Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 22. Dos decisiones cerradas #2
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Capítulo 22. Dos decisiones cerradas #2

—Entonces dime cuándo tendría que habértelo preguntado.

Sophia guardó silencio.

La pregunta no había sido pronunciada con dureza, pero exigía una respuesta que no había preparado.

—¿Después de que dieras tu palabra? —continuó Titus—.

¿Cuando me explicaste que querías conservar personalmente aquellas reservas?

Podría haberte preguntado si estabas segura de lo que hacías.

Y quizá me habrías recordado que conoces tu trabajo mejor que yo y que no necesitas que venga a decirte cómo organizarlo.

Sophia apartó la mirada.

Podía imaginar aquella conversación. Durante años había tenido que defender su experiencia ante hombres que escuchaban con mayor atención a cualquier empleado de Herakleon que a su hija. Había aprendido a reconocer cuándo una pregunta escondía una duda sobre su capacidad.

En otra ocasión podría haber recibido del mismo modo las palabras de Titus.

—Es posible —admitió.

—Me resulta difícil saber cuándo quieres que respete una decisión y cuándo esperas que la discutamos.

Sophia volvió hacia él el rostro.

Aquello dolió más que una negativa.

Había llegado dispuesta a pedirle que dejara de decidir por ella. Había pensado menos en las veces que ella misma impedía que alguien le hiciera una pregunta sobre sus obligaciones.

—Tienes razón en eso.

Titus tomó la copa, pero la dejó de nuevo junto a la pila sin beber.

—No pretendía utilizar tu compromiso como excusa para marcharme.

—No he dicho que lo hicieras.

—Pero lo he utilizado como una respuesta. Cuando me explicaste lo que habías aceptado, pensé que no tenía sentido plantearte algo distinto.

Sophia permaneció inmóvil.

Él continuó:

—Conozco el trabajo que me ofrece Lykos. Sé qué hombres pueden ayudarme, cuáles son los desplazamientos más difíciles y qué acuerdos necesitan mi presencia. En cuanto hablamos de las condiciones, empecé a preparar lo necesario. Es lo que llevo haciendo desde hace años.

—¿Y nosotros?

La pregunta salió antes de que Sophia pudiera suavizarla.

Titus apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

Desde el corredor llegó el ruido de una puerta. Ambos esperaron a que los pasos se alejaran.

—No sabía qué ofrecerte sin pedirte que abandonaras algo importante —respondió al fin.

Sophia sintió que la frase le cerraba la garganta.

—Podrías haberme preguntado qué quería conservar.

—Sí.

La sencillez de la respuesta la desconcertó.

Había esperado argumentos sobre los encargos de Rodas o sobre lo difícil que resultaría trabajar para Lykos desde otra ciudad. Titus había reconocido, en cambio, una pregunta que podía haber formulado y no hizo.

—Yo también podría haberte preguntado qué querías tú —admitió.

—Habría sido un comienzo.

Sophia bajó los ojos hacia la pila.

Una hoja seca flotaba cerca del borde. La retiró con los dedos y la dejó sobre la piedra húmeda.

Habían discutido durante muchas tardes sobre mercancías, gastos y condiciones. Titus sabía preguntar qué necesitaba cada casa antes de ofrecer una solución; Sophia podía distinguir cuándo un plazo parecía atractivo solo porque alguien había omitido los costes de cumplirlo.

Con su propia vida, ninguno había mostrado la misma paciencia.

—Cuando nos separamos hace siete años —dijo Sophia—, creí que habíamos tomado la decisión correcta.

Titus levantó los ojos.

—Yo también.

—Sigo pensando que teníamos razones para hacerlo.

Sophia recordaba aquellos meses con claridad.

Herakleon necesitaba ayuda para reorganizar compromisos que habían quedado sin atender cuando un colaborador veterano se retiró de los negocios.

Menandros tenía veintitrés años y todavía necesitaba aprender a distinguir las obligaciones que podían modificarse de aquellas que comprometían la confianza de otras casas.

Titus, por su parte, había recibido una oportunidad importante fuera de Éfeso.

Los dos conocían las consecuencias de sus decisiones.

Ninguno había mentido.

—No quiero fingir que todo se debió a que fuimos demasiado orgullosos para decirnos cuánto nos queríamos —continuó Sophia—. Mi familia necesitaba ayuda y tú debías aprovechar aquella oportunidad. Si hubieras permanecido aquí sin un trabajo propio, quizá habrías terminado lamentándolo.

—No podía pedirles a los hombres que me ofrecían los primeros encargos que reorganizaran sus acuerdos para que yo pasara más tiempo en Éfeso —respondió Titus—. Todavía tenía que demostrar que podían confiar en mí.

—Y Menandros no podía asumir entonces todo lo que hace ahora.

—Lo recuerdo.

Sophia se inclinó para dejar la hoja seca fuera del agua.

—Pero las circunstancias han cambiado.

—Sí.

—Y seguimos tomando las mismas precauciones.

Titus acercó el banco unos pasos hasta quedar frente a ella.

Sophia observó sus manos mientras lo hacía.

Hacía pocos días las había sentido sobre su cintura, en su cabello, en los momentos en que se permitieron una cercanía que durante años creyó perdida. Ahora había entre ambos una distancia que ninguno intentaba reducir.

