Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 20. La próxima temporada #3
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Capítulo 20. La próxima temporada #3

Damaris asintió, aunque no parecía especialmente satisfecha ni contrariada.

La resolución era práctica y correspondía a su marido adoptarla.

Menandros recogió sus notas para reunirlas con la respuesta.

Sophia se fijó en que había dejado sin tocar el pequeño aro de llaves.

No acababa de perder una autoridad que ya ejercía, pero había visto reducirse el alcance que pretendía darle.

—Queda una cosa —dijo él cuando Herakleon se dispuso a levantarse.

Su padre volvió a sentarse.

—Habla.

—Si Sophia supervisa todas las entradas y todas las excepciones, la ampliación demostrará que seguimos necesitándola para cada operación, incluso cuando haya más hombres trabajando. No sabremos si el reparto que hemos preparado funciona. Solo sabremos que ella puede sostenerlo todo otra temporada.

No había alzado la voz. Su objeción no era una queja por la pérdida de una tarea; estaba señalando un resultado que no aparecía en las cuentas.

Sophia le reconoció razón en una parte: esa prueba quedaría aplazada.

Lo que su hermano parecía no medir era el coste que podía tener un error durante el aprendizaje.

Él se había mostrado competente con el tercer edificio, sí, pero dirigir una sala no equivalía a responder por una red de acuerdos construidos durante décadas.

—La ampliación tiene que funcionar antes de convertirse en una prueba sobre nosotros —respondió—. No veo por qué habríamos de arriesgar lo que ya tenemos para demostrar que puedo apartarme.

—No te he pedido que te apartes de todo.

—Y yo no te he quitado lo que llevas.

Menandros miró a Herakleon, como si quisiera saber si debía continuar. Su padre negó despacio.

—Hemos escuchado tu propuesta. Volveremos a hablar de las responsabilidades cuando tengamos registros de una temporada completa. Por ahora responderemos con esta distribución.

Menandros inclinó la cabeza y dejó las tablillas delante de él.

Después recogió los dos pequeños estuches que había traído, pidió permiso para marcharse y salió al corredor.

Sophia estuvo a punto de seguirlo. La retuvo la necesidad de precisar con su padre el alcance de la promesa que acababan de hacer.

Herakleon leyó en voz alta la relación de espacios disponibles.

Hizo añadir que ninguna carga nueva podía desplazar a las antiguas y recordó que las reparaciones debían figurar entre los gastos antes de fijar el beneficio.

Sophia escuchó los términos, rectificó una fecha y dejó anotadas las condiciones que la casa estaba dispuesta a mantener.

No necesitó defender de nuevo su decisión.

Cuanto más ordenada quedaba la respuesta, más fácil le resultaba considerarla acertada.

Cuando el enviado de Leontios vino a recogerla, Herakleon salió con él para explicarle dos cláusulas. Damaris acompañó a Sophia hasta el patio, donde habían colocado una mesa con las jarras intactas de la mañana. Faltaban cinco, pero las demás ya estaban limpias y dispuestas para la comida.

—Al final el proveedor ha mandado a su hijo a recoger las rotas —comentó Damaris—. Ha preferido no discutir el precio otra vez.

Sophia tomó una de las jarras para comprobar una pequeña mancha en el asa. Su madre la dejó hacerlo y después se la quitó de las manos con una familiaridad casi divertida.

—A esta ya la he mirado yo.

—Se ve que hoy todos pensáis que quiero ocupar vuestro sitio.

—No he dicho eso.

Damaris colocó la jarra sobre la mesa. Sophia no esperaba que su madre volviera al asunto de la reunión; tampoco deseaba tener que justificarlo otra vez. Había sido una decisión suya y nadie la había obligado. Ese hecho debía bastarle.

—Tendrás bastante trabajo —dijo Damaris.

—Lo sé. Pero ya conocía gran parte de esas obligaciones.

—Una cosa es conocerlas y otra prometer que responderás por todas.

Sophia miró el pequeño espacio dejado entre las jarras. Damaris estaba comprobando que quedasen firmes; no había tono de reproche en sus palabras.

—No pienso estar en todos los sitios a la vez, madre. Menandros continuará con las entradas. Yo revisaré lo necesario.

