Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 20. La próxima temporada
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Capítulo 20. La próxima temporada

El encargado de la entrada había dejado dos tablillas junto a la puerta de la estancia de las cuentas, como hacía siempre que esperaba una respuesta antes del mediodía.

Sophia las encontró al entrar, aún con el manto sobre los hombros.

La primera contenía la relación de unos recipientes retirados la víspera.

La segunda, una nota de Menandros: había pedido a Timon que comprobara las vigas del tercer edificio antes de comprometer el espacio para la próxima temporada.

Sophia dejó la tablilla donde estaba. Su hermano había hecho bien en anticiparse.

Las reparaciones eran pequeñas si se comparaban con las que habían temido unas semanas atrás, pero comprometer una sala durante meses sin conocer el estado de sus apoyos podía convertir una ganancia modesta en una deuda difícil de explicar.

Desde el patio llegaba el ruido de una mujer que discutía con un proveedor por la entrega de unas jarras.

Sophia distinguió la voz de Damaris entre las otras dos.

Su madre no había elevado el tono; preguntó cuántas habían llegado enteras y ordenó separar las dañadas antes de contar el precio.

Aquel problema era de la casa, no de los depósitos, y se resolvía sin Sophia.

Sin embargo, cuando una criada apareció para retirar las tablillas usadas la víspera, Sophia estuvo a punto de pedirle que llevara también un recado sobre las jarras.

Se contuvo al recordar que Damaris seguía hablando con el proveedor.

La criada recogió lo indicado y se marchó.

Sophia se sentó junto a la ventana para repasar la cuenta que tendría que defender esa mañana.

El sol apenas alcanzaba la parte alta del muro, y la habitación olía a cera tibia y a la madera de los estuches abiertos.

Menandros había separado los gastos necesarios de aquellos que podían aplazarse: una reparación de soportes, el salario de dos hombres durante los días de mayor entrada, la limpieza del tercer espacio y el mantenimiento de una puerta secundaria que había evitado más de una disputa.

Las cifras estaban bien dispuestas. Sophia comprobó una suma por costumbre y volvió a obtener la misma cantidad.

Tenían delante una oportunidad razonable.

La casa podía conservar algunas de las cargas que había recibido durante los trabajos en el entorno portuario, sin prometer sitio a todos ni aceptar condiciones imposibles.

La ampliación no resolvería ninguna desgracia; Herakleon llevaba años manteniendo una actividad sólida.

Aun así, dejar marchar a depositantes que habían aprendido a confiar en ellos por el mero hecho de que las semanas más difíciles estaban terminando le parecía una torpeza.

Algunas relaciones comerciales se construían durante años.

Otras empezaban cuando una casa respondía bien en mitad de un problema ajeno.

Sophia volvió a contar los días en que una sala tendría que permanecer libre para los clientes antiguos.

El reparto propuesto por Menandros cabía en el calendario.

También cabían los pagos y el coste de los trabajadores.

Lo que todavía no encontraba lugar era la posibilidad de que algo fallara mientras ella se hallase lejos de la puerta donde ocurría.

—Has llegado antes que nosotros.

Damaris estaba en el umbral. Llevaba en una mano un pequeño trozo de cerámica rota que había conservado como muestra del daño.

—Quería mirar las cuentas con tiempo —respondió Sophia—. ¿Qué ha pasado con las jarras?

—Se han roto cuatro en el transporte. El proveedor quería que pagásemos también la quinta, que llegó agrietada. Hemos quedado en descontar las cinco y encargar otras para la semana próxima.

—¿Ha aceptado?

—Después de enseñarle la grieta. Si se hubiera empeñado, tu padre habría tenido que hablar con él, y a ninguno de los dos le habría gustado perder la mañana por una jarra.

Damaris depositó el fragmento en el borde de una mesa y miró las tablillas abiertas. Sophia esperaba una pregunta sobre la ampliación. Su madre, en cambio, se fijó en la pequeña pila que había a su lado.

—¿Todo eso es para la reunión?

—Parte. El resto son entradas de ayer.

—Entonces Menandros habrá dejado las suyas al otro lado. Las recogió antes de desayunar.

Sophia se inclinó para ver los nombres escritos en el extremo de una de las tablillas.

Eran los suyos, pero su hermano había añadido una corrección al margen con una mano ya familiar.

Damaris arrastró un banco hasta la pared y se sentó mientras examinaba el fragmento de cerámica.

No parecía haber venido a pedir consejo.

—¿Padre está conforme con conservar las cargas? —preguntó Sophia.

—Por lo que le oí anoche, sí, siempre que no se comprometa más de lo que podemos guardar. Prefiere escucharos a los dos antes de responder.

—Menandros ha preparado la cuenta.

—Y tú conoces a los depositantes que pueden sentirse desplazados. Os escuchará.

