Capítulo 19. La propuesta #2
Herakleon quiso conocer el destino de las mercancías y el tipo de custodia que exigían.
Lykos habló de aceite de buena procedencia, algunas piezas de metal trabajadas y pequeñas partidas que variaban según las compras de sus asociados.
Ni la naturaleza de los bienes ni las cantidades justificaban alterar la casa entera.
Cuando terminó, aceptó que habría que consultar con Leontios la disponibilidad de uno de los turnos compartidos.
—Puedo dejar un anticipo por las jornadas convenidas —añadió—. No espero que me guardéis espacio con una promesa de palabra que otros podrían utilizar mientras tanto.
Herakleon aceptó estudiar la reserva. Menandros preparó una copia para que el visitante se la llevara sin confundir los plazos provisionales con un acuerdo cerrado.
Fue entonces cuando Lykos miró a Titus.
—Con eso queda resuelto lo que corresponde a esta casa por hoy. Hay otra cuestión que me gustaría tratar contigo, si Herakleon no tiene inconveniente.
Su tono no cambió. Había dejado a un lado una relación de cargas y abría otro asunto de negocios. Herakleon hizo ademán de levantarse, pero Lykos señaló las notas que Sophia tenía delante.
—Parte de lo que voy a proponer afecta a las comunicaciones entre Éfeso y otros puertos. Si más adelante necesitamos coordinar algo con vuestra casa, será preferible que sepáis de qué se trata. No voy a pedir un juramento de silencio por una oferta de trabajo.
—Podemos escuchar —respondió Herakleon—. Mientras no se nos encargue contestarla.
Menandros sonrió. Sophia permaneció sentada.
Habría sido fácil excusarse para revisar las entradas y dejar a los hombres hablar de los destinos de Titus.
También habría sido una forma muy cómoda de fingir que lo que pudiera oír no le importaba.
Titus volvió la cabeza hacia ella un instante.
No le pidió que se marchara ni que se quedase; después abrió el estuche y preparó una hoja para tomar notas.
Lykos explicó que varias casas de Esmirna y Rodas estaban reforzando sus acuerdos de transporte para los meses siguientes.
No todas necesitaban nuevos barcos: algunas requerían hombres de confianza que distinguieran una reserva verdadera de una promesa demasiado optimista, o que consiguieran compensaciones cuando una carga llegara tarde y hubiera ocupado el espacio de otra.
En Rodas podían reunirse representantes de esas casas con comerciantes que mantenían contactos en puertos sirios.
Antes de comprometer mercancías en direcciones más lejanas, convenía ordenar lo que ya tenían.
—Tengo hombres capaces de cobrar una deuda y otros que saben encontrar un barco —dijo Lykos—. Los que pueden sentarse con dos propietarios que se consideran ofendidos y lograr que ambos cumplan una nueva fecha son menos numerosos.
Sophia vio que Titus no sonreía ante el elogio. Esperó a que Lykos terminara de hablar antes de intervenir.
—¿Qué duración calculas?
—Cuatro meses con seguridad. Tal vez un quinto, según la temporada y los acuerdos que lleguen de Oriente.
Las primeras reuniones serían en Rodas. Después habría desplazamientos, algunos breves y otros sujetos a los barcos disponibles.
Si las conversaciones con los comerciantes vinculados a Siria dan resultado, podría haber más trabajo al acabar esos meses. Eso aún no puedo prometerlo.
—¿Cuánto tiempo tendría que permanecer en Rodas sin salir?
—Al principio, el necesario para que las tres casas hablen entre sí sin que sus representantes se escuden en una carta que tardará semanas en llegar. Calculo varias semanas. Más adelante dependería de los asuntos que aceptases dirigir.
—Entonces no me estás ofreciendo un solo encargo —dijo Titus—. Quieres que responda por una cadena de ellos.
—Con la autoridad que acordemos y ante las personas a quienes represente cada vez. No tengo intención de hacerte responsable de un precio que otro hombre fije a tu espalda.
Sophia conocía lo suficiente aquel trabajo como para apreciar la diferencia.
Un agente podía perder años de confianza si su nombre terminaba unido a una promesa que no había autorizado.
Titus preguntó por las cartas que tendría que presentar, por quién adelantaría los gastos de viaje y por la forma en que se compensaría una estancia más larga de lo previsto.
Lykos contestó sin molestarse. Habló de adelantos razonables, de pagos vinculados a cada operación concluida y de la necesidad de dejar constancia de los compromisos que se esperaban de él.
No puso sobre la mesa una cantidad maravillosa, pero Sophia reconoció una oferta hecha para alguien cuya experiencia tenía valor.
—¿Y si una de las casas cambia sus condiciones mientras yo estoy de camino? —preguntó Titus.
—No podrás obligarla a cumplir lo que todavía no haya aceptado. Sí podrás exigir que explique el cambio y decidir si merece la pena seguir negociando. Eso es lo que te pediría. No necesito a alguien que defienda mis errores solo porque lleven mi sello.