—Entonces espero que sepáis reconocer qué es necesario.

Damaris llamó a una criada para que llevase la bandeja a la estancia del almuerzo.

Sophia se quedó junto a la mesa un momento más.

El comentario de su madre se parecía demasiado a lo que su hermano había intentado decirle, pero había una diferencia que le permitió conservar la tranquilidad: podía dejar a otros el trabajo cotidiano y seguir respondiendo si surgía alguna dificultad. Aquello era organizar, no desconfiar.

Encontró a Menandros cerca de la puerta del despacho, hablando con un criado encargado de llevar noticias al tercer edificio. Cuando el muchacho se marchó, él volvió a su tablilla sin esperar que Sophia se acercara.

—Quería asegurarme de que tienes copia de las condiciones —dijo ella.

—La tendrá Leontios antes de la tarde. Y he enviado el aviso a Timon para que no retrase el refuerzo de la puerta.

—Bien.

Menandros pasó la tablilla a la otra mano. Sophia reconoció una expresión cansada que le había visto después de jornadas de trabajo difíciles, aunque no podía atribuirle con certeza una causa.

—Has preparado muy bien el reparto —añadió—. Nada de lo decidido esta mañana cambia mi opinión sobre eso.

—Lo sé.

—Te deja más trabajo propio que hace un mes.

—También lo sé.

Su respuesta, sin aspereza, hizo más difícil continuar. Sophia habría preferido discutir una objeción nueva que escuchar aquella aceptación escueta. Miró el pequeño aro que él llevaba al cinturón.

—Confío en ti para el tercer espacio, Menandros.

—Entonces habrá que ver si consigo que funcione con tantas visitas tuyas como has prometido.

No sonó como una ofensa deliberada. Sophia estuvo a punto de recordarle que jamás había hablado de visitarlo todos los días, pero había ofrecido revisar cada excepción y cada relación importante.

Le habría sido imposible fijar entonces cuántas veces acudiría.

Su hermano tampoco pidió una cifra. Se despidió porque debía recibir a un transportista y salió sin que el desacuerdo hubiera alterado lo que cada uno haría aquella tarde.

Sophia regresó a la estancia de las cuentas.

La bandeja del desayuno había sido retirada y el calor empezaba a entrar por las ventanas abiertas.

Se sentó para redactar una copia de las condiciones destinada a los depositantes antiguos.

Había decidido llevar ella misma algunos de aquellos mensajes, no porque desconfiara del portador, sino porque los nombres requerían un saludo personal y dos o tres explicaciones que convenía dar de viva voz.

Al preparar las fechas vio que tendría ocupadas varias mañanas de las semanas siguientes.

Después vendrían las jornadas de revisión, las reuniones con su padre y las visitas que ya había anunciado.

Le gustaba parte de ese trabajo. Conocía a muchas de las personas a quienes acudiría, disfrutaba corrigiendo una condición injusta antes de que se convirtiera en costumbre y apreciaba que Herakleon pudiera confiar en su criterio.

Le molestó, sin embargo, descubrir que estaba buscando huecos entre aquellos compromisos como si todos existieran desde hacía meses.

Algunos los había fijado apenas una hora antes.

El recuerdo de Titus volvió al detener la punta del estilo sobre la cera.

Esa mañana él debía hablar con Leontios acerca de las reservas corregidas.

Después pasaría por la casa, como habían acordado al despedirse el día anterior.

Sophia había pensado en contarle el resultado de la reunión; incluso se había imaginado comentando con él qué dificultades podían surgir al ampliar el uso de los espacios.

Se dio cuenta de que ya no necesitaba su opinión para decidir.

La decisión estaba tomada y su familia había enviado la respuesta.

Se obligó a escribir los nombres que tenía delante.

Titus estaba examinando una propuesta distinta, igual de legítima, y ella no habría soportado que él esperase su autorización para aceptarla.

Habían hablado de aquello desde su regreso: ambos habían trabajado durante años para llevar una vida propia, y ninguno quería tratar la de otro como una concesión.

Sophia podía reconocer ese principio sin dificultad.

Lo que le costaba era imaginar cómo se aplicaría a los meses que vendrían si las dos vidas avanzaban en direcciones diferentes.