Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 19. La propuesta
57%

Capítulo 19. La propuesta

Sophia llegó a la estancia de las cuentas con una tablilla que no le correspondía llevar.

Había salido de sus habitaciones después de revisar la respuesta destinada a un antiguo depositante y, al cruzar el patio, encontró a un muchacho que preguntaba por Menandros.

Le había indicado dónde buscarlo, pero el joven insistió en dejarle el recado: una de las carretas previstas para la mañana siguiente no podría entrar hasta después del mediodía.

La noticia no exigía su intervención. Desde que Menandros se hacía cargo de la sala interior del tercer edificio, también respondía por los cambios menores que afectaban a sus entradas.

Sophia lo sabía. Aun así, había recogido la tablilla para evitar que el mensajero tuviera que regresar al almacén, y ahora la llevaba entre los dedos mientras su hermano comprobaba una cuenta junto a la ventana.

—Ha venido un muchacho de la casa de Philon —dijo.

Menandros levantó la cabeza.

—¿Por la carreta?

—No podrá entrar hasta pasado el mediodía.

—Me lo ha dicho su encargado antes de abrir el almacén. Ya hemos cambiado el turno.

Sophia miró la tablilla. En el momento de recogerla había supuesto que llegaba la primera noticia del retraso. Era la segunda, y su hermano ni siquiera había necesitado buscarla para ocuparse del asunto.

—Entonces se ha molestado en traer un aviso inútil.

—Prefiero dos avisos a una carreta que cierre una puerta durante una mañana entera.

Menandros tendió la mano y ella le dio la tablilla.

Él la colocó a un lado de su trabajo sin prestarle más atención.

Tenía delante una relación de espacio libre y otra de los pagos que ya podían calcularse si la casa aceptaba conservar parte de las cargas adicionales en la temporada siguiente.

No parecía una fortuna inesperada; tampoco una cantidad desdeñable.

Sophia reconoció en las cifras el cuidado de su hermano por no contar como beneficio lo que todavía habría de gastarse en vigas, hombres y limpieza.

—Padre preguntará hoy cuándo podremos responder a Leontios —le advirtió.

—Lo sé. Quiero enseñarle antes la cuenta de los apoyos nuevos. Timon ha incluido la madera que nos faltaba.

—Y el coste de los hombres que deberán moverla.

—También. ¿Quieres verlo?

Sophia se acercó, aunque había decidido no hacerlo más de lo necesario.

Menandros le mostró las columnas en silencio.

Ella descubrió un gasto que había pasado por alto en su propio cálculo y otro que su hermano había reducido al aprovechar una reparación ya prevista. No necesitó corregir ninguna cifra.

—El espacio es suficiente —dijo—, siempre que no prometamos ocuparlo durante las mismas jornadas que las cargas de Philon.

—Eso he puesto aquí. La cuestión es quién responderá por las reservas nuevas.

Sophia dejó la tablilla sobre el banco. Habría podido dar tres nombres antes de que él terminara de hablar y distribuir los turnos de la siguiente estación. En cambio, preguntó:

—¿Qué has pensado tú?

Menandros señaló la sala interior, la entrada pequeña y la relación de dos transportistas conocidos.

Su propuesta era prudente. Quería conservar la responsabilidad directa sobre el tercer espacio y acudir a Sophia únicamente cuando se tratara de modificar compromisos antiguos entre casas.

Para las nuevas reservas bastaría con que su padre autorizara las condiciones generales.

—Habrá que hablar de ello con él —respondió Sophia.

Su hermano asintió y pasó a otra cuenta. La conversación habría terminado allí si Damaris no hubiera aparecido con la noticia de que esperaban a un visitante de Esmirna.

—Ha llegado esta mañana —dijo—. Uno de los hombres de Titus ha enviado aviso para preguntar si podría venir aquí antes de visitar el puerto. Tu padre le ha ofrecido nuestra estancia de reuniones.

—¿Lykos? —preguntó Sophia.

—Marcus Annius Lykos. El mismo de la carta.

Damaris pronunció el nombre sin darle mayor importancia.

Sabía que Titus había recibido correspondencia, pero no tenía motivo para atribuir al visitante un interés que excediera los negocios.

Había dispuesto que sirvieran agua y algo de comer, como correspondía a un hombre que había viajado desde otra ciudad. Antes de marcharse miró a Menandros.

—Tu padre quiere verte un momento. Hay una cuenta que prefiere cerrar antes de la reunión.

Menandros recogió su escritura y salió con ella.

Sophia permaneció junto a las tablillas que habían dejado abiertas.

Había imaginado a Lykos muchas veces desde la llegada de su carta, aunque no habría sabido describirlo.

Un hombre con barcos propios y otros contratados, acostumbrado a recibir noticias desde puertos distintos, capaz de ofrecer a Titus un trabajo que no dependiera de volver a Éfeso: esos eran los datos que conocía.

