Capítulo 17. El límite elegido #2
Sophia se dio cuenta de que había echado de menos aquella clase de corriente familiaridad mucho más de lo que esperaba.
Damaris mencionó a Claudia Eirene mientras retiraban la primera fuente.
—Debes decirle a tu madre que venga a vernos antes de que apriete más el calor. El invierno pasado no pudo terminar de contarme qué ocurrió con una parienta de Esmirna.
—Se lo diré —respondió Titus—. Tengo pendiente visitarla otra vez. Llevo varios días anunciándole que iré mañana y siempre aparece algún asunto que me retrasa.
—Entonces deja los turnos del puerto para después.
—Eso mismo me dice ella.
Sophia sonrió mientras apartaba un plato.
Claudia había hablado de su hijo sin convertir sus visitas en una obligación, pero no por ello había renunciado a recordarle que Éfeso contenía algo más que almacenes y negociaciones.
Herakleon preguntó a Titus si había recibido respuesta de Esmirna.
Sophia notó una tensión inmediata en los hombros.
La carta de Lykos seguía presente en sus pensamientos. Conocía la posibilidad de nuevos encargos y sabía que Titus tendría que decidir qué estaba dispuesto a aceptar.
Pero su padre se refería a otro mensaje, relacionado con las fechas de tránsito de varias mercancías.
Titus explicó que todavía faltaba una confirmación y que sería imprudente comprometer espacio antes de conocerla.
Nadie mencionó Rodas ni los puertos sirios.
Sophia agradeció aquella ausencia, aunque no consiguió olvidar que las propuestas de Lykos seguían pendientes.
La conversación regresó a los depósitos.
Menandros defendió la conveniencia de conservar ciertas reservas para clientes conocidos, mientras Herakleon observó que mantener demasiado espacio libre podía impedirles aceptar una carga rentable de último momento.
Titus preguntó cuántas jornadas duraban esas reservas.
Sophia intervino cuando mencionaron a dos depositantes antiguos con los que había tratado personalmente.
—A Philon, el depositante, no le serviría que le reservarais sitio hasta el final de la semana —explicó—. Siempre anuncia tarde la llegada de sus mercancías, pero las retira al día siguiente. Con él conviene prometer menos espacio durante menos tiempo.
—Eso nos permitiría recibir la otra partida —dijo Menandros.
—Siempre que las fechas no coincidan. Pregúntale primero. No merece la pena ocupar una habitación entera para evitar escribirle una carta.
Su hermano repitió el nombre del cliente y la fecha que debían comprobar. No buscó la tablilla que había dejado en el banco.
Herakleon tampoco volvió a abrir las cuentas.
Sophia tomó un poco más de pan.
Podían hablar de asuntos de la casa sin que ella tuviera que resolverlos antes de levantarse.
La novedad resultó tan agradable como extraña.
Después de la cena llevaron fruta y una pequeña fuente de almendras a la parte más fresca de la estancia.
Herakleon sostuvo una conversación larga con Titus sobre los caminos entre Esmirna y Éfeso. Quiso saber cuáles resultaban más cómodos para determinados envíos y qué alojamientos eran fiables en los lugares donde acostumbraban a detenerse los viajeros.
Titus respondió sin intentar aparentar que conocía todos los establecimientos. En dos ocasiones mencionó que prefería pedir información reciente antes de recomendar un lugar al que no había regresado desde hacía años.
A Sophia le agradó aquella prudencia.
Cuando su padre tuvo que retirarse para atender un recado, no se disculpó por dejar a sus hijos con Titus. Menandros permaneció un rato más, habló de una reserva prevista para la jornada siguiente y terminó marchándose con la promesa de enseñarles las cifras cuando estuvieran completas.
Damaris fue la última en levantarse.
—¿Estaba el pescado a tu gusto? —preguntó a Titus.
—Mucho. Y espero no haberos dado más trabajo del necesario.
—Eso no puedes saberlo. Tendrías que venir a vigilar la cocina.
—No me atrevería a discutir con quienes la llevan.
—Ves. Aún conservas el juicio.
Sophia oyó alejarse los pasos de su madre.
Se quedó con Titus junto a una mesa donde permanecían tres almendras, una lámpara y dos copas.
La estancia había sido familiar durante toda la noche. Solo ahora, cuando nadie parecía necesitarles para nada, notó que estaban solos.
—Tu madre sigue tratando a los invitados mejor de lo que merecemos —dijo Titus.
—También te ha advertido que no te acerques a su cocina.
—Ha sido una advertencia sensata.
Sophia tomó una almendra y rompió la cáscara.
No había previsto quedarse a solas con él en aquel comedor.
Un criado podía entrar en cualquier momento para retirar las últimas copas o atender la lámpara.
Aun así, después de tantas jornadas compartiendo horarios, visitas y discusiones, no tenía prisa por poner fin a una conversación que todavía no habían empezado.
—Esta noche no te han preguntado por qué has vuelto —observó.
Titus dejó su copa.
—Me han preguntado por mis encargos. Tu padre quería saber también si conozco a un comerciante de Quíos.
—No hablo de eso.
—Lo sé.
Sophia contempló un instante las marcas húmedas que habían dejado las copas sobre la madera.
