Capítulo 18. Más sitio del necesario #2
—Hay dos depositantes que me han pedido continuar con el reparto nuevo cuando terminen las limitaciones —dijo Leontios—.
Uno quiere recuperar la sala que utilizaba antes, pero el otro preferiría mantener un turno corto aquí y pagar únicamente por esas jornadas.
He pensado que los Flavii podrían tomar una parte de esas cargas si mantienen libre la entrada del tercer edificio hasta la segunda mitad del día.
Herakleon preguntó por los días concretos.
Menandros respondió señalando las marcas que había preparado.
Era una ampliación discreta: unas cuantas recepciones más durante la próxima temporada, algunos pagos adicionales y la necesidad de reparar los soportes de una estancia que llevaba tiempo utilizándose solo a medias.
No requería adquirir edificios ni desplazar a sus clientes antiguos.
Podían negarse sin arruinar ningún acuerdo y aceptarla sin comprometer toda la capacidad de la casa.
Aquello fue lo primero que Sophia apreció. La segunda consideración llegó casi de inmediato: alguien tendría que responder si un conductor confundía la hora, si Philon pedía un día más o si uno de los recién llegados reclamaba un derecho que nunca se le hubiera concedido.
—No conviene que las nuevas reservas ocupen la sala interior antes de que hayamos comprobado la retirada de los clientes habituales —dijo—. Hay dos casas que no aceptarán encontrarse allí con cargas ajenas si no se les avisa.
—Ya las he separado —respondió Menandros—. Mira esta columna.
Sophia la examinó. Los nombres de los depositantes antiguos figuraban en una línea distinta, con un margen de tiempo suficiente para que los cargadores despejaran el corredor. Era, en esencia, el sistema que ella habría propuesto.
—Habrá que hablar con ellos de todos modos.
—He quedado en hacerlo antes de que termine la semana.
Herakleon pidió que aclararan cuánto costaría reforzar el suelo junto a la pared norte.
Menandros mostró el cálculo de Timon. Titus preguntó quién quedaría a cargo de las llaves cuando coincidieran las dos recepciones.
Esa cuestión seguía abierta: Menandros llevaba la llave de la sala interior, mientras Sophia conservaba las de las otras dos dependencias hasta que se revisaran los acuerdos de uso.
—No hace falta decidirlo hoy —intervino Leontios—. Para mantener una hora libre basta con saber quién abre la sala, no quién guarda todas las llaves de la casa.
La observación, hecha sin intención aparente de corregir a nadie, provocó que Sophia enderezara ligeramente la espalda.
Leontios tenía razón en lo práctico. Pero una sala podía estar libre y, aun así, no convenir utilizarla.
Sophia recordó un acuerdo antiguo alcanzado después de que un comerciante discutiera durante dos días por unas marcas cambiadas.
Habían prometido que nadie entraría sin la presencia de un representante de ambas partes.
Aquella precaución había evitado nuevas disputas durante años.
—En algunos casos importa quién responde por la entrada —dijo.
—Entonces habrá que escribirlo para esos casos —contestó Menandros—. No podemos tratar cada carga como si perteneciera a aquel comerciante.
Sophia buscó en la cara de su hermano alguna señal de impaciencia, pero él seguía señalando las líneas de la tablilla.
No estaba negando la utilidad de un acuerdo antiguo.
Estaba distinguiendo una excepción de la costumbre de aplicarla a todo.
Sophia habría dicho lo mismo a cualquiera que intentara reservar una habitación entera porque una sola vez había necesitado ese espacio.
Leontios propuso que visitaran los almacenes antes de discutir los nombres definitivos.
Herakleon aceptó, y el grupo salió a una calle donde el sol ya había calentado las piedras próximas a los soportales.
Un vendedor ofrecía aceitunas desde unas cestas bajas; más adelante, un muchacho conducía un asno cargado de haces de cañas.
La ciudad seguía su jornada sin prestar atención a la importancia que aquellos hombres daban a las marcas trazadas sobre unas tablillas.
Caminaron hasta el edificio compartido. Había menos carros esperando que al principio de las restricciones, aunque el suelo conservaba las huellas profundas de las ruedas.
Menandros se adelantó para hablar con el encargado de la puerta.
Sophia vio que mostraba la llave recibida días atrás, escuchaba una objeción y contestaba sin elevar la voz.
Poco después los dejaron pasar a la sala interior.
La estancia olía a madera reciente y a esparto húmedo.
Junto a la pared se apilaban cestos vacíos y, más allá, varios fardos protegidos con telas bastas.
Timon había señalado con carbón los soportes que convenía reforzar.
Sophia se inclinó para examinarlos y comprobó que la madera no estaba dañada por toda su longitud.
Bastaba sustituir algunos travesaños y evitar que las cargas se apoyaran directamente contra el muro.
—Si se trabaja por partes, puede hacerse sin cerrar la sala más de una jornada —dijo.