Le incomodó descubrir que todos sus intentos de ponerle rostro terminaban por convertirlo en una figura demasiado influyente, casi en alguien que podía decidir por ellos lo que todavía no habían elegido.

Se obligó a regresar a la cuenta que tenía delante. Las cifras de Menandros eran mucho más precisas que sus conjeturas.

Lykos llegó cuando el sol había alcanzado el borde superior del muro del patio. Lo acompañaba Titus, que llevaba un estuche de escritura bajo el brazo. Detrás avanzaba un hombre con dos rollos protegidos por tela; se quedó a la entrada después de depositarlos sobre el banco indicado por un criado.

Sophia reconoció a Titus antes de fijarse en el visitante.

Lykos era de estatura mediana, hombros anchos y cabello oscuro ya bastante encanecido.

Vestía una túnica limpia de tela firme, sin adornos que anunciaran su fortuna, y llevaba las sandalias cubiertas por el polvo del camino.

Al saludar a Herakleon, que había salido a recibirlo, habló con la comodidad de quien no necesitaba exagerar su familiaridad para ser bienvenido.

—Hace años que oigo hablar de tu casa —dijo—. Conocí a tu cuñado por un asunto de ánforas que terminó obligándonos a cambiar tres veces de barco. Desde entonces procuro preguntar mejor antes de prometer una fecha.

Herakleon respondió con una anécdota sobre aquel viaje.

Sophia no conocía todos sus detalles, pero recordó el nombre de la embarcación que su padre mencionó.

La conversación era la clase de saludo que dos comerciantes podían permitirse antes de hablar de dinero: bastante concreto para inspirar confianza, no tan largo como para hacerles perder la mañana.

Titus la presentó cuando se acercaron a la mesa.

—Flavia Sophia se ocupa de buena parte de los acuerdos que afectan a estos espacios. Si queremos conocer las reservas antiguas, conviene escucharla antes de prometer nada nuevo.

—Así lo haré —respondió Lykos.

La miró directamente, pero sin aquella sorpresa que algunos visitantes mostraban al encontrar a una mujer entre quienes discutían plazos y depósitos.

Quizá Titus ya le había explicado quién resolvía las cuestiones cotidianas de la casa.

Sophia prefirió no atribuirse esa ventaja.

Le indicó el asiento desde el que podría consultar las tablillas sin recibir toda la luz de frente.

—Menandros traerá las relaciones de entrada —dijo—. Los horarios han cambiado durante las últimas semanas y las copias antiguas pueden inducir a error.

—Me han dicho que habéis conseguido que una misma puerta sirva a varias casas sin que todas se peleen por ella.

—Todavía se pelean algunas mañanas —repuso Sophia—. Hemos logrado que sea más fácil saber a quién corresponde esperar.

Lykos soltó una risa breve.

—Eso ya es una mejora considerable.

Se sentaron cuando Menandros volvió con las relaciones.

Herakleon ocupó la cabecera de la mesa, pero fue su hijo quien explicó el estado de las entradas.

Sophia observó que la llave del tercer espacio colgaba del pequeño aro que Menandros había fijado al cinturón.

En otros días ella habría oído el tintineo metálico al moverse y habría pensado, sin querer, en una puerta que ya no podía abrir por sí misma.

Aquella mañana le pareció simplemente el sonido de una herramienta que su hermano necesitaba para trabajar.

El primer asunto de Lykos no tenía nada que ver con Rodas.

Dos de las casas con las que trataba deseaban enviar mercancías por la ruta de Éfeso y necesitaban saber qué plazo de depósito podrían obtener si sus hombres no coincidían con la llegada del barco.

No pedía espacio ilimitado ni pretendía desplazar las cargas ya convenidas.

Quería que los responsables le dijeran qué podían prometer de verdad.

—Para una partida pequeña podríamos reservar sitio tres jornadas —respondió Menandros—. Una cuarta dependería de la retirada de otros fardos. No la incluiría desde el principio.

—¿Y si el barco se retrasa por el viento? —preguntó Lykos.

—Entonces sabremos que llega tarde cuando tengamos noticia de él —contestó Sophia—. No podemos guardar la sala vacía durante media estación por si aparece.

—No te lo pediría. Pero necesito saber quién dará la respuesta cuando yo no esté en Éfeso.

Menandros explicó cómo se enviaban los avisos y qué marcas debían presentar los representantes de la carga.

Titus intervino solo para señalar que una de las dos casas usaba un sello que podía confundirse con otro de Mileto.

Había encontrado esa dificultad en Quíos, explicó, y bastaba con pedir además el nombre del hombre que entregaba los fardos.

—Si lo exigimos solo cuando llegue la primera partida, parecerá que dudamos de ellos —observó Sophia.

—Entonces que figure ahora entre las condiciones —dijo Lykos.

Titus tomó la tablilla para anotarlo. No hubo necesidad de discutir quién se había equivocado primero. Sophia agradeció aquella manera de resolver un problema, tan distinta de las conversaciones en que cada parte dedicaba más tiempo a defender su dignidad que a evitar el siguiente retraso.