Capítulo 17. El límite elegido #4
—No me he arrepentido de venir —aclaró.
—No he supuesto eso.
Titus apartó las últimas tablillas del banco y se sentó en uno de los extremos, dejando libre el lugar más próximo a la ventana.
Sophia se acomodó a su lado.
Durante unos momentos escucharon los ruidos del patio.
Ella miró la cinta que había quedado sobre el alféizar. Tendría que volver a recogerse el cabello antes de salir, aunque no sentía ninguna urgencia por hacerlo.
—Es más difícil de explicar de lo que esperaba —dijo.
—No tienes que explicarme por qué quieres detenerte.
—Lo sé. Pero quiero que entiendas una cosa.
Titus esperó.
Sophia sostuvo la copa entre las manos.
—Cuando entré y vi tus cosas, recordé las habitaciones donde estuvimos hace años. Pensé en lo fácil que sería volver a besarte y quedarme contigo como si nada hubiera cambiado. Durante un momento he querido exactamente eso.
Titus miró alrededor.
—Esta habitación tiene menos sitio para esconder las cosas que uno no quiere encontrar.
Sophia sonrió.
La broma le permitió respirar con mayor tranquilidad. Titus no insistió y ella pudo continuar.
—No quiero que nuestra cercanía responda por nosotros a preguntas que todavía no hemos hecho.
Sé que has recibido una carta de Lykos. También sabes que mi familia está pensando en nuevos acuerdos.
No tenemos que resolver esas cosas esta noche, pero tampoco quiero acostarme contigo porque recordamos cómo estar juntos y fingir mañana que eso significa que hemos decidido lo demás.
Titus dejó su copa sobre la mesa.
—Puedo desear quedarme contigo y seguir sin saber qué responderé a Lykos —dijo—. Una cosa no resuelve la otra.
Sophia bajó la vista hacia sus manos.
—Eso es lo que me cuesta aceptar.
—Entonces no tenemos por qué tomar esta noche una decisión que ninguno ha tomado todavía.
Ella levantó la cabeza.
Titus permanecía sentado junto a ella.
No había retirado su cercanía como castigo ni intentado persuadirla de que podían continuar sin consecuencias. Tampoco había convertido la pausa en una despedida.
Sophia sintió que el deseo, todavía presente, encontraba por fin un lugar donde no necesitaba apresurarse.
Durante años había aprendido a resolver problemas mediante decisiones concretas.
Cuando un transportista no podía llegar a la hora prevista, encontraba otro turno; cuando faltaba espacio, negociaba una retirada; cuando un depositante reclamaba una condición imposible, buscaba cuál de sus exigencias podía cumplirse.
Con Titus, sin embargo, algunas cuestiones no admitían una respuesta inmediata.
Y aquella noche no estaba obligada a inventarla.
—Pensarás que soy contradictoria —dijo después de un rato.
Titus volvió hacia ella el rostro.
—Has venido, me has besado y después me has dicho que querías detenerte. Lo contradictorio habría sido que yo fingiera no haberte oído.
Sophia soltó una risa breve.
Había preparado explicaciones que no necesitaba utilizar.
No tenía que convencerlo de que deseaba estar allí. Bastaba con la forma en que había buscado sus labios y con las ganas que todavía conservaba de tocarlo.
También podía pedirle que se detuviera.
Ambas cosas eran ciertas.
Titus apoyó una mano abierta sobre el banco.
Sophia dejó la suya encima.
Permanecieron así un rato, sin hablar.
—La cena ha sido distinta de lo que esperaba —comentó ella cuando volvió a oír actividad en el patio.
—Tu hermano ha hablado menos de cuentas de lo que yo habría imaginado.
—Gracias a mi madre. Si hubiera dependido de Menandros y de padre, habríamos terminado cenando con las tablillas entre los platos.
—Tú también has hablado de dos depósitos.
—Solo cuando me lo han preguntado.
—Tres, si contamos al depositante Philon.
Sophia le dio un golpe leve con el hombro.
Titus sonrió.
La conversación derivó hacia el pescado que Damaris había mandado preparar y hacia un viajero de Esmirna que, según contó Titus, había confundido dos destinos por interpretar mal el sello de una carta.
Sophia le preguntó cómo había descubierto el error.
—Cuando empezó a preguntar por un hombre que llevaba muerto varios años. Nadie en el lugar lo conocía y él insistía en que debía recibirlo personalmente.
—¿No había comprobado el nombre antes de salir?
—Había comprobado el nombre. Lo que no había hecho era preguntar si seguía vivo.
Sophia rio.
Durante un rato hablaron de comerciantes demasiado seguros de sus propias instrucciones y de las dificultades que podían surgir cuando una noticia llegaba tarde.
La conversación resultaba tan sencilla como la que habían mantenido durante la cena.
Sophia agradeció poder disfrutarla sin sentir que cada frase debía acercarlos a una decisión sobre su futuro.
Al cabo de un rato se levantó para ponerse el manto.
Titus le alcanzó la cinta que había dejado junto a la ventana.
Sophia intentó recogerse el cabello, pero algunas hebras se resistieron a quedar sujetas. Había deshecho demasiado el peinado para arreglarlo con la misma precisión de antes.
—Déjalo así —dijo él—. El camino no es largo.
—Si mi madre me ve, sabrá que no la he escuchado.
—Tal vez se sienta satisfecha de haber tenido razón.