Herakleon apoyó el brazo en la mesa. Sophia conocía esa actitud: su padre la adoptaba cuando escuchaba a otro comerciante decir algo que habría querido formular él mismo.
—Es una propuesta seria —comentó.
—Lo intento —respondió Lykos—. También tengo una obligación con las casas que esperan respuesta. No puedo reservarles a Titus si él no quiere aceptar y luego buscar a otro hombre cuando las primeras cargas estén preparadas.
—¿Cuándo necesitas saberlo? —preguntó Titus.
—Antes de que envíe desde Esmirna la relación definitiva de representantes. Volveré allí dentro de unos días. Si me respondes poco después, aún podremos hacer los preparativos. Si no, tendré que avanzar con otra distribución del trabajo.
No había amenaza en su voz. Sophia oyó la urgencia de un hombre obligado a organizar una travesía sin saber todavía a quién podría confiar cada asunto.
Era la misma urgencia que ella reconocía cuando un depositante reclamaba espacio y la casa debía responder antes de que lo ofreciera otra.
Aquel paralelismo, que debería haberla tranquilizado, le permitió comprender con exactitud qué se estaba decidiendo: Titus tenía ante sí una carrera que podía continuar creciendo porque otros confiaban en él.
—¿Y qué ocurrirá con los asuntos que todavía tengo abiertos aquí? —preguntó Titus.
—Confío en que los termines —dijo Lykos—.
No te habría pedido que fueras a Éfeso para después apartarte cuando faltase el último acuerdo.
Si alguna reserva necesita seguimiento, podemos dejar a un representante local.
Pero no quiero que confundamos un encargo concluido con una obligación de permanecer junto a él durante meses.
Titus miró las notas y corrigió una cifra de su propia mano. Sophia no pudo saber qué pensaba mientras lo hacía. Sí vio que todavía quedaban cuestiones por resolver y que él no se apresuraba a aceptar a cambio de aquel reconocimiento profesional.
—Necesitaré repasar las condiciones que has traído —dijo—. Algunas casas me conocen. Otras tendrán que saber qué puedo ofrecerles antes de que utilicen mi nombre.
—Es justo. Te he dejado las relaciones con mi acompañante. Léelas y hablaremos otra vez antes de que me marche.
—Lo haré.
Lykos dio por terminado el asunto sin pedirle que extendiera la mano como sello de una decisión todavía inexistente.
Se volvió hacia Menandros para preguntarle dónde podría dejar una copia de las fechas de carga.
En menos de un momento volvió a hablarse de puertas, custodias y distancias entre dependencias.
A Sophia le sorprendió lo fácilmente que podía cambiar de tamaño una conversación: los meses de viajes habían quedado suspendidos sobre la mesa mientras un hombre señalaba una reserva de tres jornadas.
A mediodía Herakleon ofreció a Lykos comer con ellos, pero el visitante tenía que acudir a otra casa antes de que sus representantes salieran hacia la zona del puerto.
Agradeció el ofrecimiento y aceptó únicamente pan, aceitunas y un poco de queso.
Comió de pie, cerca de la entrada, mientras preguntaba a Titus por un comerciante de Quíos al que ambos habían conocido años atrás.
Sophia se encontraba a unos pasos, guardando las copias de las reservas.
Oyó a Lykos recordar un precio equivocado, una discusión prolongada y el disgusto de un comprador que se había presentado un día antes de lo convenido.
Titus respondió con un detalle que hizo reír al visitante.
Era una conversación entre personas que compartían una historia de trabajo a la que ella no había asistido.
La incomodidad llegó sin violencia: durante siete años aquella vida había sido entera y real, no un intervalo entre el día en que Titus se fue y su regreso a Éfeso.
Menandros apareció a su lado con la relación que necesitaba copiar.
—Padre dice que Leontios vendrá pasado mañana —le informó—. No desea prometer una fecha para las nuevas reservas hasta saber si aceptaremos conservarlas la próxima temporada.
—Tiene razón.
—Querría enseñaros mañana la distribución que he preparado. Si esperamos mucho, la casa que necesita el espacio buscará otro sitio.
Sophia cogió la tablilla. El reparto estaba escrito con una letra cuidadosa.
Las nuevas cargas quedarían bajo la vigilancia cotidiana de su hermano; los compromisos antiguos se separarían para no alterarlos sin consulta.
Menandros había incluido los gastos de una segunda persona para algunas entradas y había descontado la madera que Timon aún debía sustituir.
—No has incluido mis visitas a los depositantes —observó ella.
—No sabía cuántas querrías hacer.
La respuesta la detuvo. Menandros había dejado sin completar la parte que le correspondía a ella, en lugar de dar por supuesto que ocuparía todas las mañanas de la próxima estación.
—Hablaremos de ello mañana —dijo.
—Eso espero. Si podemos decidir qué trabajos son tuyos, sabré qué puedo prometer a los demás.