—¿Qué habrías querido que hiciera? —preguntó Titus.

Sophia tardó en responder.

Habría deseado que le hablara de un futuro en Éfeso, que le dijera que quería regresar a verla después de sus viajes y compartir con ella algo más que las semanas durante las cuales coincidieran sus trabajos.

Pero Titus le preguntaba qué habría querido que hiciera antes de decidir, y esa pregunta exigía una respuesta más concreta.

—Que me dijeras que querías hablar de nosotros antes de aceptar algo que te mantendría fuera durante meses.

—¿Aunque ya te hubieras comprometido con toda la temporada?

—Sí.

Titus esperó.

—Habría tenido que explicarte por qué acepté —continuó Sophia—. Quizá terminaríamos descubriendo que no había otra posibilidad. Pero lo habríamos averiguado después de hablar, no antes.

—¿Y si te hubiera pedido que delegaras más responsabilidades?

—Habría tenido que escucharte. Después decidiría si podía hacerlo.

—Podrías haberte enfadado.

Sophia soltó una risa sin alegría.

—Probablemente.

Titus sonrió apenas, aunque la expresión desapareció enseguida.

—No habría sido una conversación sencilla.

—Tampoco lo son muchas de nuestras reuniones con Leontios. Eso no te impide empezar preguntando qué necesita realmente.

—Con Leontios conozco mis atribuciones —respondió Titus—. Sé qué puedo ofrecer en nombre de Lykos, qué debo consultar y dónde termina mi responsabilidad.

Se interrumpió.

Sophia levantó la vista.

—Contigo no quería convertir cada cosa que deseo en una condición que debieras aceptar o rechazar —terminó él.

Ella sintió una punzada de tristeza.

Reconocía aquella precaución. Durante años había intentado evitar que su familia considerara una deuda el trabajo que hacía por ella. Había preferido guardar silencio cuando una obligación le resultaba pesada antes que dar a entender que esperaba recibir algo a cambio.

No había dejado de querer aquellas responsabilidades.

Pero al negarse a expresar lo que le costaban, también había impedido que los demás supieran cuánto necesitaba de su ayuda.

—Una petición no es una orden —dijo.

Titus la miró.

Sophia continuó antes de perder el valor.

—Podrías decirme que quieres una vida conmigo sin exigirme que abandone mi familia. Y yo podría pedirte que consideraras Éfeso como algo más que una ciudad a la que regresar cuando tengas un encargo.

Titus permaneció callado.

Sophia sintió el impulso de volver a hablar de almacenes y reservas, de llevar la conversación hacia un terreno donde conocía mejor las respuestas.

No lo hizo.

—¿Es eso lo que me estás pidiendo? —preguntó él.

Sophia sostuvo su mirada.

La pregunta la obligó a distinguir entre lo que deseaba y lo que podía prometer.

—Te estoy diciendo lo que no me atreví a pedirte antes de aceptar la próxima temporada.

—No es exactamente lo mismo.

—Lo sé.

Sophia miró hacia la parra.

La sombra había avanzado por el suelo y alcanzaba ya una parte del banco. El aire estaba más fresco que cuando llegó.

—No puedo decirte hoy que estoy dispuesta a marcharme contigo —continuó—. He comprometido recursos de mi familia y he dado mi palabra ante personas que confían en nosotros. Aunque quisiera modificar lo acordado, tendría que hablar con Menandros y con padre.

—No te pediría que los dejaras con un compromiso que no pudieran cumplir.

—Lo sé. Pero tampoco quiero que decidas, sin preguntarme, que una conversación con ellos sería inútil.

Titus inclinó ligeramente la cabeza.

—Tienes razón.

Sophia agradeció que lo dijera.

No resolvía nada de inmediato, pero al menos habían dejado de discutir únicamente sobre lo que el otro no debía exigir.

—¿Has respondido ya a Lykos? —preguntó.

—Le he confirmado que puede contar conmigo para preparar los encargos de Rodas. Todavía tenemos que fijar algunas fechas y saber con qué representantes podré trabajar.

Sophia asintió.

Titus había anunciado que respondería después de cerrar ciertos asuntos relacionados con las reservas. Había cumplido lo que dijo. Ella no podía reprochárselo ahora.

—Entonces no puedes retirar esa palabra porque hayamos hablado.

—No pienso hacerlo.

Sophia sintió alivio al escucharlo.

No deseaba que Titus renunciara a un trabajo importante mientras ella mantenía intactos todos los compromisos de su familia. Aquella clase de sacrificio podía parecer generosa en una tarde de reconciliación y convertirse después en una deuda difícil de soportar.

—Lykos te ha ofrecido ese encargo porque confía en ti —dijo—. No quiero que lo rechaces para demostrarme que soy importante.

—Ni yo quiero que aceptes marcharte solo para demostrar que podrías hacerlo.

Sophia lo miró.

Habían llegado a un punto incómodo: ninguno estaba dispuesto a exigir una renuncia, pero tampoco querían volver a despedirse sin haber explorado otras posibilidades.

No bastaba con una declaración.

Había decisiones tomadas, obligaciones con terceros y una vida construida durante siete años que ninguno podía descartar por impulso.