Capítulo 18. Más sitio del necesario
Menandros había dejado una tablilla sobre la mesa de Sophia antes de que ella terminara de desayunar.
La encontró al entrar en la estancia de las cuentas, colocada entre dos relaciones de depósitos y acompañada por una nota breve: Philon había confirmado la retirada de sus cestos para la tarde siguiente, siempre que pudieran reservarle la puerta pequeña durante el tiempo necesario para cargar el carro.
La letra de su hermano era clara, incluso en aquellas líneas escritas con poco espacio.
Sophia conocía la dificultad de obtener de Philon una respuesta tan precisa.
El hombre solía decidir la fecha de retirada cuando sus compradores estaban ya de camino, y durante años había correspondido a ella reorganizar las entradas a última hora.
Menandros había hablado con él antes de que surgiera el conflicto y había prometido únicamente lo que podía cumplir.
Sophia leyó dos veces la nota. Su primer pensamiento fue que debía mandar a comprobar si la puerta pequeña podía permanecer libre a esa hora.
El segundo, más incómodo, que Menandros probablemente ya lo habría hecho.
Apartó la tablilla y abrió la relación de aceite que la esperaba desde la víspera.
Tenía que contestar a un depositante antiguo antes del mediodía y había prometido revisar el precio de unos soportes de madera con Timon.
No faltaba trabajo propio con el que ocupar la mañana.
Sin embargo, cuando oyó pasos en el corredor, levantó la cabeza por si llegaba otro recado del tercer edificio.
Era Damaris. Entró para buscar un paño limpio que alguien había guardado en el armario equivocado y se detuvo ante la mesa al ver la nota de Menandros.
—Ha salido antes que tu padre —dijo—. Le he preguntado si se llevaba pan y me ha respondido que comería donde encontrase un banco.
—Se acordará del pan cuando lleve varias horas allí.
—Eso le he dicho. Ha terminado por aceptar que le preparen una cesta.
Damaris encontró el paño después de apartar dos rollos viejos. Sophia volvió a mirar la nota, aunque no necesitaba consultarla.
—Ha hablado con Philon sin pedirme que lo haga yo.
—¿Y le ha contestado Philon?
—Por escrito. Hasta le ha dado una hora aproximada.
Su madre sonrió, pero no añadió nada. A Sophia le habría resultado más fácil recibir una observación sobre las ventajas de dejar trabajar a su hermano.
El silencio la obligó a escuchar el propio orgullo que había sentido al leer la nota y a admitir que seguía sorprendiéndose por algo que debía esperar de él.
—Titus vendrá esta mañana —dijo, recogiendo una de las relaciones—. Menandros necesita comparar sus entradas con la copia de los turnos.
—Entonces procuraré que no os quedéis otra vez sin comer —repuso Damaris, y salió con el paño doblado bajo el brazo.
Sophia tardó un poco más de lo habitual en decidir qué tablillas llevaría a la reunión.
La noche anterior había regresado a casa acompañada por Titus y con la cinta del cabello guardada en el manto.
Al despertar, la había encontrado sobre una silla.
La había vuelto a anudar ante el espejo sin darle mayor importancia, aunque recordaba demasiado bien el momento en que él se la devolvió.
La cercanía de aquella noche no le había dado ninguna respuesta sobre la carta de Lykos, ni sobre la ampliación que estudiaba Menandros.
Tampoco deseaba que la siguiente conversación con Titus consistiera en medir cuánto había cambiado entre ellos.
Lo vería en una mesa de trabajo, con su estuche de notas y su manera de preguntar por los detalles que otros preferían dar por entendidos.
Sophia descubrió que esperaba esa normalidad con tanto interés como cualquier ocasión de quedarse a solas con él.
Cuando llegó Herakleon, encontró a su hija sentada sobre un banco bajo, extendiendo las relaciones en el orden en que debían consultarlas.
—Leontios quiere venir también —anunció su padre—. Ha enviado un hombre para pedirnos que esperemos a conocer los resultados de los últimos turnos antes de confirmar la distribución de mañana.
—¿Han terminado ya la prueba de las dos entradas?
—Esta mañana. Dice que trae una propuesta para después.
Sophia alzó la vista.
—¿Después de mañana?
—Después de que dejen de ser necesarias tantas restricciones. Parece convencido de que no conviene devolver cada carga al sitio exacto de donde vino.
La idea tenía sentido. Durante las semanas anteriores, las dificultades de acceso a determinadas dependencias habían obligado a algunas casas a aceptar horarios que antes no habrían considerado.
Habían descubierto que parte de las mercancías podía circular con menos esperas si varios depositantes compartían un espacio sin coincidir en la misma puerta.
Ninguno de aquellos arreglos eliminaba los problemas del puerto, pero habían permitido trabajar mientras se corregían las entradas más incómodas.
