Capítulo 20. La próxima temporada #2
—Eso cubre las entradas —dijo Herakleon—. ¿Qué pasa con la custodia de una mercancía que se retira tarde? No quiero que nos dejen una sala ocupada porque a otro le conviene esperar un barco distinto.
—Las condiciones fijarán el pago por cada jornada añadida —respondió Menandros—. Si el depositante se niega a cumplirlas, no podremos reservarle la sala la vez siguiente.
—¿Y si es un cliente antiguo de tu hermana?
Menandros miró a Sophia, cediéndole la respuesta. Había algo deliberado en ese gesto: no ignoraba que ella conocía las relaciones que podía poner en riesgo una regla demasiado rígida.
—Con ellos hablaré antes de que firmen el siguiente acuerdo —dijo Sophia—. Algunos tienen costumbres que nunca quedaron escritas porque trataban con padre desde antes de que yo llevara las cuentas. Hay que decirles que esas excepciones ya no caben en un edificio compartido.
—¿Aceptarán? —preguntó Herakleon.
—No todos con gusto. Pero prefiero disgustarlos un día por una condición clara que discutir con ellos cuando la mercancía ya esté ocupando el espacio ajeno.
Damaris, sentada junto a la abertura del jardín, intervino para recordar que una de aquellas casas solía enviar a sus representantes mientras la familia celebraba comidas importantes.
No preguntó por los plazos ni por los precios; quiso saber si los mismos hombres esperarían que Sophia estuviera disponible cada vez que surgiese un desacuerdo.
—No deberían venir a la casa para todos los asuntos —respondió Menandros—. Quien se ocupe del tercer espacio puede recibirlos allí. Yo pensaba hacerlo durante la próxima temporada.
Herakleon dejó el pan y se inclinó sobre la mesa.
—Explícame cómo quieres repartirlo.
Menandros habló con la naturalidad de quien ya había ensayado las obligaciones delante de las personas que tendrían que cumplirlas.
Él asumiría las entradas y retiradas diarias del tercer edificio, los avisos a varios transportistas y la primera respuesta cuando una mercancía no llegara a la hora fijada.
Llevaría una cuenta separada, disponible para Herakleon, y se reuniría con Sophia cuando una operación afectase a los acuerdos antiguos o modificase las condiciones generales.
Ella seguiría tratando con los clientes que confiaban en su palabra y revisaría las relaciones de larga duración.
Los asuntos que excedieran el mandato concedido a ambos volverían al padre.
A Sophia le gustaba la propuesta. Había participado en la formación de muchas de aquellas reglas y podía reconocer su utilidad.
Le gustaba también escuchar a su hermano presentarlas con precisión.
Mientras hablaba, sin embargo, comenzó a contar lo que quedaba entre unas obligaciones y otras.
Un error en la suma de un pago que tardara semanas en descubrirse.
Un encargado que prefiriera conceder una excepción a tener que explicar un rechazo.
La demora de un transportista conocido, difícil de castigar porque la casa necesitaba sus carros.
Eran problemas ordinarios, y justamente por eso podían prolongarse sin que nadie advirtiera cuánto estaban costando.
—¿Cada cuánto piensas enseñarnos las cuentas? —preguntó.
—Al cierre de cada tramo de diez días. Si hay una diferencia importante, os la traeré antes.
—Diez días es mucho tiempo para descubrir un depósito mal registrado.
—Las entradas quedarán anotadas cuando se hagan. Lo que llevaré cada diez días es la cuenta reunida.
—Si todos cumplen el mismo procedimiento.
—Llevamos semanas usando el mismo procedimiento.
Sophia vio que su hermano había contenido una réplica. Ella conocía también aquel cuidado: los dos habían aprendido a discutir ante su padre sin dejar que la disputa alterase la decisión que tenían delante. Se inclinó sobre las tablillas y señaló el calendario.
—En los primeros meses habrá gente nueva, hombres que todavía no conocen las marcas, y algunos encargados antiguos que querrán conservar su manera de trabajar.
Podemos escribir normas muy claras y descubrir después que cada excepción exige una persona capaz de decidir a quién conviene atender.
Yo tendría que estar pendiente de esas conversaciones aunque no dirigiera la entrada.
—Sí —admitió Menandros—. Para las relaciones antiguas. Es lo que te propongo.
—Y de las otras si afectan a la confianza de la casa. Un solo error puede llegar a nuestro padre antes que una docena de entregas bien hechas.
Herakleon escuchaba sin interrumpir. A Sophia le resultó imposible saber cuál de las dos distribuciones prefería; estaba comparando plazos, como hacía ante un comprador que ofrecía dos modos distintos de pagar.
Al verla dudar, Damaris le acercó la jarra de agua que había quedado a su lado.
Sophia sirvió un poco en su copa y la dejó sin beber.
—Creo que debemos aceptar la ampliación —dijo—. Y creo que conviene que yo supervise personalmente el conjunto durante toda la próxima temporada, al menos hasta que sepamos si las reservas pueden mantenerse sin el arreglo temporal de los turnos.
La estancia permaneció ocupada por sonidos pequeños: las hojas de un árbol golpearon una contraventana; fuera, un criado pidió a otro que apartara una cesta del paso. Sophia oyó esos ruidos porque nadie respondió de inmediato.
—¿Hablas de conservar los acuerdos antiguos o de vigilar también las entradas nuevas? —preguntó Herakleon.
—De las dos cosas. Menandros puede seguir con el trabajo diario del tercer edificio, como ahora, pero revisaré los registros, las excepciones y los compromisos de todas las salas. Iré cuando sea necesario y estaré disponible para las decisiones que no puedan esperar.
Menandros apoyó una mano en la mesa.
—Eso es más de lo que haces ahora.
—Ahora también vigilo lo que aún no está asentado.
—Precisamente. Ya habíamos hablado de dejar de hacerlo con todo.
Sophia evitó buscar el apoyo de su padre. Se dirigió a Menandros, que seguía de pie junto a las tablillas.
—No te quito la llave ni las entradas. Si aceptamos otros depositantes, la responsabilidad de la casa aumenta. Alguien tiene que conocer las operaciones en su conjunto.
—Padre las conoce. Yo puedo llevar el tercer espacio. Tú puedes conservar los acuerdos que requieren tu trato. Así tendremos tres personas que sepan responder por su parte.
—Y tres personas tendrán que discutir cada vez que una carga atraviese el límite entre dos de esas partes.
—Para eso hemos hecho las relaciones comunes.
La observación era justa. Sophia lo sabía por las semanas que habían dedicado a fijar las horas y a corregir desacuerdos con Leontios.
Aun así, la posibilidad de que funcionaran de manera imperfecta durante los primeros meses le pareció demasiado cara para ponerla a prueba con los clientes de siempre.
Podía evitar parte de ese riesgo sin cambiar ninguna de las tareas que su hermano ya cumplía.
Tendría que dedicar más tiempo del previsto, desde luego, pero llevaba años organizando jornadas difíciles y no encontraba motivo para creer que habría dejado de poder hacerlo.
Herakleon acercó una de las tablillas.
—Si estás dispuesta a supervisar todas las reservas, tendremos una sola relación que me permita responder por ellas. Eso puede resultar útil mientras se asienta la ampliación.
—Padre —intervino Menandros—, también podemos hacer una relación común sin pedirle a Sophia que esté en cada decisión.
—Lo sé. Os estoy escuchando a ambos.
Herakleon volvió la mirada hacia ella.
—¿Es eso lo que deseas asumir, hija? No te lo he pedido. Mi intención era escuchar el reparto que pudierais sostener.
Sophia sostuvo su pregunta sin dificultad aparente.
Su padre estaba ofreciéndole una salida; podía retirarse a la parte de trabajo que Menandros había preparado para ella.
Bastaba con decir que lo habían organizado bien y que observaría cómo funcionaba.
Se imaginó recibiendo, algunos días después, una noticia que se habría podido evitar si ella hubiera leído antes la tablilla.
También imaginó a Herakleon obligado a dar explicaciones a una casa antigua porque nadie reconoció a tiempo una promesa hecha años atrás.
Aquellas posibilidades tenían suficiente fundamento para no desecharlas como temores sin importancia.
—Sí —respondió—. Conozco a quienes pueden poner más dificultades y sé cuánto tardan estas cosas en asentarse. Prefiero hacer el trabajo durante la temporada y después decidir si puede repartirse de otro modo.
Damaris dirigió una mirada a la lista de fechas.
—¿Durante toda la temporada? —preguntó—. Es bastante tiempo.
—Es el tiempo que necesitamos para saber qué estamos aceptando. Si resulta sencillo, mejor para todos.
Herakleon tomó la tablilla de la ampliación y la giró para leer la parte inferior.
Aquel gesto familiar precedía con frecuencia a una decisión.
Sophia esperó, consciente de que podía añadir algo más, precisar que no acudiría al tercer edificio cada mañana o proponer una revisión antes del término convenido.
No lo hizo. Había presentado su disponibilidad como una garantía; reducirla antes de que su padre decidiera le pareció una manera de quitar valor a su palabra.
—Entonces responderemos que sí —dijo Herakleon—.
Con los límites de espacio que ha calculado Menandros y sin alterar los compromisos anteriores.
Sophia supervisará el conjunto. Tú, Menandros, seguirás encargado del tercer edificio y prepararás los avisos para los transportistas.
Si cualquiera de los dos cree que necesitamos más hombres, lo discutiremos antes de contratarlos.