Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 22. Dos decisiones cerradas
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Capítulo 22. Dos decisiones cerradas

Sophia había dedicado buena parte de la mañana a asuntos que otras personas podían resolver.

El primero fue una consulta sobre la retirada de unas ánforas.

Menandros había dejado instrucciones precisas en el tercer edificio, y la fecha figuraba en la relación de movimientos aprobada tres días antes.

Aun así, cuando Sophia llegó, el encargado le preguntó si deseaba comprobar personalmente las marcas.

Estuvo a punto de aceptar.

Conocía al depositante y recordaba la ocasión en que sus hombres confundieron dos partidas. El error había retrasado una entrega y obligado a descargar un carro entero. Una comprobación llevaría poco tiempo; bastaba con abrir el depósito y comparar los recipientes con la relación escrita.

Pero Menandros había establecido precisamente ese procedimiento. Los encargados debían cotejar las marcas antes de que los porteadores tocaran la mercancía.

Sophia pidió la tablilla y comprobó que las instrucciones eran correctas.

—Seguid lo que ha dispuesto mi hermano —dijo.

El encargado inclinó la cabeza y regresó al trabajo.

Ella salió del edificio sin acompañarlo.

Había defendido durante semanas la necesidad de distribuir las responsabilidades. Menandros había aprendido a organizar las entradas, los trabajadores conocían las condiciones y la casa empezaba a depender menos de las decisiones de una sola persona.

Sin embargo, mientras atravesaba el patio, tuvo que resistirse a regresar para comprobar que el encargado estaba haciendo exactamente lo que su hermano había indicado.

Continuó hacia el siguiente depósito.

Allí encontró una cuenta preparada para su aprobación.

El precio de custodia coincidía con el acordado, los días adicionales estaban bien calculados y la relación conservaba las marcas correspondientes al depositante.

Sophia la revisó, confirmó el gasto dentro de las atribuciones que Herakleon le había confiado y devolvió la tablilla.

El encargado empezó a explicarle cómo pensaba organizar la entrada de la partida siguiente.

Sophia escuchó hasta que comprobó que conocía las condiciones.

—Entonces puedes ocuparte de ello —dijo.

El hombre parecía dispuesto a añadir otra pregunta, pero terminó por asentir.

Sophia salió a la calle.

La mañana estaba avanzada. Un conductor intentaba hacer girar su carro entre dos edificios mientras otro le gritaba que esperara a que despejasen el paso. Cerca de un taller, un muchacho cargaba haces de leña sobre una mula que no mostraba ningún interés por continuar.

Todo funcionaba con las dificultades habituales.

La ciudad no había cambiado porque ella y Titus hubieran discutido el día anterior.

Sophia siguió caminando, incómoda consigo misma.

Recordaba la despedida junto al desvío que conducía hacia las dependencias de Leontios.

Titus le había deseado éxito con la ampliación comercial; ella le había deseado un buen viaje.

Después hablaron de fechas y reservas como dos personas perfectamente capaces de separar los asuntos privados de sus obligaciones.

Aquella corrección le había dolido más que una discusión.

Durante la noche volvió varias veces a la conversación. Al despertar, ya no estaba tan segura de las razones con las que había intentado explicársela.

Titus no había recibido una orden que lo obligara a marcharse. Lykos le ofrecía un trabajo importante y él había decidido que las condiciones convenían a la carrera que llevaba años construyendo.

Sophia tampoco estaba obligada a supervisar personalmente toda la próxima temporada. Menandros había presentado otra distribución, y Herakleon no la había rechazado.

Los dos habían tenido alternativas.

Lo que ninguno hizo fue preguntarle al otro qué deseaba antes de cerrar su propia decisión.

Al llegar a casa, Sophia dejó las tablillas sobre la mesa de cuentas y pidió que las consultas ordinarias quedaran en manos de sus responsables hasta después de la comida. Si surgía una dificultad que no pudieran resolver, podrían acudir a ella.

Después mandó llevar un recado a Titus.

No buscó una excusa relacionada con el puerto. Le pidió que encontrara un momento para hablar antes de terminar la tarde, cuando hubiera atendido sus obligaciones inmediatas.

Entregó el mensaje sin añadir explicaciones.

Le habría resultado sencillo aplazar aquella conversación hasta la siguiente reunión profesional. Titus tendría que acudir a revisar las reservas y ambos podrían encontrarse delante de Menandros, Leontios o Philostratos.

Pero ya habían permitido que demasiadas decisiones quedaran protegidas por conversaciones de trabajo.

Sophia no quería repetirlo.

El patio posterior de la casa donde se alojaba Titus era menos concurrido que las habitaciones destinadas a recibir visitas.

Sophia lo había visto de paso en una ocasión anterior. Era un espacio rectangular, con una pequeña pila de piedra, dos bancos y una parra que trepaba por el muro más soleado. Desde una abertura se distinguían los tejados de varias casas. Por encima de ellos ascendía el humo de algún hogar.

Cuando llegó, la sombra todavía no cubría la mitad del suelo.

Titus estaba junto a la pila.

Había apartado una cesta vacía de uno de los bancos y sostenía una copa de agua. Al verla, dejó la copa sobre la piedra.