—Podría ser una buena ocasión para Menandros —dijo Herakleon—. Ha preparado unas cifras que merecen estudiarse.
Sophia asintió. Le alegraba que su padre reconociera el trabajo de su hermano.
Al mismo tiempo, comenzó a pensar en los comerciantes que habrían de ser informados personalmente si se mantenían aquellos cambios.
Había promesas antiguas cuya validez no dependía de que un registro estuviera bien hecho.
Algunos depositantes aceptaban compartir una dependencia solo porque conocían a quien respondía por ella.
—Tendremos que revisar los acuerdos de cada uno —respondió—. Y saber qué parte del espacio quieren utilizar de verdad, no solo la que han ocupado por necesidad.
—Para eso nos reuniremos.
Herakleon tomó asiento sin mostrar prisa.
Había vivido suficientes temporadas de comercio como para desconfiar de cualquier prosperidad anunciada antes de contar los gastos.
Sophia agradeció que no hablara de una oportunidad excepcional.
La casa llevaba años sosteniéndose con operaciones conocidas, relaciones cuidadas y decisiones que rara vez exigían alterar todo su funcionamiento.
Menandros llegó con el borde inferior de la túnica cubierto de polvo y una tablilla de madera sin encerar, donde había marcado los horarios mediante pequeñas incisiones.
Titus venía con él. Sophia reconoció su voz antes de verlo: estaba preguntando si el conductor de Philon aceptaría entrar por la puerta pequeña sin exigir después el uso del patio.
—Lo he dejado escrito delante de dos hombres de su casa —contestó Menandros al entrar—. Si quiere cambiarlo, tendrá que enviar otro aviso.
—Entonces no tendremos que discutirlo nosotros —dijo Titus.
Sophia se levantó para hacerles sitio. Titus la saludó con la misma naturalidad con la que se dirigió a Herakleon.
Al pasar junto a ella, sus dedos rozaron un instante el borde de la mesa donde Sophia mantenía una mano.
Fue un contacto tan breve que nadie pareció advertirlo.
Ella se permitió una sonrisa mientras Menandros comenzaba a sacar las tablillas.
—Philon ha contestado —le dijo a su hermano.
—Por fin.
—Y has reservado la puerta pequeña.
—Si no lo hubiera hecho, no me habría dado una hora. ¿Quieres que cambie algo?
Sophia miró el registro. Allí estaban consignados el encargado que abriría la dependencia, el tiempo permitido para cargar y la persona responsable de comprobar las marcas antes de que salieran los cestos.
—No —respondió—. Así está bien.
Menandros levantó la cabeza apenas un instante. Después continuó preparando las cuentas sin hacer de la respuesta un acontecimiento.
Leontios llegó cuando ya habían dispuesto las tablillas sobre la mesa.
Lo acompañaba un hombre joven encargado de llevar la copia de sus cifras, pero este permaneció cerca de la puerta y apenas intervino.
Leontios extendió una relación de entradas y explicó que las últimas jornadas habían permitido separar dos problemas que hasta entonces parecían uno solo: la dificultad de acceso de ciertos carros y la costumbre de reservar espacio durante más tiempo del necesario.
—Mientras las puertas estuvieron limitadas, todos pedían una sala entera por temor a no encontrarla libre cuando llegase su mercancía —dijo—. Al obligarnos a fijar mejor las horas, hemos visto que varias reservas no se utilizan completas.
Sophia examinó las marcas. Leontios había distribuido las entradas por jornadas, anotando dónde se había producido una espera y en qué casos el retraso obedecía a un conductor que llegaba fuera del turno asignado.
No todas las columnas resultaban favorables, aunque algunas diferencias con las semanas anteriores eran evidentes.
—Aquí tenéis menos carros detenidos —señaló—, pero no sabemos qué ocurrirá cuando vuelvan los que han utilizado otras rutas.
—Por eso no propongo mantener las restricciones —repuso Leontios—. Propongo conservar lo que ha servido. Si devolvemos todos los horarios antiguos, dentro de un mes volveremos a pelear por las mismas puertas.
Menandros acercó su tablilla. Había preparado una comparación entre los días de mayor ocupación y aquellos en los que el tercer espacio quedaba disponible desde media tarde.
Sophia advirtió que las cifras de su hermano encajaban con las de Leontios casi sin necesidad de corrección.
Titus señaló dos entradas repetidas; correspondían a la misma carga que había pasado de una sala a otra y no debía contarse como mercancía nueva.
—Si quitamos esas dos —explicó Titus—, la diferencia sigue existiendo. Es menor, pero suficiente para que hablemos de ella sin prometer más de lo que cabe.
Leontios aprobó el ajuste con un gesto breve. A Sophia le complació que nadie intentara defender las cifras por orgullo. La propuesta era más convincente precisamente porque resistía una cuenta menos favorable.