Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 21. Hacia Rodas #2
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Capítulo 21. Hacia Rodas #2

—Importa —respondió él—. No voy a fingir que estas semanas han sido solo trabajo. Pero tú has aceptado ocuparte de la próxima temporada. No quiero convertir nuestro reencuentro en una exigencia para que abandones algo que acabas de comprometerte a hacer.

La frase era razonable, casi generosa. Sophia la reconoció con una incomodidad inmediata.

Ella misma había utilizado el día anterior una fórmula parecida para no condicionar la carrera de Titus.

Había creído ofrecerle libertad; ahora, al recibir una consideración equivalente, descubría lo cerca que podía estar de quedarse sin nada que pedir.

—No te he dicho que quiera abandonar mis responsabilidades.

—Lo sé.

—Ni que solo exista una manera de cumplirlas.

Titus miró las tablillas que ella había llevado. No las tocó.

—Ayer me dijiste que habías aceptado supervisar el conjunto durante toda la temporada. He entendido que esa es la responsabilidad que deseas asumir.

—Es la que he asumido —corrigió Sophia.

Él aceptó la distinción con una inclinación leve de cabeza.

A Sophia le molestó haberla formulado demasiado tarde.

En la reunión familiar nadie le había exigido comprometerse personalmente durante meses.

Menandros había ofrecido un reparto distinto y Herakleon no había cerrado la posibilidad hasta escucharla.

Se había mostrado tan segura que ahora cualquier duda podía parecer una forma de echar la culpa a los demás.

—Pensé que comprenderías por qué lo hice —dijo.

—Lo comprendo. Hay depositantes que confían en ti desde hace años y una ampliación que todavía no ha pasado una temporada completa. No he dicho que hayas tomado una decisión absurda.

—Pero has interpretado que no hay otro lugar para mí fuera de ella.

Titus deslizó el estuche hacia un lado para que pudieran apoyar las manos sobre la mesa sin tocar las notas.

—He escuchado que te comprometías a permanecer aquí mientras se organiza. No me parecía justo proponerte que hicieras algo distinto cuando ya habías dado tu palabra.

Sophia reconoció la prudencia que había apreciado en él desde su regreso.

Titus no pretendía ordenar su vida ni hacerle sentir que elegir Éfeso era una falta de amor.

Eso había sido parte de lo que la atrajo de nuevo hacia él.

Sin embargo, quería preguntarle si la había imaginado alguna vez a su lado en una de aquellas travesías y temía que la respuesta, fuese cual fuese, dejara al descubierto lo poco que ella misma había imaginado con libertad.

—¿Has considerado alguna alternativa a la propuesta inicial? —preguntó.

—He revisado los gastos y las fechas, por si había algo que no pudiera cumplir. Pero el trabajo funciona tal como Lykos lo ha planteado. No vi razón para pedirle otra estructura.

—Podrías haberlo hecho.

—¿Para qué? —La pregunta llegó sin desafío—.

¿Para permanecer más tiempo en Éfeso mientras tú diriges una temporada que ya has aceptado dirigir?

Podría intentarlo, pero tendría que explicar qué parte del trabajo de Rodas quedaría sin cubrir y por qué.

No estoy seguro de que sea una petición razonable en estas condiciones.

Sophia abrió la boca y volvió a cerrarla.

Sabía que Lykos necesitaba una persona capaz de desplazarse entre representantes que no podían acudir todos a la misma ciudad.

También sabía que Titus no era un criado sujeto a sus órdenes; los encargos dependían de acuerdos privados y de una confianza acumulada durante años.

Pedir cambios tenía un coste, incluso cuando la otra parte estaba dispuesta a escucharlos.

No quería que Titus sacrificara una ocasión legítima para demostrarle algo que ella ni siquiera le había pedido.

—No te estoy diciendo que debas rechazarlo.

—No he pensado que me lo estuvieras diciendo.

—Entonces estamos hablando de algo que ninguno quiere pedir.

Titus tardó un momento en contestar.