—He recibido tu recado.

—Gracias por encontrar tiempo.

—Había terminado lo que tenía previsto.

Sophia cruzó el patio.

Al otro lado de la casa se oían las voces de unos hombres que descargaban algo pesado. Uno pidió que acercaran otro soporte; después llegó el golpe de la madera contra el suelo.

Titus señaló el banco libre.

Sophia permaneció de pie.

Había preparado varias maneras de comenzar, y ninguna le pareció adecuada ahora que lo tenía delante.

—Ayer me marché sin terminar nuestra conversación —dijo al fin.

—Lo sé.

—No porque me faltaran cosas que decir. Me resultó difícil decidir por dónde empezar.

Titus esperó.

Sophia dejó que los hombres del otro patio terminaran de mover su carga antes de continuar.

—No he venido a pedirte que renuncies a Rodas.

—No he supuesto que fueras a hacerlo.

—Quiero empezar por lo que decidí yo.

Titus se apoyó ligeramente en el borde de la pila.

Sophia reconoció aquella manera suya de escuchar sin interrumpir.

Durante las últimas semanas había agradecido muchas veces su paciencia, sobre todo en reuniones donde varios hombres discutían a la vez.

Pero ahora necesitaba que la conversación llegara más lejos de lo que habían llegado las anteriores.

—He aceptado supervisar toda la próxima temporada —dijo—. Menandros había presentado un reparto distinto. Conocía los gastos, había calculado las reservas y estaba dispuesto a encargarse de una parte mayor del trabajo.

—Lo recuerdo.

—Padre no lo había rechazado. Fuimos nosotros quienes tuvimos que elegir.

Titus asintió.

—Y preferiste mantener la supervisión.

—Sí.

Sophia empezó a caminar despacio junto al banco.

—Llevo muchos años pensando que, si dejo una responsabilidad en otras manos, terminaré teniendo que corregir lo que salga mal. Algunas veces ha ocurrido. Pero la mayoría de esas equivocaciones pertenece a una época en la que Menandros todavía estaba aprendiendo.

Se detuvo.

—Ayer sabía que podía encargarle más cosas. Lo sabía tan bien como hoy.

—Tu padre confía en tu experiencia.

—Y esa confianza me ha servido para no preguntarme cuándo he dejado de ser imprescindible.

Titus apartó la copa hacia el extremo de la pila.

Sophia se sentó por fin.

La piedra conservaba algo del calor acumulado durante el día. Apoyó las manos sobre las rodillas y continuó:

—Cuando padre preguntó quién debía responder por las nuevas reservas, podría haber propuesto que Menandros llevara el tercer edificio. Yo conservaría las relaciones antiguas y los acuerdos de mayor duración. Habríamos discutido las condiciones, quizá durante varios días.

—Pero no lo propusiste.

—No. Preferí aceptar toda la responsabilidad y terminar la discusión.

Titus se sentó en el otro banco.

Sophia levantó los ojos hacia él.

—Y después fui a preguntarte qué pensabas hacer tú.

Él no respondió enseguida.

—No fue justo —añadió ella.

—No estabas obligada a decidir los asuntos de vuestra casa pensando en mí.

Sophia sintió una punzada de impaciencia.

—Eso es precisamente lo que quiero discutir.

Titus la miró.

—Explícate.

Ella tomó aire.

No deseaba convertir su error en un reproche. Había acudido para hablar de las decisiones de ambos, y no podría hacerlo si utilizaba la conversación para demostrar que la suya era la menos grave.

—Cada vez que llegamos a algo importante, empezamos por decidir qué no debemos pedirle al otro. Tú no estás obligado a quedarte. Yo no estoy obligada a marcharme. Ninguno tiene derecho a exigir que el otro abandone su trabajo.

—Son cosas que debemos tener en cuenta.

—Por supuesto. Pero las repetimos con tanta seguridad que terminamos sin preguntar qué querríamos hacer si existiera una forma de continuar juntos.

Titus bajó la vista hacia las losas.

Sophia esperó.

—Cuando ayer te pregunté si habías considerado otras condiciones con Lykos —continuó—, me dijiste que la oferta te convenía tal como estaba.

—Es verdad.

—Y que no habías visto ninguna razón para modificarla después de escucharme aceptar toda la próxima temporada.

—También dije eso.

—Entonces decidiste de antemano que sería injusto pedirme que cambiara mi trabajo. Y, como ya habías llegado a esa conclusión, tampoco encontraste razones para discutir tus propios encargos.

Titus apartó la espalda del muro.

—Sophia, te escuché comprometerte delante de tu padre y de tu hermano.

Conocías la propuesta de Lykos. Habíamos hablado de ella varias veces.

Aun así, aceptaste una responsabilidad que te mantendría ocupada durante toda la temporada sin preguntarme qué imaginaba hacer yo cuando terminara este encargo.

—Lo sé.

—No intervine porque estabais decidiendo asuntos de vuestra casa. Menandros tenía derecho a presentar su propuesta y Herakleon a escucharla. Yo había acudido para revisar otros acuerdos.

—No creo que debieras haber intervenido delante de ellos.