Capítulo 21. Hacia Rodas
A la mañana siguiente, Sophia descubrió que era posible arrepentirse de una conversación sin desear retirar una sola de las palabras pronunciadas.
Mientras examinaba la relación de las entradas previstas para aquel día, seguía oyendo la pregunta de Titus al final de la tarde anterior: «¿Ya has aceptado?
». Le había respondido que sí porque esa era la verdad.
La casa había enviado su compromiso, Herakleon había dado su aprobación y los hombres que trabajaban en los depósitos necesitaban saber qué se esperaba de ellos durante los meses siguientes.
Ni siquiera después de dormir encontraba razones comerciales suficientes para modificar lo acordado.
Había razones de otra clase, pero todavía no sabía cómo expresarlas sin convertirlas en una petición dirigida a Titus.
Sobre la mesa quedaban dos notas que Menandros había preparado la víspera.
Una establecía qué responsables podían autorizar una retirada cuando ella estuviera ausente; la otra recogía los nombres de los depositantes que preferían tratar directamente con la familia.
Sophia había pedido ambas listas y ahora observaba que la primera era más larga de lo que había supuesto.
Su hermano conocía a los encargados, sabía qué promesas podían cumplir y había resuelto durante aquellas semanas incidentes que antes habrían llegado hasta la estancia de cuentas.
La distribución que él proponía seguía siendo viable, pese a la decisión que ella había tomado.
Dejó el estilo junto al borde de la mesa.
Ya no podía fingir que Menandros fuese incapaz de ocuparse de una parte mayor del trabajo.
Tampoco estaba dispuesta a entregarle una temporada entera solo porque Titus tuviera la posibilidad de marcharse.
Una resolución tomada para retener a un hombre sería tan injusta para su hermano como para ella misma.
Lo que la inquietaba era haber aceptado la responsabilidad sin conceder a nadie, ni siquiera a Titus, la oportunidad de preguntarle si esa era la vida que deseaba.
Recogió las notas destinadas a la revisión de las reservas portuarias.
Titus debía encontrarse aquella mañana en la estancia que utilizaba cerca de las dependencias de los transportistas.
Necesitaban comparar dos nombres y confirmar que la puerta menor del tercer edificio quedaría libre el día de una retirada importante.
Podía enviarle las tablillas por un criado, pero había prometido hablar personalmente con él antes de que se confirmaran las fechas.
Aquel motivo bastaba para justificar la visita.
No sabía si le agradaba disponer de una razón tan razonable.
Al salir de la casa encontró las calles ya llenas de actividad.
Un carretero esperaba a que terminaran de descargar unas cestas y discutía con el dueño de la mercancía por el espacio que le habían hecho perder.
Más adelante, un hombre hacía avanzar a dos mulas junto a una hilera de puestos cubiertos por toldos.
Sophia conocía aquellos tramos desde niña y podía recorrerlos sin pensar en cada desvío.
Esa mañana se detuvo dos veces para dejar pasar carros y una tercera para apartarse de unos trabajadores que transportaban una pieza de madera demasiado larga para la calle.
Le pareció extraño que la ciudad continuara organizándose en torno a dificultades tan pequeñas mientras ella tenía pendiente una pregunta capaz de ocuparle el pensamiento entero.
La estancia de Titus estaba en la parte posterior de una casa comercial que alquilaba habitaciones a agentes de paso.
No era un lugar lujoso. La puerta de la calle daba a un corredor desde el que se oían voces ocupadas en cuentas y disputas sobre plazos.
Sophia había acudido allí otras veces para entregar noticias, pero solía encontrarlo preparado para salir y resolver los asuntos en el patio.
En aquella ocasión lo vio a través de la puerta abierta, sentado ante una mesa cubierta con tablillas y hojas enrolladas.
Había dejado el manto sobre un banco. Llevaba una túnica sencilla con las mangas recogidas y sostenía una pequeña regla de madera sobre una relación de fechas. Al verla, separó el instrumento del escrito y se levantó.
—Has venido temprano.
—Quería comprobar las reservas antes de que Menandros se comprometiera con los transportistas. Si hemos de cambiar alguna hora, preferiría que lo supiera hoy.
—Las últimas correcciones están aquí. Entra.
Titus apartó un estuche para dejarle sitio.
La habitación recibía luz de un patio interior, donde alguien había tendido una cuerda con paños húmedos.
Había dos bancos, un arcón de madera y una jarra de agua cubierta con una tela.
Sophia recordó que él podía trabajar en cualquier lugar que ofreciera una mesa firme y espacio para guardar documentos.
Durante años había imaginado sus estancias en puertos lejanos como versiones del cuarto donde lo había conocido, pero aquel lugar no le habría dicho nada sobre el hombre que allí vivía si no lo hubiese encontrado dentro.
Dejó las tablillas sobre la mesa.
