Capítulo 19. La propuesta #3
Su hermano no parecía impaciente; quería una respuesta útil para organizar hombres y tiempo.
Sophia guardó la relación con las otras tablillas.
Era una oportunidad que también merecía ser considerada por sí misma.
La casa podía aumentar moderadamente su actividad sin exponerse a un riesgo desmedido, y Menandros había demostrado que deseaba sostener una parte importante del esfuerzo.
Sophia sabía hacerlo bien. Aquello no respondía todavía cuánto quería hacer ella.
Desde el patio llegaron las voces de Lykos y Titus despidiéndose. Sophia se acercó a la salida a tiempo de ver al comerciante ajustar el manto sobre un hombro.
—Agradezco el uso de vuestra mesa —le dijo Lykos cuando la vio—. Y la claridad de las fechas. En los puertos suele haber demasiadas personas que prefieren agradar a un visitante antes que decirle que no tienen sitio.
—Es más sencillo hacerlo hoy que explicarle mañana por qué no puede entrar —respondió ella.
Lykos sonrió.
—Titus me ha hecho escuchar esas mismas palabras con frecuencia. No siempre las acepté a la primera.
La observación tenía la ligereza de una broma antigua. Sophia vio a Titus negar con la cabeza.
—En una ocasión te las dije cuando ya habías reservado tres barcos —señaló.
—Y aun así tuve que reconocer que tenías razón. Nunca olvidaré cuánto me costó.
Se despidieron. Lykos salió acompañado por su hombre y tomó la calle que descendía hacia los espacios comerciales próximos al puerto.
No hubo conversación especial entre él y Sophia ni miradas de significado oculto.
Era un comerciante que había llegado con una propuesta para alguien a quien estimaba capaz y que continuaba con su jornada.
Titus se quedó unos momentos junto al umbral. Sophia reparó en que todavía llevaba el estuche abierto y en que una de las tablillas sobresalía bajo su brazo.
—Vas a perder una hoja —le dijo.
Él la acomodó sin mirar.
—Lykos habla con la misma rapidez con la que organiza sus viajes. He olvidado cerrar la tapa.
—Al menos te ha dejado tiempo para contestarle.
—Unos días. Tendré que leer las relaciones antes de decir nada más.
Sophia asintió. Podría haberle preguntado si deseaba marcharse a Rodas, pero la respuesta no habría sido tan sencilla como la pregunta.
También podía decirle que ella habría querido mantenerlo en Éfeso.
Esa confesión era verdadera y al mismo tiempo incompleta: seguía sin saber qué parte de su propio trabajo estaría dispuesta a confiar a los demás durante la temporada siguiente.
Entraron de nuevo para ordenar los papeles.
Titus pidió permiso a Herakleon para llevarse las copias que correspondían a Lykos; Menandros le señaló dónde había dejado la lista de turnos que necesitarían al día siguiente.
Sophia se ocupó de cerrar el arcón de los registros antiguos.
Tenían todavía asuntos que terminar antes de separarse, y trabajar sobre ellos ofrecía una comodidad que empezaba a reconocer demasiado bien.
—¿Qué impresión te ha dado? —preguntó Titus cuando quedaron junto a la mesa.
Sophia levantó la cabeza.
—¿Lykos?
—La propuesta. Has oído casi todo.
No esperaba que él se lo preguntara. Buscó una respuesta que no escondiera la calidad del trabajo tras lo que podría significar para ambos.
—Es buena —dijo—. Te ofrece cosas que otros hombres no confiarían a nadie sin vigilar cada paso. Has trabajado mucho para que puedan hablarte de esa manera.
Titus inclinó la cabeza, atento.
—Y también te pide meses —añadió Sophia—. Algunos en lugares donde ya conoces a las personas, otros con responsabilidades que todavía no están claras. Me parece sensato que quieras leer primero las condiciones.
—Eso he pensado hacer.
Sophia reconoció el cuidado de la respuesta. No era una aceptación ni un rechazo. Tampoco una invitación para que ella dictara qué debía hacer él. Se encontró agradeciendo y lamentando a la vez aquella prudencia.
—Lykos no me ha parecido un hombre al que haya que temer —dijo.
—No suele conseguir nada importante asustando a sus asociados.
—Te escucha.
—En asuntos en los que puedo demostrarle que merece la pena.
Un criado se acercó para pedir la tablilla de una reserva y Titus se apartó con naturalidad, dejando que Sophia resolviera la consulta.
La pregunta concernía a un antiguo cliente que deseaba recuperar dos ánforas antes de la hora convenida.
Ella mandó comprobar la marca y dar aviso al encargado.
Cuando volvió, Titus había cerrado el estuche y esperaba cerca del patio.
—Menandros necesita mañana una respuesta sobre las nuevas cargas —dijo Sophia mientras se acercaba a él—. O, al menos, que podamos discutir una distribución sin dejarla en suspenso mucho más tiempo.
—Me ha enseñado parte de su cuenta. La ha preparado bien.
—Sí.
No añadió que había pasado la noche anterior imaginando cómo supervisaría ella misma las entradas durante varios meses.
Le habría avergonzado utilizar la competencia de Menandros como argumento a favor de su propia permanencia.
Sin embargo, tampoco quería prometer una ausencia que aún no sabía cómo sostener.
Titus recogió su manto y la acompañó hasta la puerta del patio.
—¿Vendrás mañana? —preguntó ella.
—A primera hora tengo que ver a Leontios. Después pasaré por aquí para comparar las reservas. Si Lykos me envía alguna corrección, la traeré también.
—Entonces tendré ocasión de quejarme de todas las fechas que hayáis cambiado.
—Te dejaré las quejas por escrito para ahorrar tiempo.
Sophia sonrió. La broma les permitió avanzar los últimos pasos sin convertir el camino en una conversación sobre meses que ninguno había elegido todavía.
Afuera seguían oyéndose los pregones y el ruido de los carros.
Un hombre discutía con el vendedor de aceite por una medida que consideraba demasiado pequeña.
Titus se detuvo antes de cruzar al otro lado de la calle.
Sophia alisó con los dedos un pliegue de su manto, más por el deseo de permanecer cerca que porque la tela lo necesitara.
Él dejó quieto el brazo hasta que ella retiró la mano.
Luego rozó brevemente sus dedos, a la vista de cualquiera que pasara, con una familiaridad tan discreta que apenas se diferenciaba de un saludo.
—Nos veremos mañana —dijo Titus.
—Mañana.
Sophia lo observó alejarse entre los transeúntes.
Tenía ante sí una visita pendiente a la casa de un depositante, la relación de Menandros y una reunión con su padre.
Titus llevaba las condiciones de un trabajo que podía abrirle nuevos puertos.
Ninguno de los dos asuntos admitía una respuesta tomada para tranquilizar al otro.
Sin embargo, mientras regresaba al interior, Sophia recordó la facilidad con la que habían hablado de fechas y encargos aquella mañana y el cuidado con que habían evitado una pregunta distinta.
Le habría gustado saber si aquel silencio era una manera de respetarse o una vieja costumbre que estaban a punto de repetir.