—Tal vez. Pero no quiero atribuirte un deseo que no has expresado, Sophia.

Ella volvió la cabeza hacia la ventana. En el patio interior un paño se había soltado por una esquina y golpeaba suavemente la pared. Le habría gustado salir para sujetarlo, ocuparse durante un instante de un problema con una solución tan evidente. Continuó sentada.

—Siete años atrás tampoco nos pedimos nada que el otro pudiera negarnos —dijo al fin.

—Recuerdo que hablamos de ello.

—Hablamos de nuestras obligaciones. De cuánto necesitaba quedarme yo y de cuánto podías ganar tú si aceptabas aquella salida.

—Eran razones verdaderas.

—Lo siguen siendo ahora.

Titus no respondió de inmediato. Sophia pudo oír el ruido de unas sandalias al otro lado de la puerta, un intercambio de palabras sobre un cargamento de aceite y el roce de una cesta contra el muro.

Aquella habitación seguía siendo un lugar de trabajo, y a ninguno de los dos le pertenecía el silencio que necesitaban.

—No te he ocultado la oferta —dijo él—. No he tomado ningún compromiso con Lykos antes de hablar contigo.

—Lo sé. Me lo dijiste en cuanto llegó la carta, me dejaste escuchar su propuesta y me has contado tu decisión antes de responderle. No puedo reprocharte nada de eso.

Sophia oyó en su propia voz una serenidad que la indignó.

Estaba enumerando actos correctos como si de esa suma debiera salir un resultado soportable.

Titus había actuado de buena fe. Ella también.

Y aun así, si ninguno alteraba el curso que había elegido, las semanas que quedaban podían terminar en una nueva despedida.

—No he venido aquí para pedirte que respondas de otra manera —añadió—. He venido por las reservas. Pero me alegro de que me lo hayas dicho ahora.

—Prefería que lo oyeras de mí.

Ambos permanecieron en silencio. Sophia miró el estuche de Titus, la copa de agua sin tocar y las tablillas que habían corregido juntos.

No había ninguna causa ajena a ellos a la que pudieran atribuir la dificultad.

Ni un pariente había intervenido para separarlos ni Lykos les había impuesto una decisión imposible.

Las condiciones estaban abiertas, dentro de sus límites, y cada uno había elegido la parte del futuro que conocía mejor.

Titus recogió por fin las notas de las reservas.

—Debo enviar esto a Leontios antes del mediodía. Si quieres, puedo acompañarte hasta la calle. De camino dejaremos el aviso de Philon para que Menandros no espere una respuesta que ya tenemos.

La propuesta práctica, ofrecida con la misma voz de siempre, le permitió respirar con normalidad.

Sophia se levantó y recogió sus tablillas.

No quería que una conversación dolorosa impidiera cumplir lo que habían prometido a otras personas.

Al ponerse el manto advirtió que Titus había doblado una esquina de la tela que estaba a punto de engancharse en el broche.

Él la soltó con cuidado y retiró la mano.

El gesto, tan sencillo, la afectó más que cualquier despedida que hubieran podido ensayar.

Salieron al corredor. La casa seguía ocupada: de una estancia llegaban cuentas pronunciadas en voz alta y del patio el golpe seco de un cajón al cerrarse.

Titus saludó al encargado de la puerta y esperó a que Sophia pasara primero.

Afuera, la luz de media mañana hacía brillar las piezas de bronce expuestas ante un taller cercano.

Un vendedor levantaba una tela para protegerlas del polvo que traía un carro.

Caminaron hacia la calle más ancha. Sophia no sabía si continuar con lo que habían dejado pendiente o agradecer el refugio que ofrecían los asuntos corrientes.

Titus iba a su lado sin buscar su mano. Ella tampoco hizo ademán de tomar la de él, aunque recordaba exactamente cómo se había sentido al hacerlo en el patio de Thaleia, cuando todavía no conocían con precisión las decisiones que tendrían que enfrentar.

—¿Cuándo saldrías? —preguntó después de un trecho.