—Menandros quiere asegurar la entrada de Philon antes de la última retirada. El carro que llega desde el camino de Magnesia utilizará la otra puerta, pero no sabemos si el depositante va a mandar dos vehículos en lugar de uno.
Titus consultó una nota.
—Ayer confirmó uno. Puedo pedir que avise si cambia de idea, aunque ya le advertimos que no puede ocupar dos turnos sin permiso.
—Eso resolvería la entrada. Para la retirada prefiero mantener medio día de margen. Las cargas pequeñas suelen dar más problemas cuando todos creen que pueden salir a la misma hora.
Revisaron las dos fechas. Titus propuso invertir el orden de una entrega y Sophia señaló que el encargado de la segunda casa no podía presentarse antes del mediodía.
Bastó con mover otra carga al día siguiente.
El acuerdo no tenía nada de extraordinario, y precisamente por eso le resultó doloroso a Sophia advertir la facilidad con que continuaban comprendiéndose cuando hablaban de algo que ambos podían poner sobre la mesa.
—Así quedará libre la entrada menor —dijo Titus, señalando la última marca—. Menandros podrá mantener el turno que había ofrecido.
Sophia asintió. Observó cómo corregía el nombre en la tablilla y esperó a que terminara. Él guardó el estilo, pero dejó el estuche abierto.
—Hay otra cosa que quería decirte —añadió.
No había cambiado el tono. Sophia notó, sin embargo, que había apartado las relaciones de carga, como hacía cuando no quería mezclar un acuerdo con otro. Le vino a la memoria su breve conversación del día anterior. Esta vez no tendría una respuesta preparada.
—Te escucho.
—He vuelto a examinar la propuesta de Lykos. Estoy dispuesto a aceptarla con las condiciones que me presentó.
Sophia miró el estuche abierto. En una de las hojas distinguió los nombres de dos casas de Rodas, escritos con la mano de Titus, pero él no hizo ademán de enseñársela como si la decisión necesitara apoyarse en pruebas.
Se lo había dicho de frente. Eso era lo que ella había deseado que ocurriera cuando comprendió que la carta de Lykos podía modificar su futuro.
—¿Has hablado ya con él?
—No para darle una respuesta definitiva. Le he pedido que conserve las fechas que discutimos. Antes de que salga hacia Esmirna quiero decirle que puede contar conmigo para preparar el viaje. Necesitaba decírtelo a ti primero.
Sophia agradeció aquella precisión, aunque no disminuyó el peso de la noticia.
Todavía no había aceptado formalmente, pero la elección estaba hecha.
Cuatro meses en principio; quizá un quinto si las gestiones se prolongaban.
Las primeras reuniones en Rodas, desplazamientos posteriores según las obligaciones de las casas y la posibilidad de que los contactos con comerciantes vinculados a Siria abrieran otros trabajos.
Sophia había oído todas aquellas condiciones de boca de Lykos y no había encontrado ninguna que pudiera calificar de abusiva.
El hombre ofrecía a Titus confianza, independencia y una ocupación digna de la reputación que había construido.
—Es una buena propuesta —dijo.
—Sí. Y llega en un momento en que puedo cumplirla. Las reservas de Éfeso están dejando de depender de que yo esté presente cada día. Cuando terminen los últimos acuerdos, Leontios y las casas tendrán una distribución que podrán mantener sin mí.
—Nos ha costado bastante llegar hasta aquí.
—Y has hecho más de la mitad del trabajo que debía hacer posible esa distribución.
Titus pronunció la frase sin ofrecerla como consuelo.
Sophia conocía el mérito de lo que habían conseguido y no necesitaba que se lo recordaran para comprender la importancia de su partida.
El trabajo compartido estaba acercándose a su término.
La propuesta de Lykos le daba un destino al que ir después.
—¿Por qué has decidido aceptarla? —preguntó.
Él sostuvo su mirada antes de responder.
—Porque es el tipo de encargo para el que llevo años trabajando.
Conozco a varias de las casas que estarán en Rodas y puedo conseguir que las otras me escuchen.
No es una promesa vaga de fortuna. Sé lo que se espera de mí, lo que me pagarán y qué decisiones podré tomar.
Sería una torpeza despreciar todo eso sin un motivo que pudiera defender ante mí mismo.
Sophia pasó un dedo por la superficie lisa de la tablilla cerrada que tenía delante. No podía discutir ninguna de aquellas razones. Tampoco era cierto que deseara discutirlas. Lo que quería saber no aparecía entre las condiciones del viaje.
—¿Y lo que ha ocurrido aquí entre nosotros?
Titus se quedó quieto. Por el corredor se oyó a alguien llamar a un hombre que debía haber salido ya para recibir una carga. El ruido se alejó cuando una puerta se cerró más allá. Sophia había hecho la pregunta con más claridad de la que pretendía, y se alegró de no poder retirarla.