Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 22. Dos decisiones cerradas #4
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Capítulo 22. Dos decisiones cerradas #4

Varias casas reclamaban el uso de una misma puerta. Cada una aseguraba tener un derecho anterior al de las demás, y ninguna estaba dispuesta a ceder. Después descubrieron que el conflicto procedía de promesas distintas hechas a varios depositantes.

Titus había propuesto averiguar qué necesitaba realmente cada parte antes de intentar repartir las horas.

Aquella conversación no se parecía a un acuerdo comercial.

Sin embargo, Sophia comprendió que tampoco habían empezado por la pregunta que debían hacerse.

Se volvió hacia él.

—Quiero preguntarte algo antes de irme.

Titus levantó la cabeza.

—Te escucho.

Sophia sintió un temblor leve en las manos y las mantuvo juntas sobre el manto.

—Si conseguimos revisar nuestros compromisos y descubrimos que todavía existe alguna posibilidad para nosotros, ¿estarías dispuesto a hablar de ella antes de decidir qué debes hacer?

Titus sostuvo su mirada.

—Sí.

Sophia esperó un instante.

Él no añadió condiciones ni intentó prometerle que encontrarían una solución.

Ella aceptó aquella respuesta.

Era lo que había pedido.

—Entonces yo también tendré que hacerlo —dijo.

Titus inclinó la cabeza.

Sophia salió al corredor.

La calle estaba más fresca que el patio.

Algunos comerciantes habían empezado a recoger las mercancías que no convenía dejar expuestas durante la noche. Un hombre retiraba el toldo de su establecimiento mientras una mujer reunía pequeños recipientes de aceite sobre una mesa.

Sophia avanzó sin apresurarse.

Conocía bien aquel trayecto. Durante las últimas semanas había recorrido esas calles para acudir a reuniones con Titus, discutir acuerdos o compartir una comida que terminó prolongándose mucho más de lo previsto.

Aquella tarde no esperaba volver a verlo hasta que el trabajo exigiera reunirlos.

Al pasar junto a una tienda de tejidos recordó que todavía debía consultar a un comerciante sobre una reserva para la temporada siguiente. También tenía pendientes las condiciones ofrecidas a dos casas que habían solicitado más espacio del disponible.

Había trabajo suficiente para ocuparla durante varios días.

En otra ocasión, Sophia habría agradecido aquella acumulación de obligaciones. Le permitía ordenar sus jornadas y encontrar soluciones a dificultades concretas, lejos de las cuestiones que no dependían exclusivamente de ella.

Ahora, sin embargo, ninguna cuenta podía responder a lo que acababa de discutir con Titus.

Había acudido a pedirle que no decidiera por adelantado qué sería injusto exigirle.

Él le había mostrado que ella tampoco había dejado espacio para sus deseos antes de comprometerse con la familia.

Ambos tenían razones.

También habían cometido el mismo error.

Sophia llegó a una calle donde dos hombres conversaban junto a una puerta. Un carro intentó girar entre ellos y el conductor pidió que despejaran el paso. Uno de los hombres se apartó sin interrumpir su relato. La rueda rozó el borde de una piedra, pero consiguió completar la curva.

Sophia esperó a que pasara.

Después continuó hacia su casa.

Durante los días siguientes tendría que encontrarse con Titus ante tablillas, representantes y responsables de almacenes. Podrían hablar con corrección, discutir condiciones y terminar los acuerdos necesarios. Ambos sabían hacerlo.

Lo difícil sería acostumbrarse a no buscar su mirada cuando surgiera una observación que antes habría compartido con él en voz baja.

Y todavía más difícil resultaría no saber qué ocurriría al terminar aquellas jornadas.

Habían pasado semanas acercándose de nuevo. Sophia conocía el calor de sus manos y había descubierto una manera distinta de conversar con él, menos impaciente que en su juventud. Nada de aquello había sido una ilusión.

Pero tampoco podían sostener una vida juntos únicamente porque hubieran vuelto a desearse.

Al llegar a la casa de Herakleon encontró a su padre despidiendo a las últimas visitas comerciales.

Desde la estancia de cuentas llegaba la voz de Menandros, que dictaba unas cantidades a uno de los encargados.

Sophia entró en el atrio.

Podría acudir a su hermano de inmediato. Tenía que hablarle de la próxima temporada y escuchar otra vez la propuesta que había rechazado. Sabía también que no debía presentarle un reparto nuevo únicamente para demostrar a Titus que estaba dispuesta a cambiar.

Primero tendría que examinar qué necesitaba realmente la casa.

Y aceptar que Menandros podía tener algo que decir sobre el lugar que deseaba ocupar en ella.

Permaneció unos momentos junto a la entrada, escuchando la conversación que llegaba desde la estancia de cuentas.

Recordó a Titus sentado frente a ella, sin ofrecer una promesa que todavía no sabía cumplir.

Habían acordado hablar de nuevo si encontraban una posibilidad real.

No habían prometido encontrarla.

Sophia avanzó hacia la voz de su hermano.

Por primera vez desde el beso que compartieron en aquel patio nuevo, no sabía si Titus volvería a buscarla cuando terminaran sus obligaciones. Tampoco sabía si ella tendría algo distinto que ofrecerle cuando lo hiciera.

La separación ya no era únicamente un recuerdo de siete años atrás.

Seguía siendo posible.

Y esa vez Sophia no podía atribuirla a unas circunstancias que ninguno había tenido ocasión de examinar.