Recordaba las comidas de juventud. En aquellas ocasiones, cualquier momento a solas parecía precedido por una conversación que los demás fingían no escuchar.
Su padre buscaba oportunidades para conocer los planes de Titus, Damaris encontraba alguna razón para dejarlos juntos y Menandros mostraba una curiosidad que ambos consideraban entonces poco discreta.
Habían tardado mucho en comprender que las preguntas familiares no eran lo que hacía difícil su futuro.
—Antes me habría pasado toda la cena intentando averiguar qué pensaba mi padre de nosotros —admitió.
—¿Y hoy?
—Hoy he estado pensando en que ya no sabe corregirte una historia de Rodas.
Titus rio suavemente.
—Es difícil corregir una historia que no ha vivido.
—No subestimes su confianza en sí mismo.
La respuesta hizo que él volviera a reír.
Titus acercó la mano sobre la mesa y rozó los dedos de Sophia. Ella dejó la cáscara de la almendra en el plato y mantuvo la mano junto a la suya.
Ninguno dijo nada durante unos momentos.
Sophia podía oír el ruido de los recipientes que retiraban en una dependencia próxima. Alguien hablaba en el patio y desde la calle llegó la llamada de un vendedor que todavía no había terminado su jornada.
Estaban en su casa, rodeados de las personas y las tareas que habían llenado sus días durante años.
Sin embargo, Sophia deseó de pronto encontrarse en un lugar donde no tuviera que preguntarse si un criado necesitaría entrar a apagar la lámpara.
—¿Tienes que salir muy temprano mañana? —preguntó.
—He quedado con un encargado después de que abran el primer depósito. Esta noche todavía tengo tiempo para llegar a mi alojamiento antes de que cierren el patio.
Sophia recordó el desvío que Titus acostumbraba a tomar al despedirse.
Sabía en qué calle se alojaba, pero nunca había entrado en las habitaciones que ocupaba desde su regreso. Habían hablado de los lugares donde había vivido en otras ciudades con más detalle que del cuarto en el que dormía ahora, a unas pocas calles de la casa de Herakleon.
—¿Está lejos desde aquí?
Titus la miró.
—No más que la casa de Thaleia. Se entra por un patio pequeño.
Dejó pasar un instante antes de añadir:
—¿Quieres verlo?
Sophia sostuvo su mirada.
La pregunta le ofrecía una posibilidad concreta. No incluía ninguna insinuación sobre cuánto tiempo debía quedarse ni sobre lo que ocurriría después.
Conocía la calle y sabía que acudir de noche al alojamiento de un hombre con quien no existía un compromiso formal podía provocar comentarios. No era una muchacha que desconociera la importancia de su reputación, ni una mujer dispuesta a permitir que ese conocimiento gobernara todas sus decisiones.
A los treinta y cuatro años había aprendido a distinguir entre actuar sin pensar y elegir algo cuyas consecuencias comprendía.
—Quiero —respondió.
Titus le sostuvo la mirada un momento antes de levantarse.
Sophia recogió su manto.
Al atravesar el patio vio a Damaris junto a la despensa, hablando con una mujer de la casa.
Su madre alzó la cabeza.
—¿Necesitas que te dejen encendida la lámpara de tu habitación?
—Sí. Voy a acompañar a Titus un trecho y volveré antes de que terminen de cerrar.
Damaris miró el manto que Sophia llevaba doblado sobre el brazo.
—La calle de arriba estará fresca. Póntelo.
No hizo ninguna otra pregunta.
Sophia agradeció que su madre no pidiera explicaciones delante de los criados. También sabía que aquella discreción no significaba ignorancia.
Se colocó el manto y salió con Titus por la puerta lateral.
Las últimas luces de algunas tiendas se habían extinguido. En las viviendas todavía se oían conversaciones, agua vertida en recipientes y el golpe ocasional de una contraventana.
Un hombre los adelantó con dos cestas vacías. Más arriba, junto a una fuente, una mujer retiraba unas telas que había dejado sobre el borde de piedra.
Sophia caminó al lado de Titus sin apresurarse.
Durante las últimas semanas habían recorrido juntos buena parte de Éfeso, siempre con algún asunto de trabajo que justificaba el trayecto. Aquella noche no llevaban tablillas que examinar ni una visita que cumplir antes de cierta hora.
El camino resultaba conocido.
La compañía, de pronto, le parecía distinta.
—No sabía que hubieras decidido quedarte tan cerca de nuestra casa —dijo.
—Tampoco pensaba permanecer tantos días cuando llegué. La mujer que alquila las habitaciones me ofreció una estancia por unas semanas, con espacio para mis documentos. Después resultó más cómodo conservarla que buscar otra.
—Tu madre habría podido alojarte.
—Y lo hizo la primera noche. Pero su casa queda más lejos de las visitas que debo hacer cerca del puerto. Además, no le agrada que deje papeles sobre la mesa donde recibe a sus amigas.
Sophia recordó a Claudia doblando cuidadosamente la tela que le había llevado.
—Tiene razones. He visto cómo trabajas.
—¿Tan mal ordeno mis cosas?
—Solo las que no puedes permitirte perder. Las demás terminan donde alguien decide sentarse.
Titus hizo un gesto de protesta.