Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 17. El límite elegido #3
50%

Capítulo 17. El límite elegido #3

Sophia conocía aquella costumbre de los años en que él utilizaba las tablillas de Philon.

Su padre había pasado muchas tardes reclamándole que guardara cada documento en el lugar correspondiente.

Titus respondía que podía encontrarlo sin dificultad, aunque en ocasiones necesitara levantar tres rollos para demostrarlo.

Le gustó descubrir que una parte de aquella manera de trabajar continuaba intacta.

No le pareció, sin embargo, que eso le permitiera adivinar todo lo demás.

—¿Tu madre sabe que sigues guardando las cuentas donde cualquiera puede apoyar una copa? —preguntó.

—Ya no las guardo en su casa.

—Una solución admirable.

—La más eficaz que he encontrado hasta ahora.

Sophia rio.

El alojamiento se encontraba al otro lado de un patio alargado. Una escalera exterior comunicaba la planta baja con dos habitaciones superiores. Había luz junto a la entrada y el olor de una comida retirada hacía poco de las brasas.

Titus saludó a una mujer que estaba guardando un banco bajo el alero. Ella respondió con naturalidad y se apartó para dejarlos pasar.

Sophia advirtió la familiaridad del saludo. Titus no necesitaba anunciarse como visitante.

Subieron por una escalera estrecha.

Él abrió la puerta con una llave que llevaba bajo el cinturón y tuvo que apartar una tablilla colocada demasiado cerca del umbral para dejarle sitio.

Sophia alzó una ceja.

—Empiezo a creer que te han alquilado menos espacio del que necesitas.

—Todavía no has visto la mesa.

Entró detrás de él.

La habitación era algo más amplia de lo que había imaginado, aunque los muebles ocupaban buena parte del espacio. Había una cama sencilla contra la pared interior, dos arcones y una mesa cubierta de tablillas, rollos atados con cordel y pequeñas cajas donde Titus guardaba sus sellos.

Una lámpara descansaba sobre un soporte de barro. Cerca de ella había una jarra de agua y dos copas.

La ventana daba a un tramo oscuro de tejados. Por debajo llegaban voces apagadas desde la calle.

—Ahora entiendo por qué tu madre prefiere que no trabajes en su comedor —comentó Sophia.

Titus encendió una segunda lámpara.

—El desorden resulta útil cuando uno conoce el lugar de cada cosa.

—Eso suele decirlo quien no tiene que encontrarlas por ti.

Sophia se acercó a la mesa.

Vio una relación de gastos escrita por Titus, un pequeño cuchillo utilizado para preparar cálamos y una piedra que sujetaba la esquina de un papiro. Reconoció, debajo de otras notas, el envoltorio de la carta enviada por Lykos.

No lo tocó.

Aquellos documentos eran parte de una vida que Titus había construido sin ella. Sophia llevaba también consigo llaves, cuentas y obligaciones que no desaparecerían por haber entrado en aquella habitación.

—Siéntate donde quieras —dijo él—. Puedo retirar las tablillas.

—No has dejado muchas posibilidades.

Titus apartó dos notas del banco y le ofreció asiento.

Sophia dejó el manto doblado a un lado, pero permaneció de pie.

Había un cuenco con una manzana a medio comer, una jarra reparada con una grapa de metal y una capa de viaje enrollada junto al arcón. Cerca de la cama descansaban unas sandalias que mostraban el desgaste de un uso prolongado.

La habitación carecía de adornos importantes.

Sin embargo, cada objeto le decía algo sobre la manera en que Titus vivía cuando nadie lo observaba.

Aquel lugar no había sido preparado para recibirla.

Le gustó precisamente por eso.

—Has viajado por tantos lugares —dijo— y, cuando vuelves, terminas durmiendo en una habitación que podría ocupar cualquier comerciante de paso.

—Es bastante mejor que algunas de las que he conocido. Esta tiene una ventana que se abre y un propietario que no despierta a sus huéspedes para mostrarles un objeto que quiere venderles.

—Eso me lo contaste de Quíos.

—Entonces recordarás que intentó venderme un banco al que le faltaba una pata.

—Recuerdo que dijiste que era una antigüedad muy valiosa.

—Lo decía él. Yo solo quería sentarme.

Sophia rio y se acercó a la ventana.

Una corriente de aire movió un extremo de su manto. Desde la calle llegaba el olor de la piedra que había conservado el calor del día.

Cuando volvió la cabeza, Titus estaba junto a la mesa con una tablilla en la mano.

La dejó entre las demás.

Después se acercó despacio.

—¿Puedo besarte? —preguntó.

Durante un instante, la pregunta le pareció innecesaria.

Ya se habían besado otras veces. Sophia conocía el contacto de sus manos y la manera en que inclinaba la cabeza para acercarse a ella.

Pero aquella habitación no era un patio donde cualquiera pudiera interrumpirlos durante una visita. Había elegido acompañarlo hasta allí y ambos sabían que eso les permitía una intimidad distinta.

Agradeció que él no diera nada por supuesto.

—Sí —respondió—. Aunque no necesitaba venir hasta aquí para hacerlo.

Lo besó antes de que Titus pudiera contestar.

Sintió su mano en la cintura, primero ligera, después más firme cuando ella se acercó. Apoyó las palmas contra su pecho y reconoció el calor de su cuerpo a través de la túnica.

