Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 18. Más sitio del necesario #4
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Capítulo 18. Más sitio del necesario #4

—Entonces tendrás que decirle qué sabes y qué no has decidido. Eso ya lo haces cuando se trata de las cuentas.

Sophia pasó un dedo por una pequeña muesca del tablero.

La conversación había dejado de ser sencilla en el momento en que él comparó aquella decisión con las que tomaba todos los días.

Habría recomendado a cualquier comerciante no comprometer una temporada entera hasta conocer el coste real de un trabajo.

Para sí misma, en cambio, estaba dispuesta a ofrecer meses de visitas antes de que nadie se los pidiese.

—No pretendo que la casa se quede sin alguien que responda —dijo.

—Lo sé. Esta mañana he oído responder a Menandros unas cuantas veces.

La observación la hizo reír de verdad. Titus se levantó para recoger su manto.

Sophia se acercó al extremo de la mesa, donde él había dejado una tablilla con las horas de entrada, y le indicó una cifra que debían rectificar antes de copiarla.

Hablaron un momento del segundo turno, de una llegada que dependía de la retirada de Philon y de la necesidad de avisar a Leontios con suficiente antelación. Después Titus guardó sus notas.

—¿Nos veremos esta tarde? —preguntó.

Sophia habría querido decir que sí sin consultar ninguna otra cosa. Tenía, sin embargo, una visita pendiente a uno de los proveedores de su padre, y aún debía escuchar la respuesta de Timon. Miró la tablilla donde había escrito sus propias obligaciones.

—No puedo prometerte una hora —respondió—. Si termino pronto, te enviaré un recado. Y si no, mañana.

—Mañana estaré aquí para revisar las entradas de Leontios.

—Espero que no sea la única razón.

Titus sonrió.

—No lo es.

No se besaron; desde el corredor llegaban voces y la puerta permanecía abierta.

Sophia rozó apenas su mano al devolverle la tablilla y lo acompañó hasta el patio.

Vio cómo se alejaba entre los criados que iban y venían con encargos y regresó a la mesa para recoger sus cuentas.

La conversación no la había dejado más cerca de una respuesta definitiva, pero había vuelto difícil confundir una obligación real con otra que ella misma se impusiera.

A última hora acudió al tercer edificio para comprobar con Timon el estado de los soportes.

Era una visita que había concertado antes de la reunión, y le agradó no tener que inventarse un motivo para estar allí.

Timon le mostró dos piezas de madera que podían aprovecharse y una tercera que convenía sustituir entera.

Sophia preguntó por el coste, le pidió que dejara el cálculo por escrito y se dispuso a regresar cuando oyó la voz de Menandros al otro lado del corredor.

Hablaba con el encargado de la entrada y con uno de los hombres que recibían las marcas. Sophia se detuvo antes de cruzar el umbral, porque la indicación que estaba dando le resultó conocida.

—La carga de Philon sale por la puerta pequeña —decía Menandros—.

Cuando quede libre, lleváis los cestos nuevos a la sala interior, pero no abrís los fardos hasta que estén presentes los dos hombres que han puesto las marcas.

Si el carro llega antes, que espere junto al muro y no cierre el paso.

Ya he dejado anotada la hora para que no vuelva a ocurrir lo de la semana pasada.

—¿Y si Philon no retira todo? —preguntó el encargado.

—Le reservamos únicamente el sitio convenido. El resto no puede quedarse ocupando una sala ajena. Si hay una disputa, avisadme antes de hacer una promesa distinta.

Sophia reconoció aquella manera de ordenar las excepciones. Había dedicado años a repetir instrucciones casi idénticas, algunas veces delante de su hermano, otras después de corregirle un error. Menandros hablaba ahora con soltura. El encargado no parecía esperar una confirmación adicional de ella.

Podía marcharse y dejar que siguieran. Sophia dio unos pasos hacia la salida, pero una parte de su atención permaneció junto a la puerta.

Mañana habría que verificar que Philon retiraba los cestos a tiempo; en unos días, comprobar la madera nueva; más adelante, comparar los pagos de los depositantes recién llegados y visitar personalmente a dos casas antes de la temporada siguiente.

Una visita cada semana, quizá dos al principio, sería suficiente para advertir cualquier dificultad.

Después podría revisar los registros al cierre de cada mes y corregir con Menandros aquello que escapara a sus previsiones.

Había empezado a disponer en su pensamiento una vigilancia que nadie le había solicitado y que, si se aceptaba la ampliación, podría prolongarse durante meses.

Mientras calculaba las jornadas, Menandros terminaba de repartir el trabajo detrás de ella sin necesitar ninguna de aquellas instrucciones.

Sophia salió a la calle con el precio de Timon anotado en una tablilla.

Todavía llevaba consigo las dos llaves antiguas y una relación de obligaciones que sabía manejar mejor que nadie.

Aquella tarde comprendió cuánto sitio estaba ya preparando para un trabajo que tal vez no tendría que hacer.