los acuerdos de acceso.
Ninguno había necesitado fingir indiferencia. Hablaron cuando el trabajo lo exigió y guardaron silencio cuando no tenían nada que añadir.
La normalidad de aquella mañana inquietó a Sophia más que cualquier incomodidad manifiesta.
Había temido que la distancia acordada con Titus volviera difíciles las reuniones, que una pregunta sobre fechas pareciera esconder un reproche o que los demás advirtieran algo extraño.
Sin embargo, Titus discutía las condiciones que consideraba poco prácticas con la misma precisión de siempre.
Escuchaba las respuestas, pedía aclaraciones y modificaba sus propuestas cuando encontraba una dificultad que no había previsto.
Sophia podía discrepar con él sin que la discusión se desviara hacia lo ocurrido en el patio de su alojamiento.
El cambio quedaba reducido a cuanto ya no compartían.
Conocía la manera en que Titus inclinaba ligeramente la cabeza antes de formular una objeción.
Había aprendido a distinguir cuándo una pausa anunciaba una pregunta y cuándo se limitaba a esperar que otro terminara de hablar.
Recordaba también cómo la miraba cuando estaban solos, sin la reserva con que se dirigía a los representantes comerciales.
Aquella mañana solo encontró al hombre que revisaba las obligaciones de varias casas.
Era exactamente la relación que habían acordado mantener durante unos días.
Sophia terminó sus comprobaciones y se acercó a Menandros.
—¿Vas a ocuparte de los transportistas esta mañana?
Su hermano levantó la vista de una cuenta.
—En cuanto llegue el segundo.
—Podría acompañarte.
—Como quieras. Ya he hablado con ellos por separado y creo que podremos llegar a un acuerdo.
La respuesta no sonó desafiante. Menandros tenía preparados los documentos y parecía dispuesto a continuar con independencia de que Sophia permaneciera allí.
Unas semanas antes, ella habría interpretado aquella tranquilidad como una ocasión para comprobar si su hermano había previsto todos los detalles.
Ahora sabía que debía dejarle espacio.
—Me quedaré un momento —respondió—. Después tengo que examinar unas condiciones de Leontios.
—De acuerdo.
Menandros volvió a sus cuentas.
Sophia se situó cerca de la entrada mientras dos hombres descargaban un carro y discutían dónde debían colocar los recipientes vacíos. Habría podido marcharse. No lo hizo.
Quería escuchar la negociación.
Y todavía le resultaba difícil reconocer cuánto necesitaba comprobar que su hermano no se equivocaría.
Los transportistas llegaron poco después.
Habían trabajado en distintas ocasiones para la casa de Herakleon y conocían las dificultades de mover mercancías entre los accesos del puerto y los depósitos utilizados por varias familias.
Uno era mayor, de rostro curtido y manos anchas. El otro había enviado carros durante las últimas semanas y estaba familiarizado con las restricciones recientes.
Menandros los recibió con una relación preparada.
—Necesitaremos retirar estas partidas en dos jornadas —explicó—. Las primeras salen de nuestro edificio. Las otras tendrán que utilizar el acceso que compartimos con Leontios.
El hombre mayor examinó las cantidades y señaló una línea con el dedo.
—Aquí has contado dos viajes de uno de mis carros antes de que termine la mañana.
—Así es.
—No podrá hacerlos.
Menandros miró la relación.
—La distancia entre los depósitos no es tanta.
—La distancia no ha cambiado. El camino, sí. Ahora debemos rodear el paso donde están trabajando y esperar a que terminen de mover las cargas de la otra casa. Cuando el carro regrese, habrá otros hombres delante.
Sophia conocía aquella dificultad.
Durante los primeros días de las restricciones habían perdido casi una mañana porque varios conductores calcularon sus recorridos como si los accesos continuaran libres.
La corrección parecía sencilla. Podían separar las retiradas o contratar otro carro para una de ellas. La segunda posibilidad aumentaría el gasto, pero permitiría cumplir las fechas comprometidas.