—Eso ha calculado Timon —respondió Menandros—. Ya he hablado con él de las horas en que podríamos mover los cestos.
—¿Antes de decidir si aceptamos nuevas cargas?
—Le he pedido un precio y un tiempo. No le he encargado la reparación.
Sophia se incorporó. Sabía que su pregunta había sonado demasiado parecida a un reproche.
Su hermano tampoco necesitó que se lo explicara.
Continuó enseñando a Leontios el lugar donde podían mantenerse dos partidas separadas por una franja de paso y se detuvo ante una puerta angosta para mostrar que, con un carro grande, la maniobra seguía siendo incómoda.
Titus escuchó las observaciones de ambos antes de sugerir que el último turno comenzara más tarde los días de mayor tránsito.
Leontios objetó que las cuadrillas de otra casa terminarían entonces en horas poco convenientes.
Hablaron de dos alternativas y terminaron por descartar una sin pedirle a Sophia que decidiese.
Ella participó cuando recordaron un antiguo pacto de paso, pero no tuvo que organizar toda la conversación para que avanzase.
El alivio que debería haber sentido se mezcló con una inquietud que conocía desde niña: si los demás podían encontrar soluciones mientras ella permanecía al margen, ¿qué quedaba exactamente bajo su cuidado?
Se avergonzó de la pregunta antes de terminar de formularla.
Había pedido durante meses que Menandros asumiera más trabajo.
Ahora lo observaba cumplirlo y sentía la tentación de corregir una secuencia que todavía no había dado problemas.
En el patio contiguo, Leontios se detuvo junto a Herakleon para hablar de las reservas del próximo mes. Menandros fue a buscar al encargado de las marcas. Titus quedó cerca de Sophia, revisando una nota que había escrito durante la visita.
—Tu hermano ha contado bien los tiempos —comentó sin levantar la voz.
—Sí.
—También ha dejado margen por si Philon cambia de parecer.
Sophia miró hacia la sala que acababan de recorrer.
—Philon cambiará de parecer. Lo sorprendente sería que no lo hiciera.
Titus dobló la tablilla y sonrió.
—Entonces Menandros habrá tenido ocasión de practicar la parte más desagradable del oficio.
—Lleva años practicándola. Yo me había acostumbrado a pensar que siempre le faltaba otra temporada.
No continuaron. Leontios los llamó para mostrarles una marca al otro lado del patio, y Sophia acudió con Titus.
Aun así, la observación permaneció con ella durante el camino de regreso.
Menandros había aprendido a tratar con los depositantes bajo la vigilancia de su padre y de ella, pero había llegado el momento en que esa vigilancia comenzaba a impedirle demostrar cuánto sabía.
La reunión se reanudó después del mediodía, cuando los hombres de Leontios habían vuelto a sus tareas y Herakleon quiso examinar con calma las condiciones antes de dar una respuesta.
Habían enviado comida sencilla a la estancia: pan, queso, higos y una fuente con verduras cocidas que Damaris había hecho preparar al enterarse de que nadie pensaba regresar al comedor.
Menandros comió de pie mientras explicaba cómo podrían repartirse las nuevas recepciones sin alterar las reservas antiguas.
—Querría hacerme cargo de las partidas de temporada —dijo—. Conservaría el trato diario con quienes ya utilizan el tercer edificio y recibiría las nuevas solicitudes a través del mismo encargado. Si alguno pide más días de los convenidos, lo consultaría antes de aceptarlo.
—¿A quién? —preguntó Herakleon.
—A ti, si afecta al acuerdo de la casa. A Sophia, si se cruza con una reserva que ella mantiene. Pero el resto de las entradas puedo ordenarlas yo.
Era una respuesta respetuosa de la autoridad de su padre y del trabajo de su hermana. Sophia conocía la diferencia entre pedir consejo para un caso excepcional y necesitar autorización para mover cada cesto. Menandros acababa de trazarla con una precisión que ella no habría sabido mejorar.
Herakleon tomó un higo y lo partió con los dedos.
—Sophia, ¿cómo lo harías tú?
La pregunta llegó con la naturalidad de muchos años.
Su padre la había formulado delante de proveedores enfadados, mensajeros que traían noticias confusas y parientes que necesitaban ayuda.
Era un reconocimiento a su experiencia; también el principio de una tarea que, una vez respondida, solía terminar en sus manos.
Sophia miró las tablillas abiertas. Tuvo de inmediato una respuesta completa.
Visitaría primero a los dos depositantes antiguos, pediría a Timon que reparase los soportes antes de aceptar nuevas reservas, enviaría a un hombre a confirmar el coste de las cuadrillas y mantendría una copia diaria de las entradas durante el primer mes.
Las semanas siguientes acudiría dos veces a comprobar los sellos y, al terminar la temporada, revisaría los pagos con Menandros para decidir si merecía la pena repetirla.