Capítulo 18. Más sitio del necesario #3
Todo era sensato. Incluso conocía el orden en que debían redactarse los avisos.
Advirtió que su hermano la esperaba, y también su padre, sin que ninguno pareciera estar empujándola hacia aquella respuesta.
Podía decirla y ambos la escucharían. Después quizá le pedirían que se encargara de llevarla a la práctica.
Tal vez ni siquiera haría falta pedirlo: ella misma se ofrecería.
—Empezaría por comprobar qué podemos prometer sin perjudicar a quienes ya confían en nosotros —respondió al fin—. Los cálculos de Menandros permiten hacerlo. Pero hay que revisar las condiciones de uso de las otras dependencias antes de añadir sus nombres a una relación nueva.
—¿Y quién hablará con los depositantes? —preguntó Herakleon.
Sophia miró a su hermano. Menandros había propuesto hacerlo, y ella había pasado la mañana oyéndolo resolver objeciones sin necesitarla.
—Menandros ha quedado con ellos. Conoce los horarios mejor que nadie desde que empezó la prueba.
Su padre asintió y prosiguió con otra pregunta, esta vez sobre los pagos.
Menandros tomó la palabra. La decisión de aceptar o rechazar las nuevas cargas quedó aplazada hasta que recibieran dos confirmaciones más.
Sophia se sorprendió sintiendo una pequeña decepción.
La idea de coordinar aquel movimiento empezaba a resultarle atractiva, aunque apenas acabara de admitir que su hermano podía hacerlo.
Cuando Herakleon salió para recibir a un visitante y Menandros se marchó a llevar un aviso, Sophia permaneció ordenando las cuentas.
Titus cerró su estuche y esperó a que terminara de alinear las tablillas.
La estancia, llena de voces durante horas, parecía más grande en el silencio de la sobremesa.
—Ha sido una propuesta prudente —dijo ella, señalando los cálculos de Menandros.
—Lo suficiente para que no necesitéis aceptarla deprisa.
—Padre querrá responder antes de que otros ocupen el espacio. Y Leontios no puede reservarnos una puerta para siempre.
—Eso forma parte del acuerdo. No significa que tengáis que decir que sí.
Sophia dejó la última tablilla sobre la mesa.
Desde el patio llegaba el ruido de un recipiente que alguien estaba lavando.
Pensó en el encuentro de la noche anterior y en cómo Titus la había escuchado cuando pidió detenerse.
Ahora él había vuelto a estar a su lado durante una jornada entera sin aprovechar ninguna conversación para reclamar una explicación de lo ocurrido.
La facilidad con que ambos seguían trabajando no restaba importancia a aquella intimidad.
Le daba un lugar posible entre otras cosas que seguían siendo verdaderas.
—Si se mantienen esas cargas, tendremos que vigilar muchos detalles —dijo Sophia—. Los nombres de los nuevos depositantes, las marcas, las fechas, los hombres que abrirán cada sala. Menandros conoce la mitad, pero yo conservo los acuerdos más antiguos.
—¿Quieres ocuparte de ellos?
—Si nadie lo hace, se perderán ventajas que nos ha costado años conseguir.
—No te he preguntado quién debería hacerlo.
Ella alzó la vista. Titus permanecía de pie al otro lado de la mesa, con una mano apoyada en el estuche cerrado. No había impaciencia en sus palabras ni una solución preparada que intentara imponerle.
—Te pregunto qué parte de esa ampliación deseas llevar tú —añadió—. Si es que quieres llevar alguna.
Sophia apoyó las palmas en el borde de la mesa. Habría preferido que le preguntara cuánto trabajo habría o si Menandros necesitaba ayuda. Podía responder con cifras, nombres, obligaciones. La elección personal no figuraba en ninguna de las tablillas.
—Es una oportunidad conveniente para mi familia.
—Eso lo he entendido esta mañana.
—Mi padre lleva años rechazando solicitudes que no podemos atender. Si ahora encontramos una manera de recibir una parte sin arriesgar el trato con los demás, sería poco razonable ignorarla.