Estuvo a punto de intervenir.
Menandros dejó la tablilla sobre la mesa.
—Tienes razón. He contado el tiempo de ida y descarga, pero no el regreso por la calle estrecha.
El transportista asintió y señaló otra partida.
—Esta no puede esperar hasta mañana.
—No. Pero podemos cambiar su turno si los hombres de Philon terminan la retirada a tiempo.
—Eso depende de cuántos cestos les queden.
Menandros llamó a un encargado que trabajaba junto a la entrada.
—Ve a comprobar cuánto han avanzado. Quiero saber cuántos cestos están preparados y cuántos hombres se ocupan de cargarlos. No me traigas una hora calculada sin haberlo visto.
El encargado salió.
Menandros extendió nuevamente la tablilla.
—Podemos organizarlo de otra manera. El primer carro llevará la partida pequeña directamente al depósito del norte. El segundo recogerá las ánforas y no tendrá que regresar por el mismo acceso. La carga que depende de Philon quedará para después, si confirma que habrá espacio.
El transportista más joven estudió el nuevo recorrido.
—Necesitarás otro hombre para descargar la primera partida.
—Uno. Nuestros encargados pueden recibirla y colocar los recipientes.
—Eso tendrá que quedar escrito.
—Quedará escrito.
Los dos hombres continuaron examinando las condiciones. El mayor insistió en que se reconociera el tiempo de espera si el acceso no estaba disponible a la hora acordada.
Menandros aceptó una compensación limitada, pero se negó a pagar una demora cuya duración nadie pudiera calcular. Propuso que, transcurrido el tiempo previsto, los transportistas solicitaran nuevas instrucciones en lugar de mantener el carro detenido indefinidamente.
—Si necesitáis esperar más, tendremos que discutir otro precio —dijo—. No puedo comprometer a mi padre a pagar por un paso que quizá siga cerrado cuando anochezca.
El hombre mayor lo consideró.
—Puedo aceptar eso si el aviso llega antes de que empecemos a cargar.
—Lo tendréis.
El encargado regresó mientras todavía discutían.
La retirada de Philon avanzaba más despacio de lo previsto. Habían encontrado dos recipientes mal colocados que era necesario separar antes de mover el resto.
Menandros volvió a examinar la relación.
—Entonces no prometemos que su carga saldrá esta tarde. Quedará pendiente de que se libere el espacio. Los otros movimientos pueden cumplirse sin esperar por ella.
El transportista mayor repasó las anotaciones.
—Así sí puedo dar mi palabra.
Menandros dictó las modificaciones a un escribiente y pidió copias para ambas partes. Todavía discutieron un pequeño gasto de descarga antes de dar el acuerdo por cerrado.
Sophia había permanecido en silencio.
Su hermano había cometido un error real. No había calculado correctamente uno de los recorridos y estuvo a punto de comprometer dos viajes que el carro no habría podido realizar dentro del plazo previsto.
Pero lo había reconocido delante de los hombres afectados, sin intentar defender una cuenta equivocada. Después encontró una solución que evitaba contratar otro vehículo y protegía a la casa frente a gastos imprevistos.
No necesitó que Sophia le indicara cómo hacerlo.
Cuando los transportistas se marcharon, ella se acercó a la mesa.
—Has cambiado bastante la propuesta.
Menandros enrolló la relación.
—La primera tenía un error.
—Lo has corregido.
—No habría servido de mucho fingir que el camino seguía siendo el de antes.
Sophia sonrió.
—Podrías haber insistido en que el carro hiciera los dos viajes.
—Habría conseguido que el transportista aceptara una obligación que después no podría cumplir. O terminaríamos pagando más cuando se demostrara que llevaba razón.
Menandros comprobó que el escribiente no había confundido las dos partidas destinadas al depósito del norte.
—Sé que querías escuchar la negociación —añadió.
Sophia sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Hay algo que debería haber hecho de otra manera?