Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 17. El límite elegido #5
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Capítulo 17. El límite elegido #5

Sophia guardó la cinta sin anudarla.

Se acercó a Titus y le besó la mejilla despacio.

Todavía deseaba volver a encontrar su boca. Aquella caricia breve no pretendía ocultarlo.

—Gracias por no convertir esto en una discusión —dijo.

—Mañana, cuando tengamos que hablar de los turnos, no puedo prometerte lo mismo.

—No te pediría que lo hicieras.

Titus recogió su manto.

Bajaron juntos la escalera.

La mujer que llevaba la casa había apagado la mayor parte de las luces del patio, pero una lámpara continuaba encendida junto al portón. Desde la calle llegó el paso de un animal, con los cascos amortiguados por el polvo.

Titus se ofreció a acompañarla hasta su casa.

Sophia aceptó.

El camino no le resultaba desconocido, pero todavía deseaba caminar a su lado.

No encontró ninguna razón para negárselo.

Regresaron despacio.

Éfeso conservaba parte de la actividad nocturna. Algunas viviendas seguían iluminadas, y en una calle próxima un hombre cerraba las puertas de su establecimiento mientras dos muchachos retiraban unas cestas vacías.

Sophia caminaba junto a Titus con el manto ajustado alrededor de los hombros.

El aire fresco le rozaba el cabello suelto.

No hablaron de la carta de Lykos ni de las obligaciones de la próxima temporada. Habían dejado aquellas cuestiones pendientes y ninguna parecía capaz de resolverse durante el trayecto.

Titus le contó que la mujer a quien alquilaba las habitaciones le había advertido de que tendría que pagar una cantidad adicional si continuaba ocupando durante semanas el espacio reservado a sus documentos.

—¿Y qué le dijiste? —preguntó Sophia.

—Que podía retirar parte de ellos.

—¿Lo harás?

—Es posible.

—Entonces no te conoce todavía demasiado bien.

Titus soltó una risa.

—Tendré que demostrarle que soy capaz de ordenar mis cosas.

—Empieza por no dejar tablillas junto a la puerta.

—Esa la había puesto allí para recordar que debía llevarla mañana.

—Una costumbre admirable hasta que alguien tropieza con ella.

—Lo tendré en cuenta.

Sophia reconoció la facilidad con que ambos habían recuperado ciertas bromas antiguas.

Pero ya no le parecían suficientes para afirmar que seguían siendo las mismas personas.

La noche había demostrado precisamente lo contrario.

Podían recordar una intimidad compartida y elegir no continuarla todavía. Podían reírse de costumbres conocidas sin dar por hecho que las demás permanecerían intactas.

Al llegar a la esquina desde la que se distinguía la entrada lateral de la casa de Herakleon, Sophia pidió a Titus que se detuviera.

Una lámpara iluminaba el umbral. Desde allí alcanzaba a ver a un criado que recogía un recipiente del patio.

Titus se quedó a su lado mientras ella acomodaba el manto.

—¿Nos veremos mañana? —preguntó Sophia.

—Menandros tiene que mostrarme la relación de Philon. Es probable que necesite comprobar mi copia de los horarios.

—Entonces vendrás por la mañana.

—Sí.

Sophia lo miró.

Aquel encuentro estaba justificado por el trabajo, como tantos otros desde su regreso.

No deseaba que esa fuera la única razón.

—Y si al final no necesita tu copia —añadió—, preferiría que vinieras de todos modos.

Titus inclinó ligeramente la cabeza.

La luz de la entrada alcanzaba a dibujar una sonrisa en su rostro.

—Eso sí sé responderlo.

Sophia sonrió también.

Se despidieron sin volver a besarse.

Titus esperó mientras ella atravesaba el umbral y saludaba al criado. Después Sophia subió a su habitación.

La lámpara que había pedido continuaba encendida sobre un soporte. Junto a ella habían dejado una jarra de agua limpia.

Se quitó el manto.

La cinta que Titus le había devuelto cayó sobre el banco, todavía con el nudo torcido.

Sophia la recogió y la dejó junto al espejo.

En la habitación reinaba el silencio habitual de aquella hora. Desde el patio llegaban pasos ocasionales y el sonido de una puerta que terminaban de cerrar.

Todo estaba donde lo había dejado.

Las tablillas que tendría que revisar a la mañana siguiente aguardaban sobre la mesa. Menandros le pediría alguna información sobre los depositantes antiguos, y Titus continuaría atendiendo los acuerdos del puerto.

La carta de Lykos seguía sin respuesta.

Sophia conocía cada una de aquellas circunstancias.

También conservaba en la piel la memoria de las manos de Titus y el deseo de volver a aquella habitación pequeña, a la ventana abierta sobre los tejados y a la cama que ambos habían decidido no utilizar.

Apagó la lámpara después de beber un poco de agua.

Se acostó sin intentar decidir qué sucedería en los próximos meses.

Cuando le pidió a Titus que se detuviera, él lo había hecho. Después le ofreció agua, compartió con ella un rato de conversación y la acompañó de regreso a casa.

Sophia había temido, durante un instante, que al detenerse perdieran la facilidad que acababan de recuperar.

Sin embargo, todavía podía recordar su sonrisa bajo la luz de la puerta y la manera en que había respondido cuando ella le pidió que volviera al día siguiente.

Cerró los ojos, el deseo permanecía y Sophia pudo dormirse sin lamentar haber elegido esperar.