Titus inclinó la cabeza, concediéndole el argumento, pero no lo utilizó para responder por ella. Sophia se volvió hacia la ventana. En el patio, una esclava extendía unos paños para que terminaran de secarse al sol. Las tareas avanzaban sin pedir permiso a sus dudas.
—Me gusta hablar con quienes llevan mercancías por estos caminos —admitió al cabo—.
Conocer sus costumbres, recordar qué le conviene a cada uno.
Hay familias que nos envían sus cargas porque sus padres ya confiaban en el mío.
Me gusta encontrar un acuerdo que parezca pequeño y que, sin embargo, permita a dos casas seguir comerciando sin pelearse cada semana.
—Te he visto hacerlo.
—También me gusta ir a los almacenes. Saber qué hay en ellos y por qué. Cuando llega una partida que nadie esperaba, reconozco el nombre de un hombre y entiendo dónde debe ir antes de que él termine de explicármelo.
Sonrió al recordar las veces en que aquella habilidad había irritado a su hermano.
Menandros solía protestar porque Sophia contestaba la pregunta antes de que él hubiera llegado a hacerla.
Había creído que se trataba de una broma entre ambos; ahora se preguntaba cuánto le había costado a Menandros aprender a hablar sin que ella llenara los silencios.
—Pero eso no requiere que cuentes todos los cestos —observó Titus.
—A veces sí.
—A veces. No siempre.
Sophia dejó de sonreír. Si asumía toda la ampliación, pasaría buena parte de las próximas semanas vigilando llegadas, comprobando sellos y mandando mensajes. Podía hacerlo bien. Esa capacidad no respondía, por sí sola, a la pregunta que Titus acababa de hacerle.
—No sé cómo separar lo que me gusta de lo que he terminado haciendo por costumbre —dijo—. Hay días en que necesito estar allí porque conozco a las personas. Otros voy porque alguien podría equivocarse y me parece más sencillo impedirlo que enseñar a corregirlo.
—¿Qué ocurre cuando no vas?
—Casi siempre, nada. Cuando ocurre algo, Menandros lo resuelve o me manda aviso si afecta a uno de mis acuerdos. Lo has visto tú mismo.
Titus tomó asiento, aunque mantuvo entre ambos el espacio de la mesa. Sophia agradeció que no extendiera la mano para consolarla de una dificultad que todavía debía comprender. La invitó a continuar con un silencio atento.
—Si respondo que me haré cargo de las nuevas cargas, mi padre se quedará tranquilo —dijo—. Menandros aceptará un reparto que no sea una discusión. Y yo sabré durante meses lo que entra y lo que sale de cada sala.
—Suena a mucho trabajo.
—Lo es.
—¿Cuánto de él te apetece?
Sophia dejó escapar una risa corta, sin alegría suficiente para convertirla en broma.
—Siempre sabes elegir la pregunta más incómoda.
—Hoy no se me ha ocurrido ninguna otra.
Lo miró. En otro tiempo habría recibido aquella insistencia como un intento de convencerla de que podía abandonar todo y seguirlo a otro puerto.
Habían discutido precisamente por eso: ella se había quedado junto a los suyos cuando la necesitaban, mientras Titus había elegido un camino profesional lejos de Éfeso.
Ninguno había actuado por ligereza. Siete años después, él estaba preguntándole por unas tareas concretas de su propia casa, sin relacionar la respuesta con la carta de Lykos ni con los viajes que acaso volviera a emprender.
—Querría conservar el trato con algunas personas —dijo al fin—.
No me molestaría hablar con los nuevos depositantes para saber qué esperan de nosotros.
Y hay acuerdos que preferiría revisar yo antes de que se vuelvan costumbre.
Pero no sé si necesito acudir cada mañana a comprobar que se ha abierto una puerta a la hora escrita.
Titus asintió, sin celebrar lo que acababa de oír.
—Puedes tardar en decidir qué quieres hacer con el resto.
—Y mi padre puede querer una respuesta antes.