Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 21. Hacia Rodas #3
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Capítulo 21. Hacia Rodas #3

—Cuando estén cerrados los acuerdos que me trajeron a Éfeso y Lykos tenga dispuestos a los representantes. Él habló de unas semanas, según los barcos y las primeras reuniones. No me ha fijado aún un día.

—De modo que seguirás aquí mientras terminen los trabajos junto al puerto.

—Eso es lo convenido. No dejaré una distribución a medias para llegar antes a Rodas.

—No he pensado que lo hicieras.

—Lo sé. Quería que lo tuvieras claro.

Sophia observó a unos hombres que discutían en la entrada de una calle estrecha porque habían descargado varias cestas delante de la vivienda equivocada.

Uno de ellos señaló la marca del propietario y el otro reclamó que apartaran las cestas antes de que llegara su carro.

Aquella clase de incidentes había ocupado buena parte de los días que ella y Titus llevaban trabajando juntos.

De haber ocurrido en uno de sus depósitos, habrían sabido a quién avisar y cuánto espacio dejar libre.

Ninguna dificultad se arreglaba suponiendo que alguien más se ocuparía de ella.

—A Menandros le vendrá bien saber que no contamos contigo para la próxima temporada —dijo Sophia.

Titus giró hacia ella.

—Nunca le he prometido que estuviera aquí entonces.

—No. Y él no lo ha supuesto. Me refiero a que, al preparar las cuentas, debemos distinguir lo que ya podemos resolver de lo que todavía requiere tu experiencia. Hemos aprendido mucho, pero hay condiciones que conviene dejar por escrito antes de que te marches.

—Podemos empezar mañana. Algunas casas querrán seguir consultándome cuando esté fuera, y eso no sería útil si sus responsables no conocen los acuerdos.

La respuesta les ofreció otro asunto que podían organizar juntos.

Sophia habló de los depositantes más antiguos, de las advertencias que deberían recibir los encargados y del modo en que Menandros podía reunir las excepciones sin depender de ella para cada una.

Titus escuchó y añadió dos nombres. No se mostraron afectuosos ni distantes; resolvieron lo que estaba delante porque hacerlo les seguía importando.

Cuando alcanzaron el desvío que llevaba a las dependencias de Leontios, Titus se detuvo.

Podía continuar hacia el puerto, y Sophia necesitaba regresar a la casa para entregar la copia de las fechas.

Durante unos instantes los separó apenas el espacio necesario para que pasara un hombre con una cesta sobre el hombro.

—¿Vas a decirle hoy a Lykos que estás dispuesto a aceptar? —preguntó Sophia.

—Primero terminaré estas notas. Después le mandaré respuesta. No quiero que tenga que elegir otro representante por esperar una decisión que ya puedo darle.

—Entonces espero que el viaje salga bien.

Lo dijo porque era verdad. Deseaba que llegara a Rodas sin incidentes y que las casas escucharan sus razones. La amargura que sintió no procedía de desearle otra suerte, sino de no encontrar una manera de alegrarse por aquella oportunidad sin imaginar al mismo tiempo la pérdida que podía traerle.

Titus la miró un instante antes de contestar.

—Gracias. Y espero que la ampliación de vuestra casa sea tan útil como Menandros calcula.

Sophia casi sonrió ante la precisión de aquella respuesta. Cada uno deseaba al otro exactamente el éxito que había elegido. La fórmula era irreprochable y, por eso mismo, insuficiente.

—Nos veremos para las reservas —dijo ella.

—Sí. Hay todavía bastante que terminar.

Titus le devolvió la tablilla destinada a Menandros. Al recogerla, Sophia rozó sus dedos. Él no retiró la mano con brusquedad, pero tampoco aprovechó el contacto para acercarse. Luego se volvió hacia las oficinas de Leontios y ella tomó la calle que conducía de regreso a casa.

En el camino tuvo que detenerse junto a la sombra de un muro porque un grupo de porteadores ocupaba el paso con una carga demasiado ancha.

Esperó mientras decidían cómo girarla sin dañar las vasijas de un puesto próximo.

En otras circunstancias habría seguido andando en cuanto hubiera encontrado sitio.

Aquella mañana permaneció allí después de que el camino quedara libre.

Podía regresar a tiempo para las cuentas, acudir a las visitas previstas y cumplir cada acuerdo que acababa de asumir.

Titus podía terminar su encargo y marcharse hacia Rodas con una recomendación sólida y trabajo por delante.

Dentro de unos meses ambos podrían mirarse y reconocer que habían tratado al otro con toda la consideración debida.

Sophia recordó una despedida de siete años atrás: una conversación sin reproches, una decisión que parecía sensata por ambas partes y la convicción de que no tenían derecho a pedir nada más.

Había llegado a creer que la diferencia entre entonces y ahora bastaría para cambiar el desenlace. Pero acababan de disponer sus vidas con la misma corrección, dejando fuera de ambas un deseo que ninguno había sabido convertir todavía en una pregunta.

Si seguían así, podrían despedirse de nuevo sin haberse hecho ningún daño que pudieran señalar. Y ella sabía cuánto podía doler una separación semejante.