La memoria le devolvió gestos de su juventud: encuentros breves, manos que se buscaban con impaciencia y tardes en las que una despedida tardaba demasiado en llegar.

Pero el hombre que la sostenía era distinto.

Titus no trató de apresurar el beso. Se separó un momento para mirarla y esperó hasta que fue ella quien volvió a buscar su boca.

A Sophia le agradó aquella pausa.

Le permitió sentir el deseo sin verse arrastrada por el recuerdo de cómo habían sido sus encuentros anteriores.

Cuando se separaron, Titus apoyó brevemente la frente contra la suya.

Sophia tenía una mano sobre su hombro y la otra prendida en un pliegue de su túnica. Notaba bajo los dedos la aspereza de una costura y, junto a la mejilla, la sombra de la barba que había empezado a crecerle desde la mañana.

Desde el patio llegaba el ruido de alguien que movía un recipiente.

Una voz llamó a otra persona desde la calle y recibió respuesta.

—¿Estás bien? —preguntó Titus.

Sophia asintió.

Lo estaba, aunque su respiración todavía no había recuperado la calma.

—No imaginaba que trabajaras en un lugar tan pequeño —dijo, mirando las tablillas.

—No es la habitación más cómoda en la que he vivido.

—Eso resulta evidente.

—Pero está cerca de los asuntos que debo atender. Y, por lo visto, también de tu casa.

Sophia levantó la cabeza.

Titus no sonrió al decirlo.

La observó mientras ella apoyaba una mano contra su mejilla.

Sophia volvió a besarlo.

Él la rodeó con el brazo y ella retrocedió un paso hasta encontrar la pared próxima a la ventana. Podía apartarse con facilidad, pero no quería hacerlo.

Titus le retiró un mechón que se había soltado durante el camino.

Sophia recordó entonces la cinta que todavía sujetaba el resto del cabello. Buscó con los dedos el nudo y trató de deshacerlo. Una de las vueltas se había apretado tanto que tuvo que detenerse, riéndose de su torpeza.

—Mi madre dijo que debía llevarlo más flojo —murmuró.

—Por una vez podrías hacerle caso.

Titus le ayudó a liberar el nudo.

Dejó la cinta sobre el alféizar y el cabello de Sophia cayó sobre sus hombros.

La sensación de no tener que recogerlo inmediatamente le produjo un placer sencillo, casi olvidado.

Él le besó la sien y después el borde de la mandíbula.

Sophia cerró los ojos.

Lo atrajo de nuevo y deslizó las manos hacia su espalda. Sintió bajo los dedos el movimiento de sus músculos y el calor de la piel cuando la tela se desplazó ligeramente.

El deseo fue haciéndose más intenso.

Titus le acarició el brazo desde la muñeca hasta el hombro y se detuvo cuando ella volvió la cabeza para encontrar sus labios.

Sophia lo besó con más fuerza.

Durante unos instantes dejó de prestar atención a los ruidos de la casa.

Solo percibía la proximidad de Titus, el roce de su túnica y la manera en que él respondía cuando ella lo acercaba.

Después abrió los ojos.

La cama se encontraba a poca distancia, al otro lado de la habitación.

Sophia la había visto al entrar. Era una cama sencilla, con la cubierta algo arrugada y una manta doblada junto a la pared.

Ahora su presencia adquiría otro significado.

Siete años atrás, aquella proximidad habría sido fácil de interpretar.

Habían compartido besos y una intimidad que ninguno había buscado por accidente. Conocían algunas preferencias del otro, ciertas caricias y maneras privadas de hablar que no necesitaban explicar.

Sophia no se avergonzaba de aquella historia.

Tampoco quería comportarse como si nada hubiera ocurrido desde entonces.

Durante las últimas semanas había conocido a un Titus capaz de escuchar a Menandros sin tratarlo como al muchacho que recordaba; a un negociador que sabía modificar sus propuestas cuando otros le mostraban dificultades reales; a un hombre que se sentaba a la mesa de su familia sin reclamar un lugar especial.

Había descubierto esas cosas poco a poco.

Seguía sin saber qué respondería Titus a Lykos.

Tampoco ella había decidido todavía qué lugar deseaba ocupar en los acuerdos de la próxima temporada.

El cuerpo le ofrecía una facilidad tentadora: continuar abrazándolo, dejar que la memoria llenara los años de distancia y aplazar las preguntas hasta después.

Sophia dejó de besarlo.

Titus levantó la cabeza.

Al verla inmóvil, aflojó el brazo y esperó.

Ella necesitó un momento para encontrar las palabras. Todavía quería tocarlo. Precisamente por eso temía dejar que el deseo decidiera algo que pertenecía también a la vida que tendrían fuera de aquella habitación.

—Quiero detenerme —dijo.

Titus apartó la mano de su cintura.

Retrocedió lo suficiente para mirarla sin obligarla a permanecer contra la pared.

—De acuerdo.

No añadió ninguna pregunta.

Sophia agradeció la respuesta, aunque el alivio no disminuyó las ganas de volver a acercarse.

Titus fue hacia la mesa, tomó la jarra y llenó una copa.

—¿Quieres agua?

—Sí, gracias.

Se la entregó.

Los dedos se rozaron al pasarla de una mano a otra. Ninguno intentó convertir aquel contacto en una nueva invitación.

Sophia bebió un sorbo.

El agua estaba fresca y conservaba un ligero sabor a barro.