Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 22. Dos decisiones cerradas #3
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Capítulo 22. Dos decisiones cerradas #3

Sophia recordó las cuentas presentadas por Menandros. Su hermano había calculado los salarios, los márgenes de ocupación y las reservas que necesitaban conservar. Ella había escuchado sus argumentos antes de decidir que prefería mantener la supervisión.

Quizá todavía estuviera a tiempo de examinar aquella propuesta sin defender su primera elección por costumbre.

—Tendré que revisar lo que he aceptado —dijo—. Quiero saber qué parte del trabajo necesita realmente mi presencia y qué parte sigo reservándome porque me cuesta dejarla en otras manos.

—Eso tendrás que hablarlo con tu familia.

—Sí. Y tú tendrás que averiguar qué encargos de Lykos exigen permanecer meses fuera y cuáles podrías organizar de otra manera.

Titus se pasó una mano por el cabello.

—No sé si Lykos aceptará condiciones distintas.

—Yo tampoco sé si Menandros estará dispuesto a asumir más trabajo después de que rechazara su propuesta delante de padre.

—Tendrás que preguntárselo.

—Eso parece.

Sophia dejó escapar una sonrisa que se extinguió pronto.

Había esperado sentirse mejor después de aquella conversación. En cambio, la posibilidad que empezaba a aparecer delante de ellos exigía volver sobre decisiones que ambos habían presentado como definitivas.

Y podía ocurrir que, aun después de revisarlas, no encontraran una forma de continuar juntos.

—No podemos prometernos nada todavía —dijo.

Titus asintió.

—No.

El silencio que siguió la hizo mirar hacia la puerta.

Había llegado esperando que reconocer el error compartido les permitiera acercarse. Ahora sabía que habían dado un paso importante, pero todavía no tenían una respuesta para lo que más le importaba.

—Hay otra cosa que quiero decirte —dijo Titus.

Sophia volvió hacia él el rostro.

—Te escucho.

—Durante estas semanas hemos estado muy cerca. No quiero que pienses que lo ocurrido entre nosotros era algo que podía dejar atrás sin más cuando llegara el momento de marcharme.

Sophia recordó sus besos, las conversaciones prolongadas después de una jornada de trabajo y la noche en el alojamiento de Titus, cuando decidió detenerse antes de continuar una intimidad que todavía no sabía cómo situar en sus vidas.

Aquellos recuerdos no se habían vuelto menos importantes por la discusión.

—Tampoco yo lo he considerado así —respondió.

Titus tomó la copa de agua.

La sostuvo unos instantes, sin beber.

—Pero ahora que hemos hablado de lo que cada uno ha aceptado, no sé qué puedo ofrecerte.

Sophia agradeció que no intentara suavizar la dificultad mediante una promesa apresurada.

—Yo tampoco lo sé.

En algún lugar de la casa empezaron a mover unos bancos. El ruido de la madera contra la piedra recorrió el corredor y después cesó.

Sophia se había sentado junto a Titus con la intención de aclarar por qué sus decisiones habían vuelto a separarlos. Lo habían conseguido.

Ahora debía decidir qué hacer con aquella claridad.

—Tenemos que seguir trabajando juntos —dijo—. Las reservas todavía no están cerradas y hay compromisos que ninguno puede abandonar.

—Lo sé.

—Menandros, Leontios y las otras casas dependen de que terminemos los acuerdos. No quiero que lo nuestro complique un trabajo que ya resulta bastante difícil.

—Yo tampoco.

Sophia esperó.

Una parte de ella deseaba que Titus propusiera continuar viéndose al margen de las reuniones. Podrían pasear después del trabajo, visitar de nuevo a sus familias o compartir una cena. Durante aquellas horas seguirían disfrutando de la cercanía que habían recuperado.

Pero las decisiones permanecerían pendientes.

Y Sophia empezaba a comprender que necesitaba examinarlas sin buscar en cada encuentro una razón para aplazar esa tarea.

—Quizá debamos dejar nuestros asuntos personales durante unos días —propuso—. Hasta saber si podemos modificar algo de lo que hemos aceptado.

Le costó pronunciarlo.

Durante un instante temió que aquellas palabras se parecieran demasiado a una nueva despedida.

Titus no respondió inmediatamente.

Sophia continuó:

—No quiero que sea un castigo. Necesito hablar con mi familia sin estar pensando en cada momento qué respuesta te haría quedarte. Y tú tienes que poder revisar tus condiciones con Lykos sin sentir que cualquier decisión será una ofensa para mí.

—Entonces mantendremos las reuniones de trabajo y terminaremos los acuerdos pendientes.

—Sí.

La formalidad de aquella respuesta le resultó dolorosa.

Había pedido una distancia que ahora parecía incapaz de soportar.

Titus no protestó. Tampoco intentó convencerla de que podían continuar como durante las semanas anteriores. Sophia habría querido, durante un instante, que lo hiciera.

Pero si deseaban dejar de ocultar sus decisiones bajo una apariencia de respeto, tendrían que concederse tiempo para comprobar qué podían cambiar de verdad.

Titus se levantó.

Sophia hizo lo mismo.

—Sophia —dijo él cuando ella se volvió hacia el corredor.

Se detuvo.

—Dime.

—No quiero que interpretes estos días como una despedida.

—Entonces no los conviertas en una.

La dureza de su respuesta la sorprendió.

Titus permaneció junto al banco.

—No puedo darte hoy una promesa que todavía no sé cómo cumplir.

Sophia bajó la mirada.

—Yo tampoco.

Había llegado a aquel patio con la intención de hablar de una vida compartida y se marcharía sin saber si podrían construirla.

No dudaba de lo que sentía.

Quería a Titus. Deseaba su compañía después de las reuniones y durante las mañanas en que no hubiera ningún asunto comercial que justificara verlo.

Le gustaba escuchar sus historias de viaje y descubrir cuánto había cambiado desde 106.

También había aprendido que las nuevas costumbres de Titus merecían respeto, aunque algunas pudieran alejarlos.

No quería que abandonara esa vida únicamente porque ella lo amaba.

Pero tampoco deseaba continuar conformándose con las horas que quedaran libres entre una partida y otra.

—Mañana Menandros te enviará la relación de los encargados del tercer edificio —dijo—. He pedido que incluyan las excepciones que hemos acordado con Leontios.

—La revisaré antes de la reunión.

—No hace falta que vengas a casa para hacerlo. Puedes devolver las correcciones con el mensajero.

Titus asintió.

Sophia lamentó inmediatamente la frase.

Había intentado establecer una distancia razonable y había terminado por explicarle cómo evitar verla.

—Lo digo porque Menandros puede responder por esos asuntos —aclaró.

—Lo he entendido.

Titus habló sin reproche.

Aun así, Sophia echó de menos la familiaridad que había acompañado sus conversaciones recientes.

Recogió el manto del banco y lo acomodó sobre los hombros. Él no se acercó a ayudarla. Después de lo que habían acordado, quizá habría resultado extraño que lo hiciera.

Ella terminó de ajustar el nudo.

Estaba a punto de marcharse cuando recordó una de las primeras discusiones que habían mantenido por los accesos de los almacenes.