La respuesta era sencilla. A Sophia le habría resultado más cómoda si su madre hubiera tenido alguna reserva concreta que discutir.

Podía defender una cifra, un plazo o el estado de una viga.

Lo que le inquietaba aquella mañana pertenecía a la parte del trabajo que nunca aparecía escrita: los avisos que llegaban tarde, la gente que prometía retirar una carga y luego no acudía, los desacuerdos que se convertían en ofensas si nadie intervenía pronto.

—Cuando se acepte, habrá que estar encima al principio —dijo.

—Imagino que sí. Menandros lleva semanas haciéndolo.

Sophia repasó con la uña el canto liso de la tablilla.

Su madre se levantó para llevarse la pieza rota y dejó abierta la puerta.

Al cruzarla añadió que haría servir algo de pan antes de la reunión, pues Herakleon aún no había comido.

Sophia se quedó escuchando sus pasos. No había recibido ninguna objeción, pero tampoco el acuerdo que quizá había ido a buscar en aquellas palabras.

Menandros llegó poco después, con un rollo pequeño de notas atado por una cinta. Había estado en el tercer edificio y llevaba una mancha de polvo a la altura de la rodilla.

—Timon dice que podemos utilizar los dos apoyos de la sala interior —anunció—. El de la puerta necesita un refuerzo antes de las primeras lluvias, pero no hace falta dejar la sala cerrada hasta entonces.

—¿Te ha dado el coste?

—Lo ha prometido para mañana. He incluido la cantidad mayor que calculó al principio, para que no nos sorprenda si la madera sale más cara.

Sophia asintió. Él dejó sus notas junto a las de ella y comenzó a ordenarlas con rapidez.

Habían trabajado juntos muchas mañanas, pero durante años aquella escena había seguido un orden distinto: Menandros traía un problema; ella le decía cómo resolverlo; él salía a cumplir lo acordado.

En las últimas semanas le había oído explicar soluciones que había encontrado sin pedirle permiso.

El pequeño aro con la llave del tercer edificio colgaba de su cinturón.

Sophia aún llevaba consigo las otras dos, sujetas por una cinta bajo el manto.

—He dividido las nuevas reservas por semanas, no por depositantes —explicó Menandros—. Así se ve dónde nos queda espacio sin obligar a nadie a retirar los fardos antes de la fecha convenida.

Ella examinó la relación. Había previsto que el mismo lugar sirviera para dos partidas sucesivas siempre que una saliera antes de que llegara la otra. Era una previsión ajustada, aunque no imprudente.

—Entre las dos hay solo una jornada —señaló.

—Y una de las partidas pertenece a una casa que ya trabaja con nosotros. Su encargado acepta salir por la puerta pequeña antes de la hora de mayor movimiento. Lo he hablado con él.

—¿Y si el carro se retrasa?

—Le reservamos el margen que hemos usado este mes. Si no puede retirarse, se quedará fuera la carga siguiente hasta que podamos abrir sitio. No he prometido recibirlas a la vez.

Sophia siguió el recorrido de las fechas y dejó de buscar una corrección inmediata. Su hermano había pensado también en aquella dificultad.

—Es una buena cuenta —dijo.

Menandros levantó la vista. No sonrió, pero apartó hacia ella la tablilla de los gastos para que pudiese comprobar la otra cara.

—Entonces podremos explicársela a padre sin discutir por cada entrada.

—Eso espero.

Se encontraron con Herakleon en la habitación donde solía recibir a quienes trataban asuntos prolongados con la casa.

Damaris había mandado retirar las copas de la víspera y abrir las contraventanas que daban al jardín.

En una bandeja había pan, aceitunas y un cuenco de queso.

Herakleon tomó un trozo de pan antes de sentarse; después indicó a sus hijos que acercaran las tablillas.

—Leontios enviará un hombre al mediodía —dijo—. Si queremos conservar esas reservas, necesita saber cuánto espacio ofrecemos y quién responderá por él cuando termine el arreglo temporal de los turnos. No le daré una respuesta a medias para que tenga que venir dos veces.

Sophia había trabajado con él desde que era joven y reconoció el tono.

Herakleon no estaba exigiéndoles aceptar la ampliación.

Quería que una promesa, si se hacía, pudiera mantenerse.

Esa exigencia había servido a la casa antes de que Menandros y ella alcanzaran edad suficiente para discutir las cuentas, y era una de las pocas de su padre que Sophia nunca había deseado contradecir.

Menandros colocó las relaciones frente a él.

Explicó el coste, señaló los días de mayor carga y mostró cómo podían reservar un lugar fijo a los depositantes antiguos sin rechazar a los nuevos.

Herakleon interrumpió dos veces para preguntar por los trabajadores y una tercera para saber qué ocurriría si una partida llegaba con las marcas equivocadas.

Su hijo respondió con las condiciones que ya había acordado con Leontios y Titus durante las